Mostrando entradas con la etiqueta #soportefamiliar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #soportefamiliar. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de septiembre de 2017

Lo que dejan las tragedias

Cuando la naturaleza decide mostrar que es la que manda, a la humanidad no le queda más que asumir que es simplemente una de las tantas especies del planeta. Una que afortunadamente tiene la capacidad de aprender, de adquirir conocimientos reutilizables para el futuro y de reconstruirse como civilización.
Archivo digital www.eltiempo.com.ve
Les voy a contar una historia que jamás había escrito, pero que en lo personal me enseñó a ver las tragedias naturales con otra mirada. Y es que, aunque a veces no podemos darle explicación a lo que ocurre, reconocer el aprendizaje oculto en cada experiencia dolorosa es vital para seguir viviendo.

En 1999, Venezuela hizo frente a uno de los desastres naturales más crueles de su historia -el Deslave de Vargas- hecho que fue incluido en el libro Guinness de récords como el alud de barro con  mayor número de víctimas mortales. Para ese entonces me estrenaba como periodista y tenía poco tiempo de haberme mudado al Oriente venezolano, con una familia en construcción, dos hijos pequeños y el ímpetu de una veiteañera llena de ganas de comerse el mundo con poca paciencia y poca experiencia en eso de aproximarse al lado humano de una tragedia natural.

Desde los primeros días de diciembre de ese año, los medios de comunicación comenzamos a seguir una noticia: una vaguada estacionaria causaba alarma en el norte del Mar Caribe.  El Oriente Venezolano estaba literalmente inundado y la zona se caracterizaba por la inoperancia de sus sistemas de drenaje y la lentitud en la actuación de los gobernantes. Era una situación de emergencia, con damnificados y personas que debían desalojar sus viviendas por la precariedad de las mismas. Pero lo que jamás nos imaginamos es que a unos cientos de kilómetros al oeste, en el icónico Estado Vargas, puerto principal de la nación,  "la montaña avanzaría hacia el mar" dejando a su paso un número no precisado de fallecidos, al menos 94 mil damnificados y más de 130 mil evacuados, según cifras oficiales.

La solidaridad de la población no se hizo esperar, de forma instantánea se improvisaron centros de acopio incluso en localidades remotas del país. Fuera de las fronteras hubo muchos gestos solidarios y aunque no se materializaron como debieron, por torpeza política, el apoyo fue innegable. Casi al unísono en el diario para el cual trabajaba decidimos sumarnos a la iniciativa y para ello convertimos un muy pequeño y nada cómodo estacionamiento en un centro de recolección de insumos.

Sabíamos que no estábamos en capacidad de repartir esos insumos, así que una inteligente jugada de nuestra directiva nos enlazó con las autoridades de Protección Civil, y todo lo recaudado se enviaba a esa dependencia. Con el paso de los días al Oriente venezolano llegó un contingente de damnificados del Estado Vargas, que se sumaron a los locales. Durante la emergencia se habilitaron galpones en una institución portuaria y allí se les ofreció refugio.

Sin embargo, la ayuda fue menguando y también el interés por la noticia. Las tragedias tienen un efecto de inmediatez  y siempre surge un nuevo tema, una nueva situación, un nuevo asunto que acapara la atención de la opinión pública y también la de los periodistas. Pero las reconstrucciones no son rápidas y tampoco son sencillas, a veces se nos olvida que cuando hay tanto por hacer se nos confunde el inicio. Y mientras los no afectados buscaban poco a poco retornan a la normalidad, las víctimas aprendían a vivir con el dolor de sus pérdidas y se adaptaban a su nueva condición de sobrevivientes, por la que pagaron un alto precio.

A cada damnificado que se trasladaba hasta la sede del diario en busca de ayuda le explicábamos exactamente lo mismo: lo recaudado se canalizaba a través de las autoridades gubernamentales de salvamento y por tanto su mejor opción era permanecer en los refugios.

Casi dos meses después de la tragedia, me encontraba en la redacción del diario cuando el vigilante me llamó por teléfono y me pidió que bajara a atender a unas personas. Ya me había acostumbrado a dar este tipo de atención. Llegaba algún damnificado que había viajado por cuenta propia a la zona para intentar comenzar de nuevo y casi siempre necesitaban información.  Pero en esta oportunidad era otra la historia. En las sillas de la entrada del periódico se encontraba un moreno alto, con la ropa desgastada junto a una mujer que tenía un niño en brazos. La mujer no dejaba de derramar lágrimas y el moreno tenía una pierna vendada que la verdad no se veía nada bien.

El hombre, cuya edad no superaba los 30 años, me pidió que lo escuchara, y al hacerlo me contó que había podido escapar del deslave en compañía de una familia de Vargas que poseía una lancha. Es decir, huyeron solos.

En la lancha llegaron ocho personas. La familia propietaria de la embarcación -integrada por cinco personas- se refugió en casa de unos familiares; El moreno, junto a su esposa y su bebé, se fue a uno de los galpones que servían de albergues en el puerto local. Lo habían perdido todo, pero habían logrado sobrevivir. Cuando quise interrumpir el relato del hombre para explicarle que no teníamos insumos para darle, las lágrimas de su esposa se multiplicaron y el muchacho me pidió que le regalara unos minutos más de mi tiempo. No sabía que hacer así que accedí,  y así descubrí que la noche en que la montaña arrastró su casa hasta el mar, él desatendió las señales de alerta.

En su relato, el muchacho me contó que cuando el río de agua, piedras y lodo comenzó a golpear la pared del patio de su casa  pensó en huir, sin embargo sus padres, con quienes vivía, se opusieron, argumentando que era muy de noche y que los nietos estaban dormidos. Solo dos horas más tarde la situación empeoró, el agua era incontenible y se llevó la primera pared de la vivienda y en cuestión de minutos todos estaban siendo arrastrados calle abajo.

Como pudo logró agarrar a su esposa, que abrazaba con fuerza a su pequeño hijo de unos pocos meses de nacido. Sin embargo su mamá, su papá y su niña de 6 años de edad desaparecieron en medio de la noche y la riada. En algún punto de la caída de agua encontró una estructura a la cual agarrarse, se sostuvo con fuerza y se incorporó. Vio que había más gente tratando de escapar e instintivamente intentó hacer lo mismo. Pero comenzó a perder las fuerzas y cuando estaba a punto de volver a ser arrastrado, junto a su esposa y su niño, unas manos lo sostuvieron, lo halaron con fuerza y lo despegaron del caudaloso río. ¿Un milagro? quizás, a veces toca creer sin tanta racionalidad.

El hombre, su esposa y sus niño se unieron a un grupo de sobrevivientes que durante tres o cuatro días recibieron refugio en un edificio. Cuando sintieron que se había reducido el peligro decidieron recorrer la zona en busca de personas atrapadas y ayudar como podían. De acuerdo a su relato todos incansablemente levantaban escombros y removían en lodo llamando a su pequeña hija, a su mamá y a su papá; también repetían los nombres de sus vecinos y conocidos en medio de lo que una vez fue su barrio.

Cuatro o cinco días más tarde decidieron caminar para salir del lugar y encontrar ayuda. La desesperación por no tener alimentos ni comida era muy grande y algunos se olvidaron de la solidaridad que los había ayudado a sobrevivir y desataron el caos. Fue así como llegaron a la marina local que, aunque estaba medio destruida, tenía algunas lanchas almacenadas en pajareras (estructuras de altura) que las mantuvieron a salvo. Allí conoció a la familia que tenía la lancha, pero no al capitán y decidieron aliarse para la huida.

La historia era sin dudas conmovedora, pero hasta ese punto yo no entendía qué era lo que aquel hombre necesitaba. A ratos pensaba que solo quería desahogarse y por eso lo dejé continuar. En un nuevo intento de mi parte por parar la conversación el hombre finalmente expresó lo que quería: "Licenciada, necesito que me ayude a regresar a Vargas. Aquí en el albergue encontramos a una vecina que me dice que mi niña está viva, ¡está viva! y la tiene una conocida que está en Vargas".

Estoy segura que mi cara fue un poema, porque el hombre rápidamente me tomó la mano y me miró fijamente mientras me decía que no estaba loco, que estaba muy seguro, pero que no tenía dinero para el pasaje de bus y que además necesitaba que alguien le comprara el boleto, porque tampoco tenía documentos de identidad, así que se había propuesto encontrar a alguien que lo ayudara.

Cuando logré liberar mi mano ya estaba emocionalmente comprometida con su historia, la objetividad la había lanzado a la papelera hacía rato y sólo pensaba en ayudarlo, así que subí a la redacción a buscar ideas, mientras mis compañeros me explicaban que quizás el hombre sufría de estrés post traumático, que las posibilidades de que encontrara a su hija luego de casi dos meses eran nulas o casi nulas, que era imposible comprarle el boleto de transporte terrestre sin papeles e incluso analizamos la posibilidad de que fuese un estafador. Sin embargo, en medio del brainstorming a una colega se le ocurrió una idea brillante y simple: contactar a la primera dama del estado, que era  mamá y periodista, para contarle la historia, ya que quizás con los datos de la niña las cuadrillas de Protección Civil que viajaban de forma constante al Estado Vargas podrían dar con su paradero.

La respuesta que obtuvimos fue maravillosa, una camioneta de Protección Civil se trasladó hasta la sede del diario para buscar al hombre y su familia. Cuando lo vi partir solo esperaba haber hecho lo correcto y sentía unas ganas incontrolables de abrazar a mis hijos. Durante algún tiempo pensaba en el relato con curiosidad. Pero jamás me atreví a escribirlo y tampoco le di seguimiento, quizás porque en mi mente el desenlace no era feliz y eso chocaba con lo que deseaba con el corazón.

Ocho o 10 meses meses después, una pauta me hizo trasladarme hasta el  Puerto de Guanta. El mismo que había servido de albergue a los damnificados de Vargas y en cuyas inmediaciones sería inaugurado un mercado pesquero. El evento la verdad no llamaba mi atención, sin embargo tocaba darle cobertura. El puerto estaba lleno de gente, el calor era agotador y nadie pensó en la prensa, así que estábamos bajo el sol esperando a un gobernador de esos que llega "elegantemente" una hora y media tarde. Tras los actos protocolares salí corriendo del lugar pero,  a pocos metros de mi carro, sentí que me silbaban y luego escuché que me gritaban con insistencia. "Licenciada párese, no corra, por favor". Así que me detuve a esperar a quien me gritaba y allí vi a un moreno alto y fuerte caminando hacia mí con gafas oscuras, chaleco reflectivo y casco. En una de sus manos llevaba un vaso de jugo de frutas y en la otra una bolsita marrón.

Cuando el hombre llegó a unos centímetros de mí, extendió sus brazos y me preguntó:
-¿usted comió? aquí le traje una empanada de cazón, una de pollo y un jugo para que se refresque- Supongo que una vez más mi lenguaje corporal me delató ya que el moreno entre risas me dijo: "licenciada quite la cara de susto que soy yo, el muchacho de Vargas".

Él y yo caminamos hasta mi carro y allí nos sentamos, en la sombra, a conversar. Me pidió que me comiera lo que me había entregado y así lo hice, mientras me moría por conocer qué había pasado con su pequeña hija, pero no encontraba las palabras para preguntarle. Por fortuna en lo que le di el primer mordisco a la empanada el moreno me miró y me dijo: ¿Y usted no me va a preguntar nada? pues bueno yo le voy a contar ¡Claro que encontré a mi niña! 

Pasamos al menos dos horas conversando, bueno en realidad el hablaba y yo sorpresivamente sólo lo escuchaba. Descubrí que este hombre se ganó la voluntad de los cuerpos de rescate y hasta de la primera dama del Estado, quien le consiguió trabajo en el puerto local.  Su historia, guardada en mi memoria con recelo, me permitió acercarme por primera vez a la fuerza de la esperanza y al deseo personal de hacer frente a la adversidad.

Este hombre fue mi primera gran historia, una no buscada y hasta ahora no contada que siempre me ha servido de palanca, pues cuando algo me golpeaba con fuerza recordaba sus acciones, recorría en mi mente su relato y nuestras conversaciones.

La tragedia de otro me enseñó que el instinto es importante. Que respirar es un regalo y que la vulnerabilidad no es un gesto de humildad sino una condición de humanidad. Que se necesita una gran fortaleza de espíritu para chocar de frente contra la adversidad y aún así no rendirse. Que siempre podemos transformarnos, repensarnos, hacernos más amables y agradecidos. Que los imponderables ocurren de la misma forma en que pasa la vida. Que ante esos hechos dar no es un gesto, sino una necesidad personal. Que frustrarnos no resuelve los problemas y que incluso en las situaciones más adversas organizarnos y actuar siempre es la mejor decisión.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Confiar conscientemente ¿Lo practicas?

Si bien nuestras fallas comunicacionales nos limitan, la ausencia de confianza como valor nos condena a la infelicidad.



Desde pequeños somos formados para desconfiar, para no creer hasta ver, para esperar antes de dar, pero resulta que esta programación nos convierte en seres controladores y cuestionadores, incapaces de generar vínculos reales con nuestro entorno.

Confiar no significa ser tonto o entregar el mando. Todo lo contrario, implica disfrutar de absoluta inteligencia emocional y autocontrol.

La confianza es tan importante, que distintas estrategias organizacionales hacen uso de ella para determinar las condiciones de los líderes y, sin embargo, en nuestros hogares seguimos formando a seres humanos incapaces de hacer promesas, con poca vulnerabilidad y temerosos de todos y todo.  Y claro está,  luego nos quejamos de los males del mundo.

El modelo de Great Place to Work, ese tan utilizado organizacionalmente para determinar si una empresa es o no un "excelente lugar para trabajar" se sustenta en la confianza como pilar fundamental, pues a través de su metodología han medido, analizado y comprobado, que en aquellos lugares en los que a diario se construyen relaciones de "credibilidad con los jefes, respeto para con los empleados, y justicia, se logra un grado de orgullo respecto a la organización y los niveles jerárquicos, mediante conexiones auténticas de camaradería". Y esto, les cuento, no es posible alcanzarlo a través de un checklist de políticas y procedimientos.

Patrick Lencioni, escritor norteamericano de libros de administración de empresas y autor de "Las cinco disfunciones de un equipo" sustenta las hipótesis de su principal best sellers en la siguiente premisa: "la confianza es la seguridad que tienen los miembros del equipo sobre las intenciones de sus compañeros, entendiendo que las mismas son buenas y sobre todo, que no hay razón para ser ni protector ni cauteloso en el seno del grupo. Esencialmente, los compañeros del equipo tienen que sentirse cómodos siendo vulnerables unos con otros".

Mientras que Simon Dolan, creador del modelo de "Coaching por Valores", define la confianza como el Valor de los Valores, y para explicarlo hace una  referencia muy simple: "sin confianza no se puede crear nada, es como construir una casa sin bases".

Teniendo como antecedentes estas distintas miradas desde el mundo organizacional es perfectamente entendible el peso que tiene la vulnerabilidad en la ecuación. Ser vulnerable es tomar consciencia de nuestras limitaciones, aunque no por esto debemos dejar de tener coraje. Ser vulnerable es saber pedir ayuda y no pretender que existe sólo una forma, la nuestra, de hacer las cosas. Ser vulnerable es saber agradecer.

Entonces la confianza vista como valor maestro, se constituye en un factor fundamental para lograr relaciones interpersonales sanas, pero se construye de a poco, no se puede declarar, así que hay que ganársela.

Como consultora y también como coach veo con frecuencia la infelicidad que se deriva de la ausencia de confianza. En las organizaciones son recurrentes quejas como: "Es que X o Y colaborador sale corriendo cuando el reloj marca la hora de salida", o "a tal persona le falta iniciativa y la verdad yo no lo entiendo, porque yo le he dicho mil veces que debe tener iniciativa y hacer las cosas como yo le digo".

Son precisamente esas contradicciones, las que el líder debe revisar. Alguien que controla hasta la forma en que se hace el café en su oficina no puede esperar una dinámica productiva de trabajo con su equipo y mucho menos que exista confianza. Como tampoco puede esperarla una madre o un padre que dirige absolutamente todas las actividades de sus hijos, en su afán de optimizar tiempo y recursos.

Para tener hijos empoderados, que a futuro sean líderes que ofrezcan confianza, los padres debemos permitirles resolver las pequeñas situaciones de la vida. Si les programamos la agenda, les estipulamos las actividades y coordinamos hasta con sus amigos las salidas no podremos jamás enseñarles la confianza como valor.  ¿Qué tanto practicas la confianza? Dale respuesta a esta interrogante y quizás la respuesta te sorprenda.


domingo, 22 de mayo de 2016

¿Qué tal si yo me enfoco y tú te involucras?

Muchas de las teorías modernas del management hacen énfasis en el enfoque, una palabra que se utiliza para describir la necesidad de fijar la atención en algo hasta concluirlo o alcanzarlo.

Definitivamente el uso de este concepto suena lógico y hasta productivamente necesario, en una era en la que las distracciones son una constante y nos invaden por distintas vías.

Sin embargo creo, que como suele ocurrir con las generalizaciones, el tan anhelado enfoque está adquiriendo un uso despectivo e incluso abusivo a la hora de querer dar explicación a las posibles causas por las que una persona no realiza alguna actividad encomendada en el tiempo en que otro ha previsto o considera prudencial. De allí que sea muy necesario no confundir la aplicabilidad del concepto a los juicios diplomáticos que suelen ser emitidos por quienes se creen con el "derecho divino de opinar sobre todo y todos".



Sin pretender que esto se convierta en un tratado feminista, quiero levantar la voz sobre algo que veo repetirse en centros laborales y familias. Jefes, esposos, padres, hermanos y amigos, usan como primera palabra de ataque hacia sus contrapartes femeninas el tema del enfoque o la falta de él, para querer resaltar la verticalidad del pensamiento masculino y el impacto de éste en la concentración.

Para nadie es un secreto en la era de la neurociencia que es cierto que el cerebro masculino desarrolla con los años una mejor capacidad de concentración, pero esto no es el resultado de un gen específico o una cualidad personal labrada con trabajo a lo largo del tiempo. Todo lo contrario, es simplemente una consecuencia natural de la diferencia de roles de acuerdo al género con el que vivimos.

Una mujer profesional tiene en realidad cortos espacios de tiempo para concentrarse a plenitud en una única y exclusiva tarea y seamos honestos, esto es muy cómodo para la contraparte masculina.

Las mujeres trabajadoras sabemos que el hijo 1 sale de clases a tal hora, que el próximo martes es la prueba de manejo del hijo dos, que para la reunión de negocios del esposo la ropa que este utilice debe estar impecable, que la cita médica de la madre es el jueves, que la renta se vence pasado mañana, que es necesario comprar un regalo del día de la madre para la maestra, que mañana es el cumpleaños de nuestra secretaria y que hoy en el almuerzo habrá pollo a la plancha con brócoli.
 
Y me pregunto, esos representantes del enfoque masculino ¿reconocen al menos en sus esposas, hijas, madres, empleadas y amigas esa capacidad de lateralidad de pensamiento, no labrada con trabajo a lo largo del tiempo, sino consecuencia del género con el que vivimos?

Recientemente asistí como oyente a un charla encantadora en la que escuché a un psicólogo decir: "mujer debes ser feliz incluso si el mundo se está cayendo. Deja todo en manos de...." y medio auditorio femenino abrió los ojos esperando a que el psicólogo dijera "en manos de los hombres"... pero obvio, no lo dijo, sólo concluyó "en manos de Dios".  

Y mientras muchas personas aplaudían, una dama dejó escapar en voz alta un pensamiento: "claro que tenemos que soltar, pero no en manos de Dios sino en manos de esos hombres que tanto nos juzgan por lo que hacemos, pero que poco hacen por involucrarse".

Estas palabras se convirtieron en una revelación para mí... las mujeres necesitamos enfocarnos más, claro que sí, pero para que eso ocurra los hombres no deben ayudarnos, deben INVOLUCRARSE. 

No necesitamos eventualmente una colaboración. Necesitamos que los hombres se hagan responsables de algo más que de sí mismos y entonces podremos hablar de enfoque y concentración de igual a igual. Mientras tanto, tomaré las palabras de esa desconocida erudita y las haré propias con el siguiente compromiso: Cuando sienta que una solicitud  de enfoque es simplemente una crítica velada voy a preguntar: ¿Qué tal si yo me enfoco y tú te involucras más?.

lunes, 9 de mayo de 2016

Por qué el compromiso es tan importante


La palabra compromiso pareciera estar de moda, y al tratar de analizarla no puedo dejar de establecer paralelismos entre su aplicación en el ámbito organizacional y en el familiar, quizás porque creo fielmente que no existe manera de separar lo que somos como profesionales de lo que somos como personas.

Compromiso, etimológicamente hablando, proviene de la palabra latina "compromissum", de "com" (mutuo) y "promissum" (promesa).  Por tanto todo compromiso es una promesa mutua que debe surgir de forma voluntaria.

Entonces,  ¿por qué el compromiso se ha convertido en un bien tan preciado para las organizaciones?
A nivel empresarial diferentes estudios como los realizados por la revista Fortune, que comparan a las 100 mejores empresas en donde trabajar con las 500 más grandes de Standard & Poor's “ponen de manifiesto que las empresas con trabajadores muy comprometidos tienen una media del 29% de mayor beneficio, un 50% más de clientes leales y un 44% más de posibilidades de dar la vuelta a unos resultados negativos que las empresas con trabajadores menos involucrados / satisfechos”. (Fuente: elpaís.com)

Estas cifras, por demás alentadoras, nos llevan a entender porque el compromiso se ha convertido en el “Santo Grial moderno” de las organizaciones. Ahora bien ¿cómo lo conseguimos? Y ¿por qué encuentro un paralelismo entre el compromiso en las organizaciones y la familia?

Cuando nos comprometemos demostramos nuestra capacidad personal de asumir como propios los objetivos del grupo al cual pertenecemos, poniendo todo de nuestra parte, pero esto no ocurre por serendipia, o por la existencia de un gen único en nuestra cadena cromosómica.

La capacidad de comprometernos se desarrolla gracias a las conexiones emocionales que se establecen entre dos o más personas de forma tal que el plural “nosotros” sea más importante que el singular “yo”.  ¿Y acaso eso no es el deber ser en una familia?

El compromiso no viene de nuestro intelecto y sólo se logra cuando se establecen canales de doble vía. Daniel Goleman en su libro “inteligencia emocional en la empresa” resalta que: “la esencia del compromiso es unificar los propios objetivos con los de la organización. El compromiso es emocional: sentimos un fuerte apego a las metas de nuestro grupo cuando resuenan fuertemente al compás de las nuestras. Quienes valoran el objetivo de una organización y lo adoptan, no solo están dispuestas a hacer por ella un esfuerzo supremo, sino efectuar sacrificios personales cuando sea necesario”.

Sin embargo, esta es la vía del colaborador, pero la misma no fluirá si la empresa no da apertura a su propio canal de compromiso. Para que exista compromiso por parte de los colaboradores las empresas deben generar el escenario propicio para… es decir, los líderes entendidos como figuras directivas, mandos medios y supervisores deben demostrar su genuino interés por apoyar a sus colaboradores para que logren su desarrollo profesional y personal.

Las empresas consideradas como grandes lugares para trabajar logran el compromiso de sus colaboradores a través de la confianza y del auténtico interés por generar el bienestar de las personas. La gestión del compromiso conjuga lo transaccional y lo estratégico. Y aunque esto puede sonar contradictorio no lo es, ya que es igualmente importante asegurar que se compartan las ganancias del negocio como propiciar la  comunicación, la escucha y el entendimiento en un clima de libertad e innovación.

Las personas se comprometen y ponen de su parte cuando confían en que van a recibir, es decir, creen en la promesa mutua.  Por eso, si queremos que nuestros equipos se comprometan, primero tenemos que dar, para conseguir que confíen en nosotros.  ¿Y este comportamiento descrito como organizacional acaso no es similar a la forma en la que deben operar las familias?
Para pasar del cumplimiento al compromiso, las personas han de tomar la decisión de hacerlo, y los líderes han de manejar habilidades para influir en ello. Se trata de tomar conciencia, no de obediencia. La imposición no genera compromiso, la imposición genera resentimiento. La imposición lleva a las personas a rebelarse, someterse o evadirse, eso tan conocido de “te adaptas, emigras o mueres”.

Quizás mis roles de empleada, jefa, empleadora, consultora, coach y mamá de milennials me han llevado a tratar de correlacionar de forma constante el mundo empresarial y familiar, pero genuinamente creo que los conceptos clave para el logro del bienestar pueden ser perfectamente compartidos.

Las familias como las organizaciones están evolucionando. Los milennials hijos o empleados nos están enseñando y reclamando tiempo para vivir. Por tanto no podemos limitar nuestra línea de pensamiento a una afirmación tan simplista como que “son flojos, no quieren comprometerse o están desenfocados”. Lamento como siempre, contradecir a la mayoría,  pero cuando analizamos la calificación que los empleados le dan a las empresas como excelentes lugares de trabajar y cuando analizamos las conversaciones de los jóvenes sobre los entornos familiares que valoran encuentro similitudes:  ambos son espacios en los que se sienten apreciados,  existe confianza y comunicación, se da la valoración por los logros alcanzados, se promueve la búsqueda de mejoras para enmendar faltas en vez de culpables y  existe entendimiento de que más allá de la vida laboral o estudiantil hay otra vida en la cual el deporte, los amigos, la diversión y las querencias son importantes.  Entonces ¿qué haremos líderes y/o papás, cambiamos o nos anclamos en el pasado?  

lunes, 2 de mayo de 2016

Cómo vivir con alguien que sufre de ansiedad

Cuando hablamos de trastornos de ansiedad y ataques de pánico, casi toda la información que se ofrece en la web se orienta a brindar apoyo a las personas que están viviendo o padeciendo la condición. Sin embargo, como suele ocurrir con cada padecimiento de salud que afecta al individuo, el núcleo familiar y relacional de la persona afectada es tocado de forma directa. 

Ver a un ser querido, bien sea un familiar o amigo, enfrentarse a una situación de ansiedad es muy complejo. Desde la racionalidad de quien no experimenta los síntomas es casi un tema surrealista. El deseo de ayudar puede incluso transformarse en una fuente de presión innecesaria. Los familiares y amigos de una persona con ansiedad sienten la necesidad de buscar respuestas, aportar soluciones y librar a ese ser querido de su padecimiento, pero la verdad es que la salida no depende de ellos y este es el primer gran aprendizaje.

Lo primero que debes hacer como familiar o amigo de alguien con ansiedad es informarte, para así comprender que este trastorno genera en quien lo padece una serie de reacciones físicas que son reales y cuyo origen puede o no ser fisiológico.  Hoy sabemos, gracias a la neurociencia, que existe ansiedad producto de desordenes bioquímicos y también existe ansiedad producto de factores psico-emocionales y en ambos casos, quien padece la condición experimenta manifestaciones de sudoración, hiperventilación, palpitaciones, dolor u opresión en el pecho, temblores, nauseas y espasmos entre otras.

Los 7 pasos del acompañante

1. Si el ataque ocurre en tu presencia, ayúdale a respirar, intenta en todo momento mantener la calma y demostrarle cariño. Muéstrale con tu actitud que estará mejor en poco tiempo.

2. No intentes explicar o racionalizar el tema. De nada sirve que le digas a la otra persona que no está ocurriendo nada, porque sí está ocurriendo. Y aunque el origen de las sensaciones no sea fisiológico, los síntomas sí lo son.

3. Es común que una persona con un ataque de ansiedad o pánico verbalice lo que siente y generalmente lo que siente le hace pensar que está teniendo un infarto. El mejor apoyo que puedes darle, luego de pasar la crisis,  es invitarle a realizar una cita con un especialista en cardiología y acompañarle a la misma.  Si todo sale bien y el informe médico es satisfactorio, entonces puedes usar esta información con tu amigo o familiar para construir frases como: “Recuerda que afortunadamente tu corazón es fuerte y que los exámenes que te hiciste salieron muy bien”.

4. No intentes salvar a la otra persona y esto es muy importante. Primero, la otra persona no necesita ser salvada y luego esa no es tu función. Sé que esto cuesta comprenderlo pero tú no tienen ningún control sobre la vida, las emociones, las percepciones o los padecimientos fisiológicos de otro.

5. Invita a tu amigo o familiar a buscar ayuda profesional pero NO le hagas la cita. Puedes ofrecerle opciones, darle un listado de alternativas entre las que pueden estar psicólogos, psiquiatras, terapistas holísticos, life coach. Entiende que la elección debe hacerla él o ella de acuerdo a su sistema de creencias y la comodidad y confianza que le inspire cada una de estas disciplinas.

6. No dejes por ninguna circunstancia de hacer tus actividades o cumplir con tus obligaciones por salir a socorrer a tu amigo o familiar. Esto es quizás lo más fuerte de experimentar, pero cuando los ataques de ansiedad son repetitivos quienes lo padecen buscan anclarse en un puerto seguro y generalmente ese eres tú. Tampoco dejes de hacer tus actividades o vivir experiencias por esa otra persona.  Si hoy habían programado ejecutar una tarea juntos  y  lamentablemente esa persona no se siente bien, no realices reproches, sé empático y manifiéstale que respetas su estado físico e incluso  su deseo de no ejecutar la actividad,  pero tú sí debes realizar la agenda previamente acordada, así sea en solitario.

7. Los familiares y amigos de las personas que sufren de ansiedad son blanco fácil de los juicios. Si no entiendes la situación puedes juzgar sin querer a este ser querido y esto en vez de ayudarlo lo perjudicará. Pero también puedes verte afectado por los juicios de otros.  Cuando acompañas a alguien con algún padecimiento se producen solidaridades automáticas que intentan favorecer a la persona que es considerada como la más débil. El entorno suele empatizar con facilidad con el que sufre y ejercer presión sobre quienes le acompañan. 

Bien porque el origen del padecimiento de la persona que sufre ansiedad sea bioquímico o psico- emocional,  el afectado debe tomar acciones para mejorar su condición y el primer paso para comenzar a sanar es adquirir autoconciencia y esta no se produce si otro es el que toma las decisiones y ejerce las acciones. Los familiares y amigos de una persona que sufre de ataques de ansiedad o pánico deben cuidarse y protegerse. Recuerda que nadie puede ayudar a otro si no se ayuda primero a sí mismo.
   

viernes, 15 de enero de 2016

Todo el mundo cree tener la respuesta. Pero ¿cuántos hacen la pregunta indicada?

Fuente: Pixabay
En casi todas las conversaciones, discusiones o negociaciones, la contra parte está segura o casi segura de tener la respuesta a una inquietud. Me atrevería a afirmar que en el 98% de los casos “los otros” creen poseer la salida cuasi-perfecta, la solución mágica o la palabra exacta que pondrá fin a tus dilemas.

Pareciera entonces, que el resto del mundo se siente “cualificado” para pensar por ti, pero realmente ¿eso te ayuda en algo?

Cuántas veces te ha tocado escuchar a otra persona contarte algo que le aqueja y rápidamente en tu mente generas la solución para luego preguntarte: ¿pero, por qué no lo ve, si está clarito?

Y entonces saltan a tu mente apreciaciones muy ligeras como: “es que se ahoga en un vaso de agua”, “yo en su lugar estaría haciendo”, “le diría”, “me dedicaría”… pero, y como siempre viene el gran pero, la realidad es que ni eres el otro, ni estás en su lugar, ni ganas nada o contribuyes en algo al preguntarte ¿por qué?

Cuando apelamos al ¿Por qué? automáticamente buscamos la explicación o mejor dicho la justificación  de un hecho. Y si bien esto puede ser efectivo como pregunta previa a una idea creativa, a un descubrimiento o avance, “post mortem” y más aún en materia de relaciones humanas los ¿por qué? solo sirven para complicar y no para solucionar.

Supongamos por ejemplo que llegaste al trabajo y te piden una información que no actualizaste en el sistema. Automáticamente el jefe te pregunta: ¿Por qué no lo hiciste? Y de forma inmediata tu mente comienza a enumerar posibilidades que pueden ir desde un simple “no sabía que tenía que actualizarlo porque nunca me lo pediste” hasta  “¿tengo tantas cosas sobre mis hombros y a este (a) sólo le importan los benditos datos actualizados en el sistema? Pero al jefe que preguntó ¿Por qué? no le va mejor. Tras realizar la pregunta su mente también elabora otra gran lista de “posibles explicaciones” por las cuales, la tarea no fue realizada, y  en ese afán de buscar respuestas piensa “Pero obvio, si fulano siempre está distraído”,  “si  no se sabe organizar”, “Si siempre…” Y entre tus excusas y las de tu jefe se pierde la gran oportunidad de sacar de esa experiencia algún aprendizaje para ambos.

Esa misma apreciación es válida cuando un amigo (a) te cuenta que su hermana la enloquece, que su esposa le hace la vida a cuadros o que se siente insatisfecho con su vida. Automáticamente preguntas ¿Por qué la soportas? ¿Por qué no te divorcias? O por ¿qué no haces algo?  Y quizás, solo quizás, si de verdad quieres situarte en la posición del otro, valdría la pena que cambiaras las forma de preguntar y por ejemplo le dijeras a ese amigo enloquecido por su hermana ¿qué has hecho al respecto? y sobre todo ¿qué te gustaría hacer? O que le preguntes a ese otro con una esposa insoportable ¿cómo quisieras actuar con ella? o ¿Siempre… siempre te hace la vida a cuadros? Y, finalmente, sería mucho más productivo si a esa persona insatisfecha con su vida le dijeras ¿qué te falta…qué quisieras cambiar y cómo crees que podrías hacerlo?

Hacer la pregunta indicada es quizás la mejor arma de reflexión con la que contamos los seres humanos. Cuando al escuchar a otra persona en vez de darle nuestra opinión nos atrevemos a preguntar, nos alejamos de nuestra estructura de pensamiento y nos acercamos a la suya desde el respeto.  Cuando comenzamos a ver al otro desde sus ojos y no desde los nuestros es más sencillo comprenderle y sobre todo ayudarle. Al final dice un refrán anónimo que “nuestro mayor problema de comunicación es que no escuchamos para entender sino para responder”.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Vivir un día a la vez

Mirarse al espejo no es tarea fácil,  quizás porque corremos el riesgo de descubrir que es imposible proyectar hacia afuera lo que no tenemos en el interior. De allí que sea más sencillo enfocarnos en las fallas de los otros, en sus carencias o debilidades, que asumir con valentía la tarea de una verdadera y sincera auto-evaluación.

Los seres humanos -yo incluida- somos complejos, tenemos historias, experiencias, valores diferenciados. Percibimos e interpretamos el mundo desde lo que distinguimos y por ello conciliar nuestros puntos de vista con los de otras personas es una práctica que requiere voluntad y dedicación.  

Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuál es el comienzo? Nadie puede ayudar a otro si no se ayuda a sí mismo. Nadie puede dirigir a otro si no tiene las riendas de su propia vida. Un líder es un ejemplo a seguir, y aunque queda claro que los líderes permanecemos en el terreno de lo humano, es decir, siempre tendremos defectos y virtudes, conocernos y afianzarnos en nuestras fortalezas para trabajar nuestras debilidades es sin duda el camino más expedito para predicar con el ejemplo y poder mirarnos al espejo sin temor a descubrir que, la imagen que vemos es distinta a la que perciben los demás.

Dejar atrás las convicciones y los juicios y comenzar a explorar las bondades de describir lo observado (sin parámetros pre-establecidos), es todo un reto. Otro mayor es transformar las certezas en preguntas y mientras nos las hacemos encontrar respuestas, pensando siempre que algunas nos generarán satisfacción y otras seguro nos confrontarán.

Ahora bien las preguntas no son para cuestionar a los otros, es muy fácil hacerlo desde el otro lado de la calle, hay que comenzar por nosotros mismos; porque pretender que otro cambie y adquiera nuestra visión es simplemente la mayor de las utopías. 

¿Qué estoy haciendo hoy para propiciar eso que deseo? ¿Cuánto tiempo más esperaré a que otro entienda? ¿Con qué cuento yo? ¿Qué me he ganado yo? ¿Qué está en mis manos y qué no? ¿Qué estoy dispuesto a hacer, sacrificar o arriesgar?. Estas son las preguntas que vale la pena realizarse.



Hay un momento en la vida en el que descubrimos que hay que adentrarse en la filosofía de experimentar un día a la vez, desaprendiendo, aprendiendo y celebrando el haber terminado la jornada, a veces con uno o dos aciertos, otras tantas con una considerable carga de errores. Sin embargo, en ambos casos los saldos son positivos, porque quienes tienen la capacidad de descubrir las oportunidades que surgen de cada falla no sólo pueden  liderar su vida, sino que están listos para generar cambios significativos que sean replicables.


lunes, 4 de agosto de 2014

Volverlo todo una carrera

¿Hasta qué punto es sano competir? Quizás esta sea una pregunta con múltiples respuestas sobre la que vale la pena detenerse a pensar opciones.
El diccionario usual de la Real Academia de la Lengua Española establece que competir es  “una disputa o contienda entre dos o más personas sobre algo” también refiere que es la “oposición o rivalidad entre dos o más que aspiran a obtener la misma cosa”. Ambos conceptos nos dirigen rápidamente a una complicada inferencia: en toda competencia se presenta rivalidad y por ende alguien gana y alguien pierde.
Para muchos competir es natural, otros piensan que nos vuelve más productivos e incluso hay quienes afirman que refuerza el carácter, pero ¿qué problema social se esconde detrás de quienes deben demostrar a… o demostrar qué…?
Este planteamiento vino a mi mente cuando debí explicarle a mi hijo durante su primer entrenamiento de béisbol en una liga pre-infantil que su primer reto era ganarse el uniforme; es decir, debía demostrarle algo a alguien.
En la liga jugaban pequeños con condiciones naturales innatas, obviamente la mirada de los entrenadores estaba bien puesta sobre ellos y allí comprendí que la necesidad de aprobación es una carrera para reafirmarnos ante los demás.
Fisionómicamente mi hijo tenía lo que se necesitaba para jugar al béisbol: fuerza, reflejos y tamaño, pero le faltaba entrenamiento y experiencia, cosas que a su corta edad no entendía. Quería jugar de una vez, ser el mejor de una vez, vestir su uniforme de una vez y saber de una vez más que sus entrenadores, por lo que finalmente abandonó el béisbol.
Con el paso de los años mi pequeño Bam-Bam incursionó en otras disciplinas deportivas, pero tampoco se sentía a gusto, por lo cual también abandonó. Siempre había alguien que le impedía que… o tenía lo que el no.
Pero un día se enamoró del fútbol, para ese momento ya no era tan pequeño, su peso no le ayudaba y sus condiciones físicas no eran óptimas y, sin embargo,  aún lo sigue practicando.
Todavía no se ha ganado “el uniforme” siempre hay algún adolescente que se le adelanta, pero de alguna forma Bam-Bam ha sabido romper los paradigmas de la competición.
Para él el fútbol es una forma de vida, algo que lo conecta con su cuerpo y con lo que ama. Dejó de competir desde hace rato, no se siente menos que los demás ni necesita reafirmarse comparándose con otros.
Es feliz con un balón en el pié, se cree y se siente como un profesional, lo disfruta a plenitud, entrega siempre lo mejor de sí, es disciplinado y persistente y celebra las victorias de sus compañeros como propias.
Eso lo hace una persona especial, alguien que entendió que su mayor competidor es él mismo, que no tiene que medirse con otros, que sus éxitos o fracasos no lo definen, porque como ser humano tiene el derecho de tropezar, caer, sacudirse y levantarse.
Quizás con su próximo ingreso a la universidad le tocará jugar menos al fútbol, pero estoy segura que cada vez que lo haga lo disfrutará como el primer día.
Por alguna razón Bam-Bam no tiene pretensiones, aunque sí está lleno de aspiraciones y sabe hasta dónde quiere y va a llegar. Le importa poco o nada la idea de “demostrarle a… que es mejor que… “, aprendió a disfrutar el camino y sabe que su punto de comparación no es otro sino él mismo.
Se volvió seguro, no necesita que lo aplaudan,  su motivación lo llena, hacer lo que le gusta le satisface y desde entonces ve las cosas buenas en los otros porque no teme que le quiten nada. Sabe perfectamente lo que tiene y lo que no, y  por eso disfruta sabiendo que no tiene por qué volverlo todo una carrera para recorrer la vida.


viernes, 25 de octubre de 2013

Quiero que tengan 18

A nivel mundial, al menos en cuanto a legalidad y definición se trata, la mayoría de edad  es una condición, según la cuál, se determina la plena capacidad de obrar de la persona que logra alcanzar una edad cronológica establecida en la que se considera que el individuo es plenamente capaz de obrar…  por tanto la persona está facultada para conducir, por cuenta propia, sus acciones y, por su puesto, debe asumir las responsabilidades que se deriven de las mismas.

Para quienes aún no han alcanzado esa “edad cronológica establecida” la mayoría de edad es algo así como una declaratoria de emancipación, casi casi una amenaza que se susurra en silencio en tono rencoroso contra los miembros del hogar ante cualquier pequeño regaño, corrección u oposición paterna: “ya verás, cuando tenga 18 años haré lo que se me pegue en gana”.

Y es que pareciera, que “hacer lo que me dé la gana”  es una suerte de mantra cargado de vibraciones positivas que atraerá la felicidad absoluta, como si por arte de magia, al cumplir 18 años, se acaban las vinculaciones de un adolescente con su entorno familiar, con su comunidad y con la sociedad.

No puedo negar que yo también soñé con aquel 23 de agosto en el que finalmente cumpliría la mayoría de edad y mi vida cambiaría, pero la verdad, tras hacer una retrospectiva minuciosa del asunto, más allá de sacarme la licencia de conducir, poder viajar sin permiso firmado o tener la facultad de abrir sola una cuenta bancaria, mi vida no sufrió cambios radicales. Y es que haber alcanzado la “edad cronológica para” no significaba contar con los recursos financieros, emocionales  e intelectuales para… porque igual vivía bajo el techo de mis padres, dependía económicamente de ellos y pare usted de contar.

Creo que los venezolanos, tenemos muy desdibujado el asunto.  El exceso de exposición a la programación de MTV en nuestra adolescencia (pasada y presente) nos lleva a creer que al tener 18 podremos al fin “living la vida loca”, pero nuestras tradiciones y herencia europea, construida sobre estructuras familiares matriarcales y condiciones socioeconómicas inestables, hace de este anhelo una quimera.

Primero me referiré a los padres, un grupo en el que me incluyo para hacer una 
simple pregunta ¿Quién demonios el día después de que su hijo o hija cumple 18 años le pone su maletica en la puerta de casa y le dice: “Amor, ya tienes 18, así que vamos pa´la calle, venga que te ayudo a alquilar tu apartamentico para que vivas solit@? Nadie verdad ! por tanto, nosotros no debemos ni podemos alentar declaratorias de independencia insensatas sobre la llegada de la mayoría de edad.

Claro está, cuando nuestros hijos cumplan 18 no tendremos legalmente potestad para exigir cosas como que tengan una hora de llegada a la casa, o impedir que se les venda licor,  pero eso no debe hacernos perder de vista que, mientras nuestros hijos estén bajo nuestra tutela, es decir, mientras se bañen, laven su ropa, coman, duerman y dependan de nuestra billetera, tenemos la potestad MORAL SUFICIENTE para solicitar el cumplimiento de las normas de respeto y convivencia necesarias para el establecimiento de relaciones armoniosas, basadas en la justicia y en el pleno entendimiento de que no basta con tener la edad cronológica para…. Ya que es preciso también contar con las condiciones emocionales, intelectuales y financieras para…

A riesgo de parecer tirana voy a adentrarme en profundidades y referirme, en segundo término, a nuestros hijos. Si bien ni soy adolescente ni puedo pensar en la actualidad como ellos, alguna vez formé parte de ese grupo que  iba tachando en el calendario, en cuenta regresiva, los días que faltaban para llegar a los 18.

Poder hacer algo, no significa que queramos o sepamos hacerlo. Ese círculo virtuoso de querer, poder y saber no nos llega con una fecha calendario.
Con la llegada de la facultad para obrar de forma determinada para…llegan también las responsabilidades y quizás ese es el contrasentido de crecer. Nuestras decisiones buenas o malas implican que debemos asumir los costos y no siempre esto es tan sencillo.

Mientras tenemos casa, comida, vestido y amor incondicional resuelto, la vida 
se circunscribe a prepararnos intelectualmente, relacionarnos de manera positiva y disfrutar. Pero cuando toda la carga está sobre nuestros hombros la jerarquización de las actividades cambia y eso es algo que no podemos perder de vista.


Otro aspecto fundamental a considerar es que nuestras relaciones con nuestros padres nunca serán igualitarias. Nosotros no somos ellos, ni ellos serán nosotros. Su autoridad trasciende la edad y no tiene por qué ser incondicional. 

Su obligación legal para con nosotros culmina justo el día en que finalmente llega nuestra añorada mayoría de edad, de allí en adelante, sólo la convicción moral, el respeto y el amor recíproco marcará el rumbo de una relación que con el paso del tiempo se transformará de nuestra parte en admiración e inmenso agradecimiento por habernos enseñado desde antes de los 18 cosas a las cuales les sacamos provecho más allá de los 30.

domingo, 27 de mayo de 2012

Los payasos del circo

Cada día con más fuerza  los padres nos vemos enfrentados al inmenso cúmulo de necesidades de nuestros hijos.  Debemos por obligación legal y moral vestirlos, alimentarlos, educarlos, recrearlos, complacerlos, ayudarlos y divertirlos, darles su espacio, dejarlos ser libres… en fin,  pareciera que el precio a pagar por traerlos al mundo es un listado interminable de tareas, todas muy bien delimitadas,  muy al estilo de un castigo, que en nada se parece a ese acto de amor inmenso que nos llevó a decidir dejar de lado el YO para convertirnos en NOSOTROS.

Si bien es cierto que soy fiel creyente de la psicología positiva y perfectamente capaz de entender que nuestros retoños aprenden por imitación o por antítesis, reniego con todas mis fuerzas de las manipulaciones del entorno adolescente que,  bajo el amparo de “mis derechos”,  “clama” o mejor dicho “reclama”  una  libertad desdibujada en la que la reciprocidad de las acciones es inexistente y solo hay una cara de la moneda.
Es injusto, cruel y por demás desvergonzado, que un ser en formación, cuestione implacablemente hasta el más mínimo detalle de la educación que sus padres intentan ofrecerle.

Bien dice Pilar Sordo que “ésta es la única generación que  tuvo miedo a sus padres y ahora tiene miedo de sus  hijos”.  Y sí es cierto, tenemos los adolescentes que criamos y por haber perdido las certezas estamos más interesados en ser “los payasos del circo” que en ser los padres que debemos.  Y  lo peor es que nuestros hijos son perfectamente capaces de reconocerlo y  bajo el amparo de la individualidad adolescente sacan el mayor de los provechos a esa situación.

Debo admitir que cada vez que debo decir que NO a uno de mis hijos  me entra un susto en la boca del estómago,  me cuestiono una y mil veces, calibro y razono mi respuesta, porque es inmensamente difícil negarle algo a los seres que tanto amamos, y ese es nuestro mayor problema.

Es tan grande el amor que sentimos por nuestros hijos,  que  la simple posibilidad de perderlos nos genera miedo y por tanto - sin entrar en los pormenores de la inteligencia emocional-  nuestro sistema límbico nos presenta un conflicto. Sin embargo, decir un NO a tiempo no causará traumas irreversibles en nuestros hijos, quienes aunque obviamente no lo entenderán de inmediato, podrán ver  a futuro los beneficios de nuestra decisión.

Los padres no formamos hijos para que sorteen el presente. Les ofrecemos herramientas para que puedan usarlas en el futuro, cuando ellos tengan las condiciones físicas y psicológicas necesarias para asumir las riendas de sus destinos y tomar sus propias decisiones.

Enseñarles a diferenciar entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto de acuerdo a un sistema de valores compartido es sin duda un predictivo de éxito, no de nuestra labor de padres,  sino de las posibilidades que ellos tendrán a futuro de contar con la autoconciencia, autovaloración y autorregulación necesaria para lograr sus objetivos.

Lamento profundamente que por negarme en ocasiones a ser  “la payasa del circo”,  no sea  todo lo “cool” que mis hijos desean;  Pero ese no es mi rol.  Mi deber NO es proporcionarles felicidad, es enseñarles a reconocerla;  NO seré mejor madre por permitirles que hagan lo que deseen o lo que deseen otros adolescentes.  Esto NO es una competencia y NO espero ni premios ni reconocimientos, solo aspiro que ellos puedan comprender que todo lo que necesitan está en su interior y que desde allí podrán decidir ser felices, amar a plenitud  y alcanzar sus sueños, cuando llegue su momento.  

martes, 15 de mayo de 2012

De Venus o de Marte, extraterrestres al fin

Comprender las diferencias de género, va más allá de la fisionomía. Y para quienes como yo tienen la fortuna de levantar en sus hogares a una hembra y un varón, rápidamente salta a la vista que los hijos son marcianos y las hijas venusinas… que sólo comparten su condición de “extraterrestres”.

Buscando comprender por qué lo que “es bueno para el pavo no siempre es bueno para la pava”, aunque se contradiga el refrán popular, me topé con la “teoría de los dos cerebros” y súbitamente mis recuerdos se activaron y me trasladé hasta una clase de sociología, en mi época universitaria, donde haciendo alusión al pensamiento de Platón se perfiló ante mis ojos la primera teoría sobre la existencia de distinciones en la mente humana.

Para Platón la cosa era sencilla: el ser humano tiene en su cerebro aspectos racionales o “logistikon” e intuitivos o “nous”. Pero no fue hasta el siglo XIX cuando se aceptó la existencia de dos hemisferios cerebrales (izquierdo y derecho) cada uno con tareas perfectamente diferenciadas.

Es así como el campo psicológico, con todos sus avances nos enseña que por proceso evolutivo tenemos un sistema límbico, en el que almacenamos nuestras experiencias emocionales y de allí en más hacemos más compleja nuestra existencia. Pero adicional a esa diferenciación, sustento de la Inteligencia Emocional, del PNL y de tantas otras teorías, seguía latente mí la inquietud sobre la inexistencia de fórmulas compartidas, aplicables a ambos sexos, para liderizar el equipo compuesto por dos amados extraterrestres.

Entre objetivos y procesos

Según la antropóloga norteamericana Helen Fisher, directora del departamento de investigación en la Universidad de Nueva Jersey y autora de “El primer sexo” (1999), hombres y mujeres tienen sistemas cerebrales diametralmente distintos. “El cerebro está dividido en dos partes, pero el cerebro femenino está mejor conectado: hay más nervios uniendo ambas zonas y tiene cables más largos que llegan a distintas zonas del cerebro en cada hemisferio. El cerebro masculino, en cambio, es más compartimentado, más lateralizado. Sus dos lados operan más independientemente. La antropóloga llama al sistema cerebral femenino web-thinking (pensamiento en red) y al masculino step-thinking (pensamiento paso a paso).

Según Fisher, el hecho de que las mujeres tengan un cerebro mejor “conectado” se traduce en una serie de habilidades particulares: “Cuando piensan, reúnen más información y la configuran también de manera más compleja, por lo que son más capaces de relacionar cosas. Eso las hace intuitivas e imaginativas. Tienden a sintetizar, a generalizar, a contextualizar y eso las capacita para planificar a largo plazo y les da, probablemente, una mayor flexibilidad mental”

Pilar Sordo, Psicólogo chilena ampliamente conocida en la actualidad por sus charlas para padres y por sus libros (4 hasta ahora), entre el que destaca “Viva la diferencia! Y el complemento también”, aclara los estudios de Fisher y de forma dinámica explica que la configuración de la mente femenina tiende a ser retentiva y la mente masculina expulsora, es decir, los hombres tienen la capacidad de soltar como si el minuto anterior no hubiese transcurrido; mientras las mujeres lo almacenamos y relacionamos todo.

De allí que la mente masculina se aboque a los objetivos y la femenina a los procesos. Dicho en las palabras de Pilar Sordo, “el cerebro masculino está dividido en cajas, y dependiendo de la actividad que realicen tienen un cajón particular abierto. Mientras que el cerebro femenino es como una cartera o bolso, donde todo está colocado en el mismo espacio”.

Pero Pilar no es la única que habla sobre esta teoría, el pastor estadounidense Mark Gungor, conocido por sus seminarios de familia apoya las diferencias de pensamientos entre lo femenino y lo masculino y desde su perspectiva es fácil entender que un hombre, luego de una pelea vuelve a la normalidad al decidir abrir una nueva caja, mientras la mujer asocia la pelea con el resto de las cosas que lleva en su bolso cerebral, por tanto se queda revoloteando en ella.

Si las referencias son ciertas y los psicólogos tienen la razón, entonces mi búsqueda de formas equitativas para hablarles a mis hijos, guiarlos y darles feedback está errada en su hipótesis y una vez más debo aprender. Esta vez me corresponde No afanarme en encontrar una fórmula única e inequívoca para guiarlos, porque quizás nunca la encuentre y en el camino la pareja de hijos nacidos en planetas distintos con la que la naturaleza me dotó habrá evolucionado y alcanzado otro nivel. Pero confieso que de todo esto estoy sacando provecho y adoro la maravilla de intentar deducir los secretos ocultos de la paternidad y espero que ustedes también.

domingo, 25 de marzo de 2012

El engaño de las princesas

Cuando me hice de una inmensa colección de películas de Disney, para mantener entretenida a mi pequeña retoña, disfrutaba verla junto a sus amigas, en la sala de mi casa, en una suerte de juego de roles donde cada una asumía la postura de un personaje. Eso me permitía soñar con verlas adquirir en el futuro las personalidades de Mulán de China; Tiana de Maldonia, Jasmín de Arabia, Bella de Francia o Ariel de Atlántida. Pero unos 10 años más tarde me pregunto ¿qué demonios pasó con las princesas?

La magia de los cuentos de hadas se desvaneció y estos seres, aun en formación, comienzan a perfilarse ante mis ojos como protagonistas del más puro género novelesco donde se presentan como personas calculadoras, plásticas, frívolas, intrigantes, engañosas e incluso envidiosas, en una competencia constante que irremediablemente me obligó a revisar mis años, no tan lejanos, de adolescencia.

Y en esta visión retrospectiva caí en cuenta de la crudeza y realidad de crecer, siendo del sexo femenino, para competir en un mundo lleno de estereotipos en el que antes de descubrir si eres atractiva para un chico debes pasar por la lupa escrupulosa de una amiga.

Recientemente escuché que las mujeres no se arreglan para agradar a los hombres, sino para agradar a sus amigas. Y aunque en principio me sonó trillado, ahora logro apreciar la crudeza y realidad de la frase. Los hombres no son la competencia, con ellos no establecemos puntos de comparación. Son los miembros de nuestro entorno más íntimo, nuestras amigas, las jueces y verdugos de nuestra actuación. Entonces ¿cómo enfrentar la crítica constante de las personas que deberían darte apoyo y subirte la autoestima? ¿Cómo evitar la competencia y el gusto por los mismos chicos, cuando son precisamente la afinidad y la paridad de criterios lo que une a las amigas?

Buscando respuestas, sentadita en mi canapé, me topé de nuevo con un maravilloso libro que leí cuando era apenas una adolescente llamado “A favor de las niñas”, de la colección de bolsillo de Monte Ávila Editores, escrito por Elena Gianini Belotti, el cual busca analizar de la forma más objetiva posible para una mujer “la influencia de los condicionamientos sociales en la formación del rol femenino en los primeros años de vida”.

Entre las múltiples cosas interesantes que extraje de sus páginas, encontré por ejemplo que, los padres enseñamos a nuestros hijos varones a trabajar en equipo, pero no lo hacemos con nuestras hijas. Entonces ¿cómo pretender que entre ellas exista camaradería y solidaridad?

En el fútbol, la estrategia es retener, dominar y pasar, confiando en que el otro anotará un gol y celebrando cada acción a favor del equipo. Pero ¿cuál es el trabajo en equipo de actividades como tocar el piano, dibujar, pintar o bailar ballet?... umhhhh buena pregunta verdad!!!

Alentamos a nuestras hijas al desempeño individual, a ser mejor qué. Y obvio, a futuro cosechamos nuestra siembra… formamos seres individualistas y altamente competitivos que no tienen ni la más mínima idea de cómo se juega en equipo y sólo conocen los mecanismos para vivir y sobrevivir de forma individual.



Pero, quizás la más dramática de las frases de ese pequeño libro de bolsillo que es digna de compartir y reflexionar es: “para la joven existe un conflicto entre su condición propiamente humana y su vocación de mujer (y viceversa); para el joven es relativamente más fácil encaminarse en la vida, porque en él, la vocación de ser humano y el sexo al cual pertenece no están en conflicto, ya que en la infancia se prefigura este destino afortunado… A partir de la pubertad la joven pierde terreno, la adolescente no encuentra alrededor de ella los estímulos y se le requiere, por tanto, que sea constreñida lo cual implica unir su trabajo profesional al de su feminidad… ser femenina, significa mostrarse impotente, frívola, pasiva y dócil… Estúpidas… no hay lugar en que las niñas no perciban en cada momento la confirmación de que se les prefiere estúpidas, salvo para reprocharles el serlo”.

domingo, 4 de marzo de 2012

Una nueva forma de ver el mundo







Si las teorías de Daniel Goleman sobre la inteligencia emocional, acuñadas en 1995  no son erráticas y en este entorno cambiante y dinamizado es más importante “lo que hacemos con lo que sabemos, que lo que en verdad sabemos”, quizás estemos en el preludio de una nueva era que las profecías Mayas no lograron correlacionar, pero que inevitablemente nos llevan al nacimiento de una etapa menos vinculada a la rigurosidad del método científico y más conectada con la capacidad de relacionarnos sin barreras, prejuicios o paradigmas.

No sólo se trata de entender cómo Bill Gates logró construir su emporio cuando apenas cursaba los primeros semestres de estudios en la Universidad de Harvard y descubrió el lenguaje Basic que posteriormente, en 1975, se constituyó en Microsoft. O cómo Sergey Brin y Larry Page, estudiantes de Stanford  lograron en 1995 crear un enrutador que rastreara el número de enlaces hacia las páginas web hasta finalmente dar vida a Googles. O por qué casualidad del destino ese mismo año,  Randy Conrads creó en la web la primera Social Network al colgar el site  classmates.com, para que la gente pudiera estar en contacto con antiguos compañeros de colegio, lo que desencadenó una avalancha de opciones que se materializaron en 2003 con la aparición de sitios online con nombres como Friendster, MySpace, Soflow o finalmente Facebook y el éxito prematuro de Mark Zuckerberg.

Comprender este entorno, parte del ejercicio de asimilar, por muy abrumador que parezca, que lo que conocemos como mundo y como sociedad está cambiando  y que en apenas una década  se puede constituir una nueva línea de pensamiento y acción, por lo que nosotros como padres a pasos agigantados debemos adaptarnos.

El primer paso entonces es aceptar que tal y como lo plantea Goleman en su  libro “Inteligencia Emocional” (1995),  existe una aptitud, que no puede ser medida a través de un test para ponderar el Coeficiente Intelectual de una persona (CI ó IQ, según el país en que se traduzca) y que radica en “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, motivarnos y manejar bien las emociones en nosotros mismos y en nuestras relaciones”. Y que esto incluye una serie de facultades que son:

  • Capacidad de percibir, valorar, y expresar emociones con precisión a partir del conocimiento de uno mismo, es decir, saber qué se siente en cada momento.
  • Capacidad de experimentar (o de generar a voluntad) determinados sentimientos en la medida que faciliten el entendimiento de uno mismo o de otra persona. Mejor conocida como Autorregulación.
  • Motivación, que no es otra cosa que utilizar nuestras preferencias más profundas para orientarnos y avanzar hacia los objetivos.
  • Empatía o capacidad de percibir lo que sienten los demás.
  • Y finalmente, las habilidades sociales o la capacidad para manejar bien las emociones en una relación e interpretar adecuadamente las situaciones.

Dicho esto, inevitablemente debemos preguntarnos ¿qué estamos haciendo nosotros por desarrollar la inteligencia emocional en nuestros hijos? Y sobre la base de nuestra respuesta dar una mirada valorativa al sistema de enseñanza oficial de nuestros pequeños.
Aunque por principios y convicción e intentado en mi hogar vincular distintas experiencias gerenciales exitosas con la enseñanza de mis hijos, debo admitir que de forma tardía puse mi mirada en su colegio o escuela, para valorar firmemente qué tanto compartíamos estos principios.

Tras ser formada bajo el paradigma de la “Excelencia Académica” las decisiones escolares sobre mis hijos siempre estuvieron regidas por la selección de una institución llena de buenos profesores, renombre y mucha exigencia académica, pues en mi “paradigma”  una buena calificación era sinónimo de éxito. Pero sin duda alguna esto contrastaba con mi realidad profesional y con la experiencia gerencial que había desarrollado.

Fue así  como un buen día comencé a cuestionar  la formación escolar de mis hijos y vi como mi quinceañera, mi primer experimento materno, y por su puesto su hermano, apenas un año menor,  habían cursado su escuela primaria y los dos primeros años de la escuela media en un colegio con el cual no compartía nada o casi nada.

Para mal o para bien descubrí que los sistemas escolares, sobre todo los latinoamericanos, se basan en algo que tengo a bien llamar “educación psicorígida” y que consiste en prestar muchísima atención al uso del uniforme, la colocación de la camisa por dentro, el cinturón negro o marrón, la imposición de normas no discutidas y la estandarización del alumnado. Es decir, todos iguales,  con igual comportamiento, aprendiendo lo mismo, recibiendo información para pensar lo mismo, es decir siendo arreados cuales borregos.

Y en ese instante me pregunté: ¿qué pasa con los talentos?, con la diversidad y la pluralidad no solo de pensamiento sino de personalidad. ¿Dónde queda la comunicación, la negociación y el aprendizaje de las destrezas que a futuro se traducirán en Inteligencia Emocional?

Unos cuantos meses de tortura me llevaron a tomar una difícil decisión. Era hora de cambiar a mis hijos de escuela y tras mucho llanto, negativas, incertidumbre y manipulación de mis pequeños y su entorno (Tus hijos no te hacen sentir culpable, pero tus padres, hermanos y esposo sí) opté por un colegio con un nombre poco rimbombante y pasé de ser representante de dos alumnos de una tradicional  “Unidad Educativa” para convertirme en la madre de dos estudiantes de una “Unidad de Apoyo Integral”. Y aunque como en todo proceso de cambio hemos tenido que realizar grandes aprendizajes, comienzo a sentir que la decisión no solo fue ajustada sino que ya está rindiendo sus frutos y me siento liberada al ver que conductualmente se está dando un viraje positivo en mis hijos que, pese a mantener sus excelentes calificaciones, han empezado a descubrir la importancia de generar buenos equipos de estudio, respetar a las personas no solo de diferentes religiones sino con diferentes corrientes de pensamiento y sobre todo a entender que así como a futuro necesitarán desarrollar su máximo potencial académico también deben aprender a manejar sus emociones para convertirlas en factores de impulso para su éxito personal.

Abrir la mente a este tipo de experiencias puede ser una tarea complicada para los padres, ya que a medida que los “chamos” van aprendiendo más y mejores formas de relacionarse se produce una combinación perfecta entre las fuentes cognitivas e intuitivas y comienzan a ser más persuasivos, lo que implica para nosotros un reto.

Formar a hombres y mujeres para el futuro en una era en que la información está a un click de distancia no es tarea fácil y si a eso le añadimos el acceso a técnicas y herramientas de desarrollo personal nos sumergimos en aguas profundas en las que podemos descubrir, tal y como escribió una amiga recientemente en mi facebook,  que la “repetición de las fórmulas que en nosotros aplicaron nuestros padres quedaron en la obsolescencia”.

O acaso ¿ustedes han podido quitarle los zapatos a alguno de sus hijos y lograr que permanezca sentado en un sofá durante una visita? O pelarle los ojos a su pequeño “terremoto” y que éste comprenda que está cometiendo una imprudencia sin que diga a plena voz: “mami, por Dios ¿qué te pasa?, deja de abrir esos ojotes pareces el lobo de la caperucita”.

Esos tiempos ya pasaron y si queremos no morir en el intento de sobrevivir a la era de acuario, los niños índigo, la estimulación precoz y el hi tech, no nos queda más remedio que comenzar a cambiar nuestros paradigmas. Obviamente, no hay manuales o fórmulas matemáticas que resuelvan la situación, yo espero la llegada salvadora de un paradigma insurgente, pero mientras eso ocurre, busco la oportunidad de generar un momento en el que pueda sentarme cómodamente sobre mi canapé, con un espumante café, a escuchar y compartir experiencias.

sábado, 3 de marzo de 2012

Libertad delimitada



Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE)  la LIBERTAD es la  Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos."
Es así como a simple vista es fácil entender que una persona es libre cuando puede o no actuar de forma determinada,  siempre y cuando esté en capacidad de asumir la responsabilidad de sus actos.

Entonces, el concepto de libertad se vuelve una quimera para los padres que desean transmitir a sus hijos este precepto como un valor.

Y aunque queda claro que nuestros hijos tienen una “facultad natural para obrar o no de una manera u otra”, la gran pregunta que todos nos hacemos es, ¿Cómo podemos determinar si nuestros pequeños poseen el grado de conciencia necesario para ser responsables de sus actos?

Quizás este sea el cuestionamiento más perturbador para todos los que buscamos formar a nuestros retoños sobre la base de un sistema de valores familiares y sociales en este mundo tan cambiante  en el que nada se da por sentado.

Aunque existen montones de fuentes bibliográficas para consultar,  la paternidad no tiene manuales, es una combinación de las referencias que tenemos de nuestros padres,  las conversaciones sostenidas con amigos y parientes y un inmenso despliegue de intuición, que junto a los llamados “instintos” terminan por marcar nuestro camino.

Por eso, aunque suene contradictorio, la primera lección de libertad que debemos darle a nuestros hijos es enseñarles que su elección siembre estará delimitada por ellos mismos.

Con mi quinceañera la cosa ha ido más o menos en estos términos. Entre los 4 y 5 años comenzamos a enseñarle independencia y le concedimos  “libertad” de seleccionar su vestimenta y su peinado. Algunas personas cercanas calificaron la acción como una locura, pues es labor de los padres “preocuparse por la apariencia personal de sus hijos”, sin embargo nosotros creímos fundamental dar este paso, para ir explorando el tema de la libertad con nuestra pequeña retoña.

Por ello le explicamos que respetábamos su opinión pero que ella también debía valorar la nuestra y la invitamos a acompañarnos a comprar la ropa para su cumpleaños Nº 5. Su emoción se hizo sentir y con ojos de niña grande comenzamos el periplo de preguntas y respuestas monosílabas seguidas por un dulce “mami”.
-¿Amor, te gusta este pantalón?
-No, mami
 -¿Y este vestido?
-No, mami
-¿Y esta falda?
-No, mami

Tras veinte piezas más, la paciencia comenzó a agotarse y entendimos que algo estábamos haciendo mal, así que tras un coffe breack y un intercambio de opiniones mi esposo y yo coincidimos en que  era el momento  de cambiar de táctica, e implementar una nueva jugada.

-Ok hija,  parece que nada de lo que te mostramos te agrada, entonces hagamos algo, selecciona tú lo que quieres ponerte, nosotros te ayudamos a que cuadre con tu talla y con el precio que tenemos programado y si te queda bien y vale lo justo lo compramos.

Finalmente habíamos dado en el clavo. Pararon los monosílabos y se reavivó el entusiasmo. Básicamente la niña eligió las piezas que nosotros previamente le habíamos enseñado, pero en otros colores. Con entusiasmo comenzó a mostrarnos las faldas o los pantalones y al final, lo que había sido una larga mañana de monosílabos terminó en una concreta compra de 20 minutos en la que todos salimos felices.

Diez años más tarde seguimos en la misma tónica, aún puedo salir de compras con mi ahora quinceañera y ser “espectadora activa” de su decisión… Espero pacientemente a que ella seleccione la pieza y salga a modelarla y tras haber enviado una foto de su indumentaria a su mejor amiga termina por preguntarme:
-¿Qué te parece mami, cómo me queda?
Entonces opto por asumir mi rol y formular mis inquietudes en forma de cuestionamientos que le permitan a mi quinceañera llegar a una conclusión sensata, no impositiva y sobre todo considerada, valorativa y sincera.
-Me parece que te queda bien hija, pero cuéntame algo… ¿Piensas pasar toda la fiesta de pie, es decir, no te vas a sentar y tampoco vas a bailar? ¿Por qué no bailas un poco frente al espejo y miras cómo te sientes con el vestido?
Y entonces ocurre el milagro, mi quinceañera se da una vuelta con su falda cortísima frente al espejo y descubre que su atuendo no es el apropiado para su propósito: verse bien en la fiesta pero también poder bailar, disfrutar y proyectar una imagen. Y entonces desecha la pieza con absoluta y total libertad.

Educar y formar con LIBERTAD a nuestros hijos significa enseñarles algo más que el significado del concepto o de su resonancia como un valor. Parte del principio de no confundir la autoridad con el autoritarismo.

Los padres podemos hacer prevalecer nuestra autoridad cuando somos capaces de controlar la situación sin dominarla. Debemos ser capaces de  explicar nuestra posición y respetar la opinión y posición de nuestros hijos, entendiendo que a fin de cuentas ellos tienen la “facultad natural de obrar o no de una manera u otra”.

Nos corresponde delimitar las actuaciones, explicarle a los hijos los riesgos y las posibles consecuencias de sus acciones, pero también es nuestro trabajo darles la opción de elegir, porque así nos aseguramos que ellos están aprendiendo a optar por la alternativa correcta y poco a poco podemos desarrollar la confianza necesaria para creer en el buen juicio de nuestros hijos y en su capacidad de ser “responsables de sus actos."

Para una formación basada en el principio o valor de la libertad los padres debemos internalizar que nuestros pequeños necesitan que les apoyemos en el proceso de exploración y satisfacción de sus deseos. Si les animamos a tomar la decisión correcta nuestros hijos aprenderán paulatinamente a asumir la responsabilidad y a mantener abiertos los canales de comunicación tan necesarios para que podamos vigilar sus acciones como espectadores con participación, pero sin imponer nuestra opinión o intentar ser dictadores de su mundo.