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lunes, 9 de mayo de 2016

Por qué el compromiso es tan importante


La palabra compromiso pareciera estar de moda, y al tratar de analizarla no puedo dejar de establecer paralelismos entre su aplicación en el ámbito organizacional y en el familiar, quizás porque creo fielmente que no existe manera de separar lo que somos como profesionales de lo que somos como personas.

Compromiso, etimológicamente hablando, proviene de la palabra latina "compromissum", de "com" (mutuo) y "promissum" (promesa).  Por tanto todo compromiso es una promesa mutua que debe surgir de forma voluntaria.

Entonces,  ¿por qué el compromiso se ha convertido en un bien tan preciado para las organizaciones?
A nivel empresarial diferentes estudios como los realizados por la revista Fortune, que comparan a las 100 mejores empresas en donde trabajar con las 500 más grandes de Standard & Poor's “ponen de manifiesto que las empresas con trabajadores muy comprometidos tienen una media del 29% de mayor beneficio, un 50% más de clientes leales y un 44% más de posibilidades de dar la vuelta a unos resultados negativos que las empresas con trabajadores menos involucrados / satisfechos”. (Fuente: elpaís.com)

Estas cifras, por demás alentadoras, nos llevan a entender porque el compromiso se ha convertido en el “Santo Grial moderno” de las organizaciones. Ahora bien ¿cómo lo conseguimos? Y ¿por qué encuentro un paralelismo entre el compromiso en las organizaciones y la familia?

Cuando nos comprometemos demostramos nuestra capacidad personal de asumir como propios los objetivos del grupo al cual pertenecemos, poniendo todo de nuestra parte, pero esto no ocurre por serendipia, o por la existencia de un gen único en nuestra cadena cromosómica.

La capacidad de comprometernos se desarrolla gracias a las conexiones emocionales que se establecen entre dos o más personas de forma tal que el plural “nosotros” sea más importante que el singular “yo”.  ¿Y acaso eso no es el deber ser en una familia?

El compromiso no viene de nuestro intelecto y sólo se logra cuando se establecen canales de doble vía. Daniel Goleman en su libro “inteligencia emocional en la empresa” resalta que: “la esencia del compromiso es unificar los propios objetivos con los de la organización. El compromiso es emocional: sentimos un fuerte apego a las metas de nuestro grupo cuando resuenan fuertemente al compás de las nuestras. Quienes valoran el objetivo de una organización y lo adoptan, no solo están dispuestas a hacer por ella un esfuerzo supremo, sino efectuar sacrificios personales cuando sea necesario”.

Sin embargo, esta es la vía del colaborador, pero la misma no fluirá si la empresa no da apertura a su propio canal de compromiso. Para que exista compromiso por parte de los colaboradores las empresas deben generar el escenario propicio para… es decir, los líderes entendidos como figuras directivas, mandos medios y supervisores deben demostrar su genuino interés por apoyar a sus colaboradores para que logren su desarrollo profesional y personal.

Las empresas consideradas como grandes lugares para trabajar logran el compromiso de sus colaboradores a través de la confianza y del auténtico interés por generar el bienestar de las personas. La gestión del compromiso conjuga lo transaccional y lo estratégico. Y aunque esto puede sonar contradictorio no lo es, ya que es igualmente importante asegurar que se compartan las ganancias del negocio como propiciar la  comunicación, la escucha y el entendimiento en un clima de libertad e innovación.

Las personas se comprometen y ponen de su parte cuando confían en que van a recibir, es decir, creen en la promesa mutua.  Por eso, si queremos que nuestros equipos se comprometan, primero tenemos que dar, para conseguir que confíen en nosotros.  ¿Y este comportamiento descrito como organizacional acaso no es similar a la forma en la que deben operar las familias?
Para pasar del cumplimiento al compromiso, las personas han de tomar la decisión de hacerlo, y los líderes han de manejar habilidades para influir en ello. Se trata de tomar conciencia, no de obediencia. La imposición no genera compromiso, la imposición genera resentimiento. La imposición lleva a las personas a rebelarse, someterse o evadirse, eso tan conocido de “te adaptas, emigras o mueres”.

Quizás mis roles de empleada, jefa, empleadora, consultora, coach y mamá de milennials me han llevado a tratar de correlacionar de forma constante el mundo empresarial y familiar, pero genuinamente creo que los conceptos clave para el logro del bienestar pueden ser perfectamente compartidos.

Las familias como las organizaciones están evolucionando. Los milennials hijos o empleados nos están enseñando y reclamando tiempo para vivir. Por tanto no podemos limitar nuestra línea de pensamiento a una afirmación tan simplista como que “son flojos, no quieren comprometerse o están desenfocados”. Lamento como siempre, contradecir a la mayoría,  pero cuando analizamos la calificación que los empleados le dan a las empresas como excelentes lugares de trabajar y cuando analizamos las conversaciones de los jóvenes sobre los entornos familiares que valoran encuentro similitudes:  ambos son espacios en los que se sienten apreciados,  existe confianza y comunicación, se da la valoración por los logros alcanzados, se promueve la búsqueda de mejoras para enmendar faltas en vez de culpables y  existe entendimiento de que más allá de la vida laboral o estudiantil hay otra vida en la cual el deporte, los amigos, la diversión y las querencias son importantes.  Entonces ¿qué haremos líderes y/o papás, cambiamos o nos anclamos en el pasado?  

lunes, 4 de agosto de 2014

Volverlo todo una carrera

¿Hasta qué punto es sano competir? Quizás esta sea una pregunta con múltiples respuestas sobre la que vale la pena detenerse a pensar opciones.
El diccionario usual de la Real Academia de la Lengua Española establece que competir es  “una disputa o contienda entre dos o más personas sobre algo” también refiere que es la “oposición o rivalidad entre dos o más que aspiran a obtener la misma cosa”. Ambos conceptos nos dirigen rápidamente a una complicada inferencia: en toda competencia se presenta rivalidad y por ende alguien gana y alguien pierde.
Para muchos competir es natural, otros piensan que nos vuelve más productivos e incluso hay quienes afirman que refuerza el carácter, pero ¿qué problema social se esconde detrás de quienes deben demostrar a… o demostrar qué…?
Este planteamiento vino a mi mente cuando debí explicarle a mi hijo durante su primer entrenamiento de béisbol en una liga pre-infantil que su primer reto era ganarse el uniforme; es decir, debía demostrarle algo a alguien.
En la liga jugaban pequeños con condiciones naturales innatas, obviamente la mirada de los entrenadores estaba bien puesta sobre ellos y allí comprendí que la necesidad de aprobación es una carrera para reafirmarnos ante los demás.
Fisionómicamente mi hijo tenía lo que se necesitaba para jugar al béisbol: fuerza, reflejos y tamaño, pero le faltaba entrenamiento y experiencia, cosas que a su corta edad no entendía. Quería jugar de una vez, ser el mejor de una vez, vestir su uniforme de una vez y saber de una vez más que sus entrenadores, por lo que finalmente abandonó el béisbol.
Con el paso de los años mi pequeño Bam-Bam incursionó en otras disciplinas deportivas, pero tampoco se sentía a gusto, por lo cual también abandonó. Siempre había alguien que le impedía que… o tenía lo que el no.
Pero un día se enamoró del fútbol, para ese momento ya no era tan pequeño, su peso no le ayudaba y sus condiciones físicas no eran óptimas y, sin embargo,  aún lo sigue practicando.
Todavía no se ha ganado “el uniforme” siempre hay algún adolescente que se le adelanta, pero de alguna forma Bam-Bam ha sabido romper los paradigmas de la competición.
Para él el fútbol es una forma de vida, algo que lo conecta con su cuerpo y con lo que ama. Dejó de competir desde hace rato, no se siente menos que los demás ni necesita reafirmarse comparándose con otros.
Es feliz con un balón en el pié, se cree y se siente como un profesional, lo disfruta a plenitud, entrega siempre lo mejor de sí, es disciplinado y persistente y celebra las victorias de sus compañeros como propias.
Eso lo hace una persona especial, alguien que entendió que su mayor competidor es él mismo, que no tiene que medirse con otros, que sus éxitos o fracasos no lo definen, porque como ser humano tiene el derecho de tropezar, caer, sacudirse y levantarse.
Quizás con su próximo ingreso a la universidad le tocará jugar menos al fútbol, pero estoy segura que cada vez que lo haga lo disfrutará como el primer día.
Por alguna razón Bam-Bam no tiene pretensiones, aunque sí está lleno de aspiraciones y sabe hasta dónde quiere y va a llegar. Le importa poco o nada la idea de “demostrarle a… que es mejor que… “, aprendió a disfrutar el camino y sabe que su punto de comparación no es otro sino él mismo.
Se volvió seguro, no necesita que lo aplaudan,  su motivación lo llena, hacer lo que le gusta le satisface y desde entonces ve las cosas buenas en los otros porque no teme que le quiten nada. Sabe perfectamente lo que tiene y lo que no, y  por eso disfruta sabiendo que no tiene por qué volverlo todo una carrera para recorrer la vida.


viernes, 25 de octubre de 2013

Quiero que tengan 18

A nivel mundial, al menos en cuanto a legalidad y definición se trata, la mayoría de edad  es una condición, según la cuál, se determina la plena capacidad de obrar de la persona que logra alcanzar una edad cronológica establecida en la que se considera que el individuo es plenamente capaz de obrar…  por tanto la persona está facultada para conducir, por cuenta propia, sus acciones y, por su puesto, debe asumir las responsabilidades que se deriven de las mismas.

Para quienes aún no han alcanzado esa “edad cronológica establecida” la mayoría de edad es algo así como una declaratoria de emancipación, casi casi una amenaza que se susurra en silencio en tono rencoroso contra los miembros del hogar ante cualquier pequeño regaño, corrección u oposición paterna: “ya verás, cuando tenga 18 años haré lo que se me pegue en gana”.

Y es que pareciera, que “hacer lo que me dé la gana”  es una suerte de mantra cargado de vibraciones positivas que atraerá la felicidad absoluta, como si por arte de magia, al cumplir 18 años, se acaban las vinculaciones de un adolescente con su entorno familiar, con su comunidad y con la sociedad.

No puedo negar que yo también soñé con aquel 23 de agosto en el que finalmente cumpliría la mayoría de edad y mi vida cambiaría, pero la verdad, tras hacer una retrospectiva minuciosa del asunto, más allá de sacarme la licencia de conducir, poder viajar sin permiso firmado o tener la facultad de abrir sola una cuenta bancaria, mi vida no sufrió cambios radicales. Y es que haber alcanzado la “edad cronológica para” no significaba contar con los recursos financieros, emocionales  e intelectuales para… porque igual vivía bajo el techo de mis padres, dependía económicamente de ellos y pare usted de contar.

Creo que los venezolanos, tenemos muy desdibujado el asunto.  El exceso de exposición a la programación de MTV en nuestra adolescencia (pasada y presente) nos lleva a creer que al tener 18 podremos al fin “living la vida loca”, pero nuestras tradiciones y herencia europea, construida sobre estructuras familiares matriarcales y condiciones socioeconómicas inestables, hace de este anhelo una quimera.

Primero me referiré a los padres, un grupo en el que me incluyo para hacer una 
simple pregunta ¿Quién demonios el día después de que su hijo o hija cumple 18 años le pone su maletica en la puerta de casa y le dice: “Amor, ya tienes 18, así que vamos pa´la calle, venga que te ayudo a alquilar tu apartamentico para que vivas solit@? Nadie verdad ! por tanto, nosotros no debemos ni podemos alentar declaratorias de independencia insensatas sobre la llegada de la mayoría de edad.

Claro está, cuando nuestros hijos cumplan 18 no tendremos legalmente potestad para exigir cosas como que tengan una hora de llegada a la casa, o impedir que se les venda licor,  pero eso no debe hacernos perder de vista que, mientras nuestros hijos estén bajo nuestra tutela, es decir, mientras se bañen, laven su ropa, coman, duerman y dependan de nuestra billetera, tenemos la potestad MORAL SUFICIENTE para solicitar el cumplimiento de las normas de respeto y convivencia necesarias para el establecimiento de relaciones armoniosas, basadas en la justicia y en el pleno entendimiento de que no basta con tener la edad cronológica para…. Ya que es preciso también contar con las condiciones emocionales, intelectuales y financieras para…

A riesgo de parecer tirana voy a adentrarme en profundidades y referirme, en segundo término, a nuestros hijos. Si bien ni soy adolescente ni puedo pensar en la actualidad como ellos, alguna vez formé parte de ese grupo que  iba tachando en el calendario, en cuenta regresiva, los días que faltaban para llegar a los 18.

Poder hacer algo, no significa que queramos o sepamos hacerlo. Ese círculo virtuoso de querer, poder y saber no nos llega con una fecha calendario.
Con la llegada de la facultad para obrar de forma determinada para…llegan también las responsabilidades y quizás ese es el contrasentido de crecer. Nuestras decisiones buenas o malas implican que debemos asumir los costos y no siempre esto es tan sencillo.

Mientras tenemos casa, comida, vestido y amor incondicional resuelto, la vida 
se circunscribe a prepararnos intelectualmente, relacionarnos de manera positiva y disfrutar. Pero cuando toda la carga está sobre nuestros hombros la jerarquización de las actividades cambia y eso es algo que no podemos perder de vista.


Otro aspecto fundamental a considerar es que nuestras relaciones con nuestros padres nunca serán igualitarias. Nosotros no somos ellos, ni ellos serán nosotros. Su autoridad trasciende la edad y no tiene por qué ser incondicional. 

Su obligación legal para con nosotros culmina justo el día en que finalmente llega nuestra añorada mayoría de edad, de allí en adelante, sólo la convicción moral, el respeto y el amor recíproco marcará el rumbo de una relación que con el paso del tiempo se transformará de nuestra parte en admiración e inmenso agradecimiento por habernos enseñado desde antes de los 18 cosas a las cuales les sacamos provecho más allá de los 30.

domingo, 27 de mayo de 2012

Los payasos del circo

Cada día con más fuerza  los padres nos vemos enfrentados al inmenso cúmulo de necesidades de nuestros hijos.  Debemos por obligación legal y moral vestirlos, alimentarlos, educarlos, recrearlos, complacerlos, ayudarlos y divertirlos, darles su espacio, dejarlos ser libres… en fin,  pareciera que el precio a pagar por traerlos al mundo es un listado interminable de tareas, todas muy bien delimitadas,  muy al estilo de un castigo, que en nada se parece a ese acto de amor inmenso que nos llevó a decidir dejar de lado el YO para convertirnos en NOSOTROS.

Si bien es cierto que soy fiel creyente de la psicología positiva y perfectamente capaz de entender que nuestros retoños aprenden por imitación o por antítesis, reniego con todas mis fuerzas de las manipulaciones del entorno adolescente que,  bajo el amparo de “mis derechos”,  “clama” o mejor dicho “reclama”  una  libertad desdibujada en la que la reciprocidad de las acciones es inexistente y solo hay una cara de la moneda.
Es injusto, cruel y por demás desvergonzado, que un ser en formación, cuestione implacablemente hasta el más mínimo detalle de la educación que sus padres intentan ofrecerle.

Bien dice Pilar Sordo que “ésta es la única generación que  tuvo miedo a sus padres y ahora tiene miedo de sus  hijos”.  Y sí es cierto, tenemos los adolescentes que criamos y por haber perdido las certezas estamos más interesados en ser “los payasos del circo” que en ser los padres que debemos.  Y  lo peor es que nuestros hijos son perfectamente capaces de reconocerlo y  bajo el amparo de la individualidad adolescente sacan el mayor de los provechos a esa situación.

Debo admitir que cada vez que debo decir que NO a uno de mis hijos  me entra un susto en la boca del estómago,  me cuestiono una y mil veces, calibro y razono mi respuesta, porque es inmensamente difícil negarle algo a los seres que tanto amamos, y ese es nuestro mayor problema.

Es tan grande el amor que sentimos por nuestros hijos,  que  la simple posibilidad de perderlos nos genera miedo y por tanto - sin entrar en los pormenores de la inteligencia emocional-  nuestro sistema límbico nos presenta un conflicto. Sin embargo, decir un NO a tiempo no causará traumas irreversibles en nuestros hijos, quienes aunque obviamente no lo entenderán de inmediato, podrán ver  a futuro los beneficios de nuestra decisión.

Los padres no formamos hijos para que sorteen el presente. Les ofrecemos herramientas para que puedan usarlas en el futuro, cuando ellos tengan las condiciones físicas y psicológicas necesarias para asumir las riendas de sus destinos y tomar sus propias decisiones.

Enseñarles a diferenciar entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto de acuerdo a un sistema de valores compartido es sin duda un predictivo de éxito, no de nuestra labor de padres,  sino de las posibilidades que ellos tendrán a futuro de contar con la autoconciencia, autovaloración y autorregulación necesaria para lograr sus objetivos.

Lamento profundamente que por negarme en ocasiones a ser  “la payasa del circo”,  no sea  todo lo “cool” que mis hijos desean;  Pero ese no es mi rol.  Mi deber NO es proporcionarles felicidad, es enseñarles a reconocerla;  NO seré mejor madre por permitirles que hagan lo que deseen o lo que deseen otros adolescentes.  Esto NO es una competencia y NO espero ni premios ni reconocimientos, solo aspiro que ellos puedan comprender que todo lo que necesitan está en su interior y que desde allí podrán decidir ser felices, amar a plenitud  y alcanzar sus sueños, cuando llegue su momento.  

domingo, 25 de marzo de 2012

El engaño de las princesas

Cuando me hice de una inmensa colección de películas de Disney, para mantener entretenida a mi pequeña retoña, disfrutaba verla junto a sus amigas, en la sala de mi casa, en una suerte de juego de roles donde cada una asumía la postura de un personaje. Eso me permitía soñar con verlas adquirir en el futuro las personalidades de Mulán de China; Tiana de Maldonia, Jasmín de Arabia, Bella de Francia o Ariel de Atlántida. Pero unos 10 años más tarde me pregunto ¿qué demonios pasó con las princesas?

La magia de los cuentos de hadas se desvaneció y estos seres, aun en formación, comienzan a perfilarse ante mis ojos como protagonistas del más puro género novelesco donde se presentan como personas calculadoras, plásticas, frívolas, intrigantes, engañosas e incluso envidiosas, en una competencia constante que irremediablemente me obligó a revisar mis años, no tan lejanos, de adolescencia.

Y en esta visión retrospectiva caí en cuenta de la crudeza y realidad de crecer, siendo del sexo femenino, para competir en un mundo lleno de estereotipos en el que antes de descubrir si eres atractiva para un chico debes pasar por la lupa escrupulosa de una amiga.

Recientemente escuché que las mujeres no se arreglan para agradar a los hombres, sino para agradar a sus amigas. Y aunque en principio me sonó trillado, ahora logro apreciar la crudeza y realidad de la frase. Los hombres no son la competencia, con ellos no establecemos puntos de comparación. Son los miembros de nuestro entorno más íntimo, nuestras amigas, las jueces y verdugos de nuestra actuación. Entonces ¿cómo enfrentar la crítica constante de las personas que deberían darte apoyo y subirte la autoestima? ¿Cómo evitar la competencia y el gusto por los mismos chicos, cuando son precisamente la afinidad y la paridad de criterios lo que une a las amigas?

Buscando respuestas, sentadita en mi canapé, me topé de nuevo con un maravilloso libro que leí cuando era apenas una adolescente llamado “A favor de las niñas”, de la colección de bolsillo de Monte Ávila Editores, escrito por Elena Gianini Belotti, el cual busca analizar de la forma más objetiva posible para una mujer “la influencia de los condicionamientos sociales en la formación del rol femenino en los primeros años de vida”.

Entre las múltiples cosas interesantes que extraje de sus páginas, encontré por ejemplo que, los padres enseñamos a nuestros hijos varones a trabajar en equipo, pero no lo hacemos con nuestras hijas. Entonces ¿cómo pretender que entre ellas exista camaradería y solidaridad?

En el fútbol, la estrategia es retener, dominar y pasar, confiando en que el otro anotará un gol y celebrando cada acción a favor del equipo. Pero ¿cuál es el trabajo en equipo de actividades como tocar el piano, dibujar, pintar o bailar ballet?... umhhhh buena pregunta verdad!!!

Alentamos a nuestras hijas al desempeño individual, a ser mejor qué. Y obvio, a futuro cosechamos nuestra siembra… formamos seres individualistas y altamente competitivos que no tienen ni la más mínima idea de cómo se juega en equipo y sólo conocen los mecanismos para vivir y sobrevivir de forma individual.



Pero, quizás la más dramática de las frases de ese pequeño libro de bolsillo que es digna de compartir y reflexionar es: “para la joven existe un conflicto entre su condición propiamente humana y su vocación de mujer (y viceversa); para el joven es relativamente más fácil encaminarse en la vida, porque en él, la vocación de ser humano y el sexo al cual pertenece no están en conflicto, ya que en la infancia se prefigura este destino afortunado… A partir de la pubertad la joven pierde terreno, la adolescente no encuentra alrededor de ella los estímulos y se le requiere, por tanto, que sea constreñida lo cual implica unir su trabajo profesional al de su feminidad… ser femenina, significa mostrarse impotente, frívola, pasiva y dócil… Estúpidas… no hay lugar en que las niñas no perciban en cada momento la confirmación de que se les prefiere estúpidas, salvo para reprocharles el serlo”.

sábado, 3 de marzo de 2012

Libertad delimitada



Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE)  la LIBERTAD es la  Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos."
Es así como a simple vista es fácil entender que una persona es libre cuando puede o no actuar de forma determinada,  siempre y cuando esté en capacidad de asumir la responsabilidad de sus actos.

Entonces, el concepto de libertad se vuelve una quimera para los padres que desean transmitir a sus hijos este precepto como un valor.

Y aunque queda claro que nuestros hijos tienen una “facultad natural para obrar o no de una manera u otra”, la gran pregunta que todos nos hacemos es, ¿Cómo podemos determinar si nuestros pequeños poseen el grado de conciencia necesario para ser responsables de sus actos?

Quizás este sea el cuestionamiento más perturbador para todos los que buscamos formar a nuestros retoños sobre la base de un sistema de valores familiares y sociales en este mundo tan cambiante  en el que nada se da por sentado.

Aunque existen montones de fuentes bibliográficas para consultar,  la paternidad no tiene manuales, es una combinación de las referencias que tenemos de nuestros padres,  las conversaciones sostenidas con amigos y parientes y un inmenso despliegue de intuición, que junto a los llamados “instintos” terminan por marcar nuestro camino.

Por eso, aunque suene contradictorio, la primera lección de libertad que debemos darle a nuestros hijos es enseñarles que su elección siembre estará delimitada por ellos mismos.

Con mi quinceañera la cosa ha ido más o menos en estos términos. Entre los 4 y 5 años comenzamos a enseñarle independencia y le concedimos  “libertad” de seleccionar su vestimenta y su peinado. Algunas personas cercanas calificaron la acción como una locura, pues es labor de los padres “preocuparse por la apariencia personal de sus hijos”, sin embargo nosotros creímos fundamental dar este paso, para ir explorando el tema de la libertad con nuestra pequeña retoña.

Por ello le explicamos que respetábamos su opinión pero que ella también debía valorar la nuestra y la invitamos a acompañarnos a comprar la ropa para su cumpleaños Nº 5. Su emoción se hizo sentir y con ojos de niña grande comenzamos el periplo de preguntas y respuestas monosílabas seguidas por un dulce “mami”.
-¿Amor, te gusta este pantalón?
-No, mami
 -¿Y este vestido?
-No, mami
-¿Y esta falda?
-No, mami

Tras veinte piezas más, la paciencia comenzó a agotarse y entendimos que algo estábamos haciendo mal, así que tras un coffe breack y un intercambio de opiniones mi esposo y yo coincidimos en que  era el momento  de cambiar de táctica, e implementar una nueva jugada.

-Ok hija,  parece que nada de lo que te mostramos te agrada, entonces hagamos algo, selecciona tú lo que quieres ponerte, nosotros te ayudamos a que cuadre con tu talla y con el precio que tenemos programado y si te queda bien y vale lo justo lo compramos.

Finalmente habíamos dado en el clavo. Pararon los monosílabos y se reavivó el entusiasmo. Básicamente la niña eligió las piezas que nosotros previamente le habíamos enseñado, pero en otros colores. Con entusiasmo comenzó a mostrarnos las faldas o los pantalones y al final, lo que había sido una larga mañana de monosílabos terminó en una concreta compra de 20 minutos en la que todos salimos felices.

Diez años más tarde seguimos en la misma tónica, aún puedo salir de compras con mi ahora quinceañera y ser “espectadora activa” de su decisión… Espero pacientemente a que ella seleccione la pieza y salga a modelarla y tras haber enviado una foto de su indumentaria a su mejor amiga termina por preguntarme:
-¿Qué te parece mami, cómo me queda?
Entonces opto por asumir mi rol y formular mis inquietudes en forma de cuestionamientos que le permitan a mi quinceañera llegar a una conclusión sensata, no impositiva y sobre todo considerada, valorativa y sincera.
-Me parece que te queda bien hija, pero cuéntame algo… ¿Piensas pasar toda la fiesta de pie, es decir, no te vas a sentar y tampoco vas a bailar? ¿Por qué no bailas un poco frente al espejo y miras cómo te sientes con el vestido?
Y entonces ocurre el milagro, mi quinceañera se da una vuelta con su falda cortísima frente al espejo y descubre que su atuendo no es el apropiado para su propósito: verse bien en la fiesta pero también poder bailar, disfrutar y proyectar una imagen. Y entonces desecha la pieza con absoluta y total libertad.

Educar y formar con LIBERTAD a nuestros hijos significa enseñarles algo más que el significado del concepto o de su resonancia como un valor. Parte del principio de no confundir la autoridad con el autoritarismo.

Los padres podemos hacer prevalecer nuestra autoridad cuando somos capaces de controlar la situación sin dominarla. Debemos ser capaces de  explicar nuestra posición y respetar la opinión y posición de nuestros hijos, entendiendo que a fin de cuentas ellos tienen la “facultad natural de obrar o no de una manera u otra”.

Nos corresponde delimitar las actuaciones, explicarle a los hijos los riesgos y las posibles consecuencias de sus acciones, pero también es nuestro trabajo darles la opción de elegir, porque así nos aseguramos que ellos están aprendiendo a optar por la alternativa correcta y poco a poco podemos desarrollar la confianza necesaria para creer en el buen juicio de nuestros hijos y en su capacidad de ser “responsables de sus actos."

Para una formación basada en el principio o valor de la libertad los padres debemos internalizar que nuestros pequeños necesitan que les apoyemos en el proceso de exploración y satisfacción de sus deseos. Si les animamos a tomar la decisión correcta nuestros hijos aprenderán paulatinamente a asumir la responsabilidad y a mantener abiertos los canales de comunicación tan necesarios para que podamos vigilar sus acciones como espectadores con participación, pero sin imponer nuestra opinión o intentar ser dictadores de su mundo.