Si bien nuestras fallas comunicacionales nos limitan, la ausencia de confianza como valor nos condena a la infelicidad.
Desde pequeños somos formados para desconfiar, para no creer hasta ver, para esperar antes de dar, pero resulta que esta programación nos convierte en seres controladores y cuestionadores, incapaces de generar vínculos reales con nuestro entorno.
Confiar no significa ser tonto o entregar el mando. Todo lo contrario, implica disfrutar de absoluta inteligencia emocional y autocontrol.
La confianza es tan importante, que distintas estrategias organizacionales hacen uso de ella para determinar las condiciones de los líderes y, sin embargo, en nuestros hogares seguimos formando a seres humanos incapaces de hacer promesas, con poca vulnerabilidad y temerosos de todos y todo. Y claro está, luego nos quejamos de los males del mundo.
El modelo de Great Place to Work, ese tan utilizado organizacionalmente para determinar si una empresa es o no un "excelente lugar para trabajar" se sustenta en la confianza como pilar fundamental, pues a través de su metodología han medido, analizado y comprobado, que en aquellos lugares en los que a diario se construyen relaciones de "credibilidad con los jefes, respeto para con los empleados, y justicia, se logra un grado de orgullo respecto a la organización y los niveles jerárquicos, mediante conexiones auténticas de camaradería". Y esto, les cuento, no es posible alcanzarlo a través de un checklist de políticas y procedimientos.
Patrick Lencioni, escritor norteamericano de libros de administración de empresas y autor de "Las cinco disfunciones de un equipo" sustenta las hipótesis de su principal best sellers en la siguiente premisa: "la confianza es la seguridad que tienen los miembros del equipo sobre las intenciones de sus compañeros, entendiendo que las mismas son buenas y sobre todo, que no hay razón para ser ni protector ni cauteloso en el seno del grupo. Esencialmente, los compañeros del equipo tienen que sentirse cómodos siendo vulnerables unos con otros".
Mientras que Simon Dolan, creador del modelo de "Coaching por Valores", define la confianza como el Valor de los Valores, y para explicarlo hace una referencia muy simple: "sin confianza no se puede crear nada, es como construir una casa sin bases".
Teniendo como antecedentes estas distintas miradas desde el mundo organizacional es perfectamente entendible el peso que tiene la vulnerabilidad en la ecuación. Ser vulnerable es tomar consciencia de nuestras limitaciones, aunque no por esto debemos dejar de tener coraje. Ser vulnerable es saber pedir ayuda y no pretender que existe sólo una forma, la nuestra, de hacer las cosas. Ser vulnerable es saber agradecer.
Entonces la confianza vista como valor maestro, se constituye en un factor fundamental para lograr relaciones interpersonales sanas, pero se construye de a poco, no se puede declarar, así que hay que ganársela.
Como consultora y también como coach veo con frecuencia la infelicidad que se deriva de la ausencia de confianza. En las organizaciones son recurrentes quejas como: "Es que X o Y colaborador sale corriendo cuando el reloj marca la hora de salida", o "a tal persona le falta iniciativa y la verdad yo no lo entiendo, porque yo le he dicho mil veces que debe tener iniciativa y hacer las cosas como yo le digo".
Son precisamente esas contradicciones, las que el líder debe revisar. Alguien que controla hasta la forma en que se hace el café en su oficina no puede esperar una dinámica productiva de trabajo con su equipo y mucho menos que exista confianza. Como tampoco puede esperarla una madre o un padre que dirige absolutamente todas las actividades de sus hijos, en su afán de optimizar tiempo y recursos.
Para tener hijos empoderados, que a futuro sean líderes que ofrezcan confianza, los padres debemos permitirles resolver las pequeñas situaciones de la vida. Si les programamos la agenda, les estipulamos las actividades y coordinamos hasta con sus amigos las salidas no podremos jamás enseñarles la confianza como valor. ¿Qué tanto practicas la confianza? Dale respuesta a esta interrogante y quizás la respuesta te sorprenda.
Mostrando entradas con la etiqueta #venezolanosenelextranjero #vidaconsciente #emigar #nuevavida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #venezolanosenelextranjero #vidaconsciente #emigar #nuevavida. Mostrar todas las entradas
lunes, 12 de septiembre de 2016
sábado, 14 de mayo de 2016
El conflicto de los amerindios-caucásicos-hispanos o blancos parchas y chocolaticos
Nuestra raza es la humana, lo siento, pero si alguno de los que me lee siente que pertenece a otra raza yo no, y a sabiendas de que mi percepción está totalmente equivocada a la luz de la antropología voy a justificarme en la siguiente enseñanza de mis padres: “Todos somos seres humanos aunque seamos chinitos, negritos, blanquitos, árabes o indios”.
Entonces, llegar a comprender la categorización de las personas por su fenotipo es para mí algo profundamente complejo y las subdivisiones que se derivan de esta jerarquización lo son aún más.
Para hacerlo sencillito les explico: yo nací en el país más al norte de América del Sur, soy hispano parlante con alma absolutamente caribeña (de esas que bailan merengue y salsa) y cuerpo de europea, con dedo griego, ojos verdes y cabello de color castaño claro cenizo y rebelde, algo que en mi casa llamaban en la lengua materna “cabelo de burro a fugir”.
De donde provengo el color de piel se relaciona con la comida, por tanto tenemos chocolaticos, café con leche, blancos parcha, almendrados y hasta poma laca.
Por tanto, cómo entender eso de división de razas en: Amerindio, identificación para cualquier persona de América del Norte o Sudamérica; Asiático, para los pueblos originales del Extremo Oriente (China, Corea, Japón), el Sudeste Asiático (Vietnam, Camboya, Filipinas...), o el subcontinente indio (India, Pakistán, Bangladés, Sri Lanka); Negro, para quienes pertenecen a grupos provenientes de África, incluyendo a los afroamericanos o los inmigrantes procedentes de ciertas zonas del Caribe con mayoría negra; Polinesios, maoríes o isleños del Pacífico para los originarios de Hawái, Guam, Samoa o cualquier otra isla del océano Pacífico y Blancos, para quienes provienen de cualquiera de los pueblos originales de Europa, Oriente Medio, o el norte de África.
Si digo que soy blanca es mentira… el fenotipo me apoya pero la lengua y la cultura no. Si digo que soy amerindia es otra verdad a medias, la cultura y la lengua me apoyan, pero el fenotipo definitivamente no y si digo que soy Negra por aquello de mi alma caribeña y que en la familia hay dos o tres tíos chocolaticos, me miran como loca. Entonces, ¿Qué Soy?
Esto siempre me inquietó, incluso desde pequeña, porque de donde yo vengo, al menos hasta hace unos años, el tema racial era irrelevante, existían pobres, clase media (media baja- media media y media rica) y ricos, eso sí, pero daba igual si el pobre era blanco parcha o el rico era chocolatico.
Sin embargo, ahora la situación es diferente, en mi país existe un racismo marcado de todos contra todos y una extraña xenofobia contra aquellos que tenemos raíces foráneas. Algo que dicho sea de paso es una locura porque yo no conozco ningún venezolano puro.
Cuando de manera reciente encontré a mi hija conversando sobre lo identificada que se sentía con los videos de la comediante Joanna Hausmann, nacida en Inglaterra, pero criada en Venezuela, quien se desempeña como escritora, productora y talento de la plataforma digital bilingüe de Univisión Flama, me sentí también identificada. Es muy difícil entender eso del la división de razas cuando tu genuinamente no te sientes parte de ninguna.
Y al ver a esta joven narrar con humor sus anécdotas comprendí, que la hija de una cubana venezolana y de un economista venezolano judío. Blanca parcha, pelirroja, de ojos verdes y come arepas, era muy similar a la de tantos otros nacidos en la tierra de Bolívar, que hemos salido de nuestra patria para tratar de hacer vida en otros lugares del mundo donde la raza sí importa, pero nosotros no lo entendemos.
Entonces, llegar a comprender la categorización de las personas por su fenotipo es para mí algo profundamente complejo y las subdivisiones que se derivan de esta jerarquización lo son aún más.
Para hacerlo sencillito les explico: yo nací en el país más al norte de América del Sur, soy hispano parlante con alma absolutamente caribeña (de esas que bailan merengue y salsa) y cuerpo de europea, con dedo griego, ojos verdes y cabello de color castaño claro cenizo y rebelde, algo que en mi casa llamaban en la lengua materna “cabelo de burro a fugir”.
De donde provengo el color de piel se relaciona con la comida, por tanto tenemos chocolaticos, café con leche, blancos parcha, almendrados y hasta poma laca.
Por tanto, cómo entender eso de división de razas en: Amerindio, identificación para cualquier persona de América del Norte o Sudamérica; Asiático, para los pueblos originales del Extremo Oriente (China, Corea, Japón), el Sudeste Asiático (Vietnam, Camboya, Filipinas...), o el subcontinente indio (India, Pakistán, Bangladés, Sri Lanka); Negro, para quienes pertenecen a grupos provenientes de África, incluyendo a los afroamericanos o los inmigrantes procedentes de ciertas zonas del Caribe con mayoría negra; Polinesios, maoríes o isleños del Pacífico para los originarios de Hawái, Guam, Samoa o cualquier otra isla del océano Pacífico y Blancos, para quienes provienen de cualquiera de los pueblos originales de Europa, Oriente Medio, o el norte de África.
Si digo que soy blanca es mentira… el fenotipo me apoya pero la lengua y la cultura no. Si digo que soy amerindia es otra verdad a medias, la cultura y la lengua me apoyan, pero el fenotipo definitivamente no y si digo que soy Negra por aquello de mi alma caribeña y que en la familia hay dos o tres tíos chocolaticos, me miran como loca. Entonces, ¿Qué Soy?
Esto siempre me inquietó, incluso desde pequeña, porque de donde yo vengo, al menos hasta hace unos años, el tema racial era irrelevante, existían pobres, clase media (media baja- media media y media rica) y ricos, eso sí, pero daba igual si el pobre era blanco parcha o el rico era chocolatico.
Sin embargo, ahora la situación es diferente, en mi país existe un racismo marcado de todos contra todos y una extraña xenofobia contra aquellos que tenemos raíces foráneas. Algo que dicho sea de paso es una locura porque yo no conozco ningún venezolano puro.
Cuando de manera reciente encontré a mi hija conversando sobre lo identificada que se sentía con los videos de la comediante Joanna Hausmann, nacida en Inglaterra, pero criada en Venezuela, quien se desempeña como escritora, productora y talento de la plataforma digital bilingüe de Univisión Flama, me sentí también identificada. Es muy difícil entender eso del la división de razas cuando tu genuinamente no te sientes parte de ninguna.
Y al ver a esta joven narrar con humor sus anécdotas comprendí, que la hija de una cubana venezolana y de un economista venezolano judío. Blanca parcha, pelirroja, de ojos verdes y come arepas, era muy similar a la de tantos otros nacidos en la tierra de Bolívar, que hemos salido de nuestra patria para tratar de hacer vida en otros lugares del mundo donde la raza sí importa, pero nosotros no lo entendemos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

