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martes, 25 de octubre de 2016

Cuando ya no se tienen 15

Cuando ya no se tienen 15, ni 25, ni 35 años de edad y para completar se vive en Latinoamérica siendo mujer, se inicia una cruzada contra el estigma de la edad que termina por convertirse en una guerra psicológica sin cuartel.

Resulta que vivimos en la llamada era del Neuroliderazgo, hablamos con propiedad de la llegada de los Milennials a los puestos gerenciales (cuya primera oleada, he de recordar tiene hoy 35 años) e investigamos sobre los Z  (que vienen pisándoles los talones), pero aún en las ofertas de empleo encontramos requerimientos como : "Mujer de entre 25 y 35 años de edad, con título universitario, maestría, post grado y experiencia comprobada de no menos de 5 años"... y yo me pregunto; ¿Es en serio?

¿Y qué pasó?, por qué en pleno siglo XXI cuando la esperanza de vida de un ser humano -latino- es de por lo menos 75 años, la adolescencia dura hasta los 21 y nadie que no sea Sheldon Cooper de Big Bang Theory se gradúa de pregrado antes de los 23 años (siendo aplicado y no reprobando nada) y, además, se necesitan al menos dos años para cursar estudios especializados, se reduce la vida útil laboral de una persona a sólo 10 años.  ¿De verdad una mujer de 38, 40 o más es una vieja obsoleta? Discúlpalos Jennifer Lynn López (J Lo) que no saben lo que dicen.

Mantener hoy este tipo de pensamiento, propio de la época de las cavernas, no tiene asidero alguno. Las horribles mujeres de 35 y más, tuvieron PC en la universidad, entraron a la era tecnológica de adolescentes y se desarrollaron como profesionales usando y probando todas, absolutamente todas las tecnologías de la información.

Debo recordarles a los más aferrados a este paradigma que Steve Jobs nació en 1955 y murió en 2011, a los 56 años de edad,  y nadie en su sano juicio lo calificaba como viejo. Peor aún, las mujeres de 36, 40 y 45 años de edad nacieron cuando este "joven" ya estaba tratando de adueñarse de Silicon Valey.

Si tienes más de 35 años tu experiencia está sobre valorada,  y en muchos casos también la feminidad.  Y la verdad esto da pena, pues las habilidades blandas, esas que tanto se necesitan para liderar, normalmente no vienen de paquete y se adquieren a lo largo de la vida, aprendiendo por ensayo y error y por supuesto, uno que otro buen entrenamiento.

Yo no voy a decir que la edad no importa, obviamente es un indicador, sin embargo he de aclarar que ya no estamos en los años 40' o 50' cuando a los 55 años de edad las mujeres se vestían con ropa por debajo de las rodillas y esperaban tejiendo o bordando a que llegaran los nietos o la muerte. Y perdonen la crudeza, pero es que sentadita en mi Canapé me ha tocado escuchar más de una historia que hace justo y necesario hablar con franqueza.

Hoy en día las mujeres  profesionales -si deciden dar a luz- lo hacen entre los 33 y 40 años- lean las estadísticas, cuando sienten que están preparadas psico-emocionalmente para el reto.

El cerebro no envejece con los años, de hecho es el único órgano que no envejece con la edad. La neurociencia ha demostrado que el cerebro se torna lento y pierde facultades por la falta de uso, por la ausencia de retos y sobre todo por los efectos de la mente, y por eso creo necesario aclarar que el cerebro (que es materia, es decir física + química o mejor dicho neuronas + conexiones) tiene un paradigma unidireccional con la mente (que es pensamiento + emociones) por tanto, un daño cerebral afecta la mente y un daño en la mente afecta al cerebro.

Y hago referencia a esto porque si bien es cierto que existe una edad fisiológica, la edad mental es sin dudas la más importante y eso de evaluar las actitudes y aptitudes de una mujer por un indicador cronológico es sin dudas otras de las revisiones profundas que debe realizar la sociedad, que avanza a pasos agigantados en materia tecnológica, pero que se resiste a revisar y cambiar sus paradigmas sociales.

lunes, 9 de mayo de 2016

Por qué el compromiso es tan importante


La palabra compromiso pareciera estar de moda, y al tratar de analizarla no puedo dejar de establecer paralelismos entre su aplicación en el ámbito organizacional y en el familiar, quizás porque creo fielmente que no existe manera de separar lo que somos como profesionales de lo que somos como personas.

Compromiso, etimológicamente hablando, proviene de la palabra latina "compromissum", de "com" (mutuo) y "promissum" (promesa).  Por tanto todo compromiso es una promesa mutua que debe surgir de forma voluntaria.

Entonces,  ¿por qué el compromiso se ha convertido en un bien tan preciado para las organizaciones?
A nivel empresarial diferentes estudios como los realizados por la revista Fortune, que comparan a las 100 mejores empresas en donde trabajar con las 500 más grandes de Standard & Poor's “ponen de manifiesto que las empresas con trabajadores muy comprometidos tienen una media del 29% de mayor beneficio, un 50% más de clientes leales y un 44% más de posibilidades de dar la vuelta a unos resultados negativos que las empresas con trabajadores menos involucrados / satisfechos”. (Fuente: elpaís.com)

Estas cifras, por demás alentadoras, nos llevan a entender porque el compromiso se ha convertido en el “Santo Grial moderno” de las organizaciones. Ahora bien ¿cómo lo conseguimos? Y ¿por qué encuentro un paralelismo entre el compromiso en las organizaciones y la familia?

Cuando nos comprometemos demostramos nuestra capacidad personal de asumir como propios los objetivos del grupo al cual pertenecemos, poniendo todo de nuestra parte, pero esto no ocurre por serendipia, o por la existencia de un gen único en nuestra cadena cromosómica.

La capacidad de comprometernos se desarrolla gracias a las conexiones emocionales que se establecen entre dos o más personas de forma tal que el plural “nosotros” sea más importante que el singular “yo”.  ¿Y acaso eso no es el deber ser en una familia?

El compromiso no viene de nuestro intelecto y sólo se logra cuando se establecen canales de doble vía. Daniel Goleman en su libro “inteligencia emocional en la empresa” resalta que: “la esencia del compromiso es unificar los propios objetivos con los de la organización. El compromiso es emocional: sentimos un fuerte apego a las metas de nuestro grupo cuando resuenan fuertemente al compás de las nuestras. Quienes valoran el objetivo de una organización y lo adoptan, no solo están dispuestas a hacer por ella un esfuerzo supremo, sino efectuar sacrificios personales cuando sea necesario”.

Sin embargo, esta es la vía del colaborador, pero la misma no fluirá si la empresa no da apertura a su propio canal de compromiso. Para que exista compromiso por parte de los colaboradores las empresas deben generar el escenario propicio para… es decir, los líderes entendidos como figuras directivas, mandos medios y supervisores deben demostrar su genuino interés por apoyar a sus colaboradores para que logren su desarrollo profesional y personal.

Las empresas consideradas como grandes lugares para trabajar logran el compromiso de sus colaboradores a través de la confianza y del auténtico interés por generar el bienestar de las personas. La gestión del compromiso conjuga lo transaccional y lo estratégico. Y aunque esto puede sonar contradictorio no lo es, ya que es igualmente importante asegurar que se compartan las ganancias del negocio como propiciar la  comunicación, la escucha y el entendimiento en un clima de libertad e innovación.

Las personas se comprometen y ponen de su parte cuando confían en que van a recibir, es decir, creen en la promesa mutua.  Por eso, si queremos que nuestros equipos se comprometan, primero tenemos que dar, para conseguir que confíen en nosotros.  ¿Y este comportamiento descrito como organizacional acaso no es similar a la forma en la que deben operar las familias?
Para pasar del cumplimiento al compromiso, las personas han de tomar la decisión de hacerlo, y los líderes han de manejar habilidades para influir en ello. Se trata de tomar conciencia, no de obediencia. La imposición no genera compromiso, la imposición genera resentimiento. La imposición lleva a las personas a rebelarse, someterse o evadirse, eso tan conocido de “te adaptas, emigras o mueres”.

Quizás mis roles de empleada, jefa, empleadora, consultora, coach y mamá de milennials me han llevado a tratar de correlacionar de forma constante el mundo empresarial y familiar, pero genuinamente creo que los conceptos clave para el logro del bienestar pueden ser perfectamente compartidos.

Las familias como las organizaciones están evolucionando. Los milennials hijos o empleados nos están enseñando y reclamando tiempo para vivir. Por tanto no podemos limitar nuestra línea de pensamiento a una afirmación tan simplista como que “son flojos, no quieren comprometerse o están desenfocados”. Lamento como siempre, contradecir a la mayoría,  pero cuando analizamos la calificación que los empleados le dan a las empresas como excelentes lugares de trabajar y cuando analizamos las conversaciones de los jóvenes sobre los entornos familiares que valoran encuentro similitudes:  ambos son espacios en los que se sienten apreciados,  existe confianza y comunicación, se da la valoración por los logros alcanzados, se promueve la búsqueda de mejoras para enmendar faltas en vez de culpables y  existe entendimiento de que más allá de la vida laboral o estudiantil hay otra vida en la cual el deporte, los amigos, la diversión y las querencias son importantes.  Entonces ¿qué haremos líderes y/o papás, cambiamos o nos anclamos en el pasado?  

lunes, 13 de abril de 2015

La gente nos vuelve locos o nosotros nos volvemos locos

Cuando hablamos de Inteligencia Emocional (IE) nos referimos a un concepto utilizado en los predios empresariales para hablar de autoconocimiento, autocontrol y/o regulación, autoconciencia, empatía y habilidades sociales, es decir, habilidades blandas a su máxima expresión y manejo de nuestras emociones.

Estudiosos sobre la materia existen por montones y cada uno ofrece miradas asertivas para ayudarnos a comprender por qué casi a diario nos topamos con cientos de miles de situaciones que requieren una y otra vez que repasemos en nuestro interior estos conceptos.

¿Cómo hacer frente a un familiar que sólo critica lo que dices o haces? ¿Cómo vincularte con un amigo que cuestiona de forma constante todo aquello que no se hace como a él le parece? ¿De qué forma lidiar con un jefe que sabe lo que quiere en su mente, pero que no te hace el requerimiento de forma clara desde el principio o que por el contrario, descubre cuando la tarea está hecha que podría verse mejor o hacerse mejor si se modificara? ¿Qué hacer si un ser querido te habla sobre algo desde tu punto de vista descabellado y espera aceptación de tu parte requiriéndote solidaridad, apoyo y reforzamiento?  Pues bien, el campo de acción de la IE es la vida real y nuestras relaciones son la base de su preparación.

Las personas que nos “vuelven locos” sólo lo hacen porque desde nuestra perspectiva ellas tienen un comportamiento irracional, entonces de acuerdo a nuestro juicio ellas  funcionan en una dirección que consideramos opuesta a la razón.

La gran pregunta es ¿Qué nos lleva a pensar que nuestra mirada es la que está del lado de la razón? Ó ¿Que nos obliga a darles a estas personas espacio para responder emocionalmente y quedar envueltos en sus problemas?

Si creemos que una mirada es irracional y fuera de foco, simplemente debemos abandonar  la trampa. Somos nosotros los que elegimos ir a la batalla con el deseo de derrotarlos en su propio juego.  Y  la verdad, estemos claros, esto sólo nos trae desgaste. Cuando escuchamos para entender y no para contestar tomamos distancia emocional y abordamos las interacciones complejas como un proyecto científico en el que no es necesario sumergirse al caos emocional porque tenemos mecanismos para simplemente manejar los hechos y de esta forma darle más importancia a la relación que a la razón.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Vivir un día a la vez

Mirarse al espejo no es tarea fácil,  quizás porque corremos el riesgo de descubrir que es imposible proyectar hacia afuera lo que no tenemos en el interior. De allí que sea más sencillo enfocarnos en las fallas de los otros, en sus carencias o debilidades, que asumir con valentía la tarea de una verdadera y sincera auto-evaluación.

Los seres humanos -yo incluida- somos complejos, tenemos historias, experiencias, valores diferenciados. Percibimos e interpretamos el mundo desde lo que distinguimos y por ello conciliar nuestros puntos de vista con los de otras personas es una práctica que requiere voluntad y dedicación.  

Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuál es el comienzo? Nadie puede ayudar a otro si no se ayuda a sí mismo. Nadie puede dirigir a otro si no tiene las riendas de su propia vida. Un líder es un ejemplo a seguir, y aunque queda claro que los líderes permanecemos en el terreno de lo humano, es decir, siempre tendremos defectos y virtudes, conocernos y afianzarnos en nuestras fortalezas para trabajar nuestras debilidades es sin duda el camino más expedito para predicar con el ejemplo y poder mirarnos al espejo sin temor a descubrir que, la imagen que vemos es distinta a la que perciben los demás.

Dejar atrás las convicciones y los juicios y comenzar a explorar las bondades de describir lo observado (sin parámetros pre-establecidos), es todo un reto. Otro mayor es transformar las certezas en preguntas y mientras nos las hacemos encontrar respuestas, pensando siempre que algunas nos generarán satisfacción y otras seguro nos confrontarán.

Ahora bien las preguntas no son para cuestionar a los otros, es muy fácil hacerlo desde el otro lado de la calle, hay que comenzar por nosotros mismos; porque pretender que otro cambie y adquiera nuestra visión es simplemente la mayor de las utopías. 

¿Qué estoy haciendo hoy para propiciar eso que deseo? ¿Cuánto tiempo más esperaré a que otro entienda? ¿Con qué cuento yo? ¿Qué me he ganado yo? ¿Qué está en mis manos y qué no? ¿Qué estoy dispuesto a hacer, sacrificar o arriesgar?. Estas son las preguntas que vale la pena realizarse.



Hay un momento en la vida en el que descubrimos que hay que adentrarse en la filosofía de experimentar un día a la vez, desaprendiendo, aprendiendo y celebrando el haber terminado la jornada, a veces con uno o dos aciertos, otras tantas con una considerable carga de errores. Sin embargo, en ambos casos los saldos son positivos, porque quienes tienen la capacidad de descubrir las oportunidades que surgen de cada falla no sólo pueden  liderar su vida, sino que están listos para generar cambios significativos que sean replicables.


domingo, 27 de mayo de 2012

Los payasos del circo

Cada día con más fuerza  los padres nos vemos enfrentados al inmenso cúmulo de necesidades de nuestros hijos.  Debemos por obligación legal y moral vestirlos, alimentarlos, educarlos, recrearlos, complacerlos, ayudarlos y divertirlos, darles su espacio, dejarlos ser libres… en fin,  pareciera que el precio a pagar por traerlos al mundo es un listado interminable de tareas, todas muy bien delimitadas,  muy al estilo de un castigo, que en nada se parece a ese acto de amor inmenso que nos llevó a decidir dejar de lado el YO para convertirnos en NOSOTROS.

Si bien es cierto que soy fiel creyente de la psicología positiva y perfectamente capaz de entender que nuestros retoños aprenden por imitación o por antítesis, reniego con todas mis fuerzas de las manipulaciones del entorno adolescente que,  bajo el amparo de “mis derechos”,  “clama” o mejor dicho “reclama”  una  libertad desdibujada en la que la reciprocidad de las acciones es inexistente y solo hay una cara de la moneda.
Es injusto, cruel y por demás desvergonzado, que un ser en formación, cuestione implacablemente hasta el más mínimo detalle de la educación que sus padres intentan ofrecerle.

Bien dice Pilar Sordo que “ésta es la única generación que  tuvo miedo a sus padres y ahora tiene miedo de sus  hijos”.  Y sí es cierto, tenemos los adolescentes que criamos y por haber perdido las certezas estamos más interesados en ser “los payasos del circo” que en ser los padres que debemos.  Y  lo peor es que nuestros hijos son perfectamente capaces de reconocerlo y  bajo el amparo de la individualidad adolescente sacan el mayor de los provechos a esa situación.

Debo admitir que cada vez que debo decir que NO a uno de mis hijos  me entra un susto en la boca del estómago,  me cuestiono una y mil veces, calibro y razono mi respuesta, porque es inmensamente difícil negarle algo a los seres que tanto amamos, y ese es nuestro mayor problema.

Es tan grande el amor que sentimos por nuestros hijos,  que  la simple posibilidad de perderlos nos genera miedo y por tanto - sin entrar en los pormenores de la inteligencia emocional-  nuestro sistema límbico nos presenta un conflicto. Sin embargo, decir un NO a tiempo no causará traumas irreversibles en nuestros hijos, quienes aunque obviamente no lo entenderán de inmediato, podrán ver  a futuro los beneficios de nuestra decisión.

Los padres no formamos hijos para que sorteen el presente. Les ofrecemos herramientas para que puedan usarlas en el futuro, cuando ellos tengan las condiciones físicas y psicológicas necesarias para asumir las riendas de sus destinos y tomar sus propias decisiones.

Enseñarles a diferenciar entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto de acuerdo a un sistema de valores compartido es sin duda un predictivo de éxito, no de nuestra labor de padres,  sino de las posibilidades que ellos tendrán a futuro de contar con la autoconciencia, autovaloración y autorregulación necesaria para lograr sus objetivos.

Lamento profundamente que por negarme en ocasiones a ser  “la payasa del circo”,  no sea  todo lo “cool” que mis hijos desean;  Pero ese no es mi rol.  Mi deber NO es proporcionarles felicidad, es enseñarles a reconocerla;  NO seré mejor madre por permitirles que hagan lo que deseen o lo que deseen otros adolescentes.  Esto NO es una competencia y NO espero ni premios ni reconocimientos, solo aspiro que ellos puedan comprender que todo lo que necesitan está en su interior y que desde allí podrán decidir ser felices, amar a plenitud  y alcanzar sus sueños, cuando llegue su momento.  

domingo, 4 de marzo de 2012

Una nueva forma de ver el mundo







Si las teorías de Daniel Goleman sobre la inteligencia emocional, acuñadas en 1995  no son erráticas y en este entorno cambiante y dinamizado es más importante “lo que hacemos con lo que sabemos, que lo que en verdad sabemos”, quizás estemos en el preludio de una nueva era que las profecías Mayas no lograron correlacionar, pero que inevitablemente nos llevan al nacimiento de una etapa menos vinculada a la rigurosidad del método científico y más conectada con la capacidad de relacionarnos sin barreras, prejuicios o paradigmas.

No sólo se trata de entender cómo Bill Gates logró construir su emporio cuando apenas cursaba los primeros semestres de estudios en la Universidad de Harvard y descubrió el lenguaje Basic que posteriormente, en 1975, se constituyó en Microsoft. O cómo Sergey Brin y Larry Page, estudiantes de Stanford  lograron en 1995 crear un enrutador que rastreara el número de enlaces hacia las páginas web hasta finalmente dar vida a Googles. O por qué casualidad del destino ese mismo año,  Randy Conrads creó en la web la primera Social Network al colgar el site  classmates.com, para que la gente pudiera estar en contacto con antiguos compañeros de colegio, lo que desencadenó una avalancha de opciones que se materializaron en 2003 con la aparición de sitios online con nombres como Friendster, MySpace, Soflow o finalmente Facebook y el éxito prematuro de Mark Zuckerberg.

Comprender este entorno, parte del ejercicio de asimilar, por muy abrumador que parezca, que lo que conocemos como mundo y como sociedad está cambiando  y que en apenas una década  se puede constituir una nueva línea de pensamiento y acción, por lo que nosotros como padres a pasos agigantados debemos adaptarnos.

El primer paso entonces es aceptar que tal y como lo plantea Goleman en su  libro “Inteligencia Emocional” (1995),  existe una aptitud, que no puede ser medida a través de un test para ponderar el Coeficiente Intelectual de una persona (CI ó IQ, según el país en que se traduzca) y que radica en “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, motivarnos y manejar bien las emociones en nosotros mismos y en nuestras relaciones”. Y que esto incluye una serie de facultades que son:

  • Capacidad de percibir, valorar, y expresar emociones con precisión a partir del conocimiento de uno mismo, es decir, saber qué se siente en cada momento.
  • Capacidad de experimentar (o de generar a voluntad) determinados sentimientos en la medida que faciliten el entendimiento de uno mismo o de otra persona. Mejor conocida como Autorregulación.
  • Motivación, que no es otra cosa que utilizar nuestras preferencias más profundas para orientarnos y avanzar hacia los objetivos.
  • Empatía o capacidad de percibir lo que sienten los demás.
  • Y finalmente, las habilidades sociales o la capacidad para manejar bien las emociones en una relación e interpretar adecuadamente las situaciones.

Dicho esto, inevitablemente debemos preguntarnos ¿qué estamos haciendo nosotros por desarrollar la inteligencia emocional en nuestros hijos? Y sobre la base de nuestra respuesta dar una mirada valorativa al sistema de enseñanza oficial de nuestros pequeños.
Aunque por principios y convicción e intentado en mi hogar vincular distintas experiencias gerenciales exitosas con la enseñanza de mis hijos, debo admitir que de forma tardía puse mi mirada en su colegio o escuela, para valorar firmemente qué tanto compartíamos estos principios.

Tras ser formada bajo el paradigma de la “Excelencia Académica” las decisiones escolares sobre mis hijos siempre estuvieron regidas por la selección de una institución llena de buenos profesores, renombre y mucha exigencia académica, pues en mi “paradigma”  una buena calificación era sinónimo de éxito. Pero sin duda alguna esto contrastaba con mi realidad profesional y con la experiencia gerencial que había desarrollado.

Fue así  como un buen día comencé a cuestionar  la formación escolar de mis hijos y vi como mi quinceañera, mi primer experimento materno, y por su puesto su hermano, apenas un año menor,  habían cursado su escuela primaria y los dos primeros años de la escuela media en un colegio con el cual no compartía nada o casi nada.

Para mal o para bien descubrí que los sistemas escolares, sobre todo los latinoamericanos, se basan en algo que tengo a bien llamar “educación psicorígida” y que consiste en prestar muchísima atención al uso del uniforme, la colocación de la camisa por dentro, el cinturón negro o marrón, la imposición de normas no discutidas y la estandarización del alumnado. Es decir, todos iguales,  con igual comportamiento, aprendiendo lo mismo, recibiendo información para pensar lo mismo, es decir siendo arreados cuales borregos.

Y en ese instante me pregunté: ¿qué pasa con los talentos?, con la diversidad y la pluralidad no solo de pensamiento sino de personalidad. ¿Dónde queda la comunicación, la negociación y el aprendizaje de las destrezas que a futuro se traducirán en Inteligencia Emocional?

Unos cuantos meses de tortura me llevaron a tomar una difícil decisión. Era hora de cambiar a mis hijos de escuela y tras mucho llanto, negativas, incertidumbre y manipulación de mis pequeños y su entorno (Tus hijos no te hacen sentir culpable, pero tus padres, hermanos y esposo sí) opté por un colegio con un nombre poco rimbombante y pasé de ser representante de dos alumnos de una tradicional  “Unidad Educativa” para convertirme en la madre de dos estudiantes de una “Unidad de Apoyo Integral”. Y aunque como en todo proceso de cambio hemos tenido que realizar grandes aprendizajes, comienzo a sentir que la decisión no solo fue ajustada sino que ya está rindiendo sus frutos y me siento liberada al ver que conductualmente se está dando un viraje positivo en mis hijos que, pese a mantener sus excelentes calificaciones, han empezado a descubrir la importancia de generar buenos equipos de estudio, respetar a las personas no solo de diferentes religiones sino con diferentes corrientes de pensamiento y sobre todo a entender que así como a futuro necesitarán desarrollar su máximo potencial académico también deben aprender a manejar sus emociones para convertirlas en factores de impulso para su éxito personal.

Abrir la mente a este tipo de experiencias puede ser una tarea complicada para los padres, ya que a medida que los “chamos” van aprendiendo más y mejores formas de relacionarse se produce una combinación perfecta entre las fuentes cognitivas e intuitivas y comienzan a ser más persuasivos, lo que implica para nosotros un reto.

Formar a hombres y mujeres para el futuro en una era en que la información está a un click de distancia no es tarea fácil y si a eso le añadimos el acceso a técnicas y herramientas de desarrollo personal nos sumergimos en aguas profundas en las que podemos descubrir, tal y como escribió una amiga recientemente en mi facebook,  que la “repetición de las fórmulas que en nosotros aplicaron nuestros padres quedaron en la obsolescencia”.

O acaso ¿ustedes han podido quitarle los zapatos a alguno de sus hijos y lograr que permanezca sentado en un sofá durante una visita? O pelarle los ojos a su pequeño “terremoto” y que éste comprenda que está cometiendo una imprudencia sin que diga a plena voz: “mami, por Dios ¿qué te pasa?, deja de abrir esos ojotes pareces el lobo de la caperucita”.

Esos tiempos ya pasaron y si queremos no morir en el intento de sobrevivir a la era de acuario, los niños índigo, la estimulación precoz y el hi tech, no nos queda más remedio que comenzar a cambiar nuestros paradigmas. Obviamente, no hay manuales o fórmulas matemáticas que resuelvan la situación, yo espero la llegada salvadora de un paradigma insurgente, pero mientras eso ocurre, busco la oportunidad de generar un momento en el que pueda sentarme cómodamente sobre mi canapé, con un espumante café, a escuchar y compartir experiencias.