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viernes, 13 de mayo de 2016

Los retos de aprender a meditar

Hace varios años un buen amigo y coach me dijo que debería comenzar a meditar, en ese momento sus palabras me sonaron a locura, pues en materia de tendencias populares suelo ir contracorriente.

Formo parte de ese grupo de seres humanos entrenados para pensar y además soy acreedora de un fuerte predominio visual. Seamos honestos, soy mamá, esposa, hermana e hija y por si fuera poco, periodista, consultora, coach y facilitadora comunicacional, por tanto, mi cerebro es una TV encendida que 24/7 está planificando, organizando y en zapping zone.

Sin embargo, las palabras de este amigo me hicieron reflexionar sobre la necesidad de hacer la prueba, más aún cuando muchas de las personas que conozco me hablaban maravillas de los logros alcanzados en sus estados “zen”. Y la verdad debo confesar que a veces pensar tanto cansa, agota y acongoja.

Como me ocurre con cada pensamiento inquietante me puse a leer sobre el tema y por supuesto hice una profunda investigación sobre #meditación e incluso el tan de moda #mindfulness y aunque estas teorías me parecen fascinantes, en la práctica no me iba nada bien. Así que llevé todo a ese laboratorio personal en el que trato de unir la teoría con la vida y estos son los resultados:

El primer reto es la respiración. Cada vez que intento controlar la respiración me ahogo. La cosa comienza más o menos así: “mi misma” –así hablo con mí yo interior- cierra los ojos relájate, vamos que tu puedes, muy bien ahora inhala profundamente por la nariz, eso es vas bien muy bien llena tu abdomen de aire, sí así mismo y ahora exhala por la boca, poco a poco, vamos despacio… bravo lo hiciste y ahora vamos de nuevo, ok sí puedes, claro que puedes… ohh ohh ohh me estoy ahogando… no, ya va ¿qué es esto, me ahogo…?”.  Bueno ya me dirán, con tantos pasos y secuencias es posible alterar hasta el proceso más automático y reptiliano que tenemos: la respiración. Entonces busqué ayuda y me hice de una serie de audios de meditación. Algunos con música relajante y otros con personas que te hablan y te van diciendo qué hacer. Esto ayuda, lo admito, te permite al menos no ahogarte al respirar, pero el radio encendido en mi cabeza no lograba apagarse por completo.  Mi intención con esto de la meditación es muy clara: hacerle caso a Jon Kabat-Zinn  y lograr  “Prestar atención de manera intencional al momento presente, sin juzgar”.

El segundo reto es la decisión de hacerlo en solitario o en grupo. Debido a mis múltiples experiencias fallidas en solitario decidí experimentar de forma grupal… terrible error, al menos para mí, pues descubrí que mi costumbre de observación plena es más fuerte que mi necesidad de concentración plena, y entonces me sabotee abriendo los ojos para ver a otros sentaditos en posición de loto respirando y demostrándome con cada ‘no hacer nada’ que mi cerebro es un rebelde sin causa. Por lo tanto decidí que al menos para mí mejor solita que acompañada.

El tercer reto es el tiempo. Un cerebro entrenado para comunicar y luego para escuchar es terriblemente ineficiente para entender el silencio. Así que debí comenzar con pequeñitos lapsos de tiempo y cuando digo pequeñitos hablo de dos o tres minutos contra alarma y en muchos de los cuales no lograba absolutamente nada, pero… y aquí lo bueno fui adquiriendo disciplina.

El último reto fue ajustarlo todo a las capacidades. Un poco frustrada, pero convencida de que quería darle a mi mente espacio para el ‘no pensamiento’ y con la finalidad de desprenderme del estrés de la cotidianidad, tomé todo lo leído y practicado sin éxito y lo coloqué en un saco, que luego  sacudí con fuerza con la intención de mezclarlo bien para que de allí saliera algo que se pareciera a mí. Y así fue como nació el cuadrado blanco. La técnica que utilizo todas las noches, antes de irme a dormir o cuando quiero que se abra un hueco en la tierra y me trague por completo.

Esta técnica apareció cuando renuncié a lo convencional y dejé de imaginarme playas, sabanas y campos floridos o seguir pasos y procedimientos complejos para respirar y, simplemente cerré los ojos e intenté ver -en medio de la oscuridad- un cuadradito blanco.

Al principio sólo quería que apareciera. Cerraba los ojos y me decía “cuadrado blanco…”  y pasaba de todo por mi mente menos el famoso cuadrado. Pero un día luego de insistir y  persistir, apareció un cuadradito pequeñito y fue mágico, pues sólo por un instante dejé de pensar en el cuadrado y comencé a observar el cuadrado.

Ahora puedo incluso hacer que el cuadrado crezca, me cuesta lo admito, pero logra convertirse en un cuadrado bien grande. ¿Y saben qué? el nivel de relajación que alcanza mi mente y mi cuerpo luego de esos minutos es indescriptible. Por unos minutos nada me perturba, me presiona o me consume y eso sin dudas es un regalo.

Aún no sé cuál será el siguiente paso, ni como llevaré mi meditación concentrativa a lago superior, así que acepto recomendaciones y experiencias. Mientras seguiré disfrutando de los 5 minuticos de paz que me proporciona todas las noches mi cuadradito blanco.

lunes, 9 de mayo de 2016

Por qué el compromiso es tan importante


La palabra compromiso pareciera estar de moda, y al tratar de analizarla no puedo dejar de establecer paralelismos entre su aplicación en el ámbito organizacional y en el familiar, quizás porque creo fielmente que no existe manera de separar lo que somos como profesionales de lo que somos como personas.

Compromiso, etimológicamente hablando, proviene de la palabra latina "compromissum", de "com" (mutuo) y "promissum" (promesa).  Por tanto todo compromiso es una promesa mutua que debe surgir de forma voluntaria.

Entonces,  ¿por qué el compromiso se ha convertido en un bien tan preciado para las organizaciones?
A nivel empresarial diferentes estudios como los realizados por la revista Fortune, que comparan a las 100 mejores empresas en donde trabajar con las 500 más grandes de Standard & Poor's “ponen de manifiesto que las empresas con trabajadores muy comprometidos tienen una media del 29% de mayor beneficio, un 50% más de clientes leales y un 44% más de posibilidades de dar la vuelta a unos resultados negativos que las empresas con trabajadores menos involucrados / satisfechos”. (Fuente: elpaís.com)

Estas cifras, por demás alentadoras, nos llevan a entender porque el compromiso se ha convertido en el “Santo Grial moderno” de las organizaciones. Ahora bien ¿cómo lo conseguimos? Y ¿por qué encuentro un paralelismo entre el compromiso en las organizaciones y la familia?

Cuando nos comprometemos demostramos nuestra capacidad personal de asumir como propios los objetivos del grupo al cual pertenecemos, poniendo todo de nuestra parte, pero esto no ocurre por serendipia, o por la existencia de un gen único en nuestra cadena cromosómica.

La capacidad de comprometernos se desarrolla gracias a las conexiones emocionales que se establecen entre dos o más personas de forma tal que el plural “nosotros” sea más importante que el singular “yo”.  ¿Y acaso eso no es el deber ser en una familia?

El compromiso no viene de nuestro intelecto y sólo se logra cuando se establecen canales de doble vía. Daniel Goleman en su libro “inteligencia emocional en la empresa” resalta que: “la esencia del compromiso es unificar los propios objetivos con los de la organización. El compromiso es emocional: sentimos un fuerte apego a las metas de nuestro grupo cuando resuenan fuertemente al compás de las nuestras. Quienes valoran el objetivo de una organización y lo adoptan, no solo están dispuestas a hacer por ella un esfuerzo supremo, sino efectuar sacrificios personales cuando sea necesario”.

Sin embargo, esta es la vía del colaborador, pero la misma no fluirá si la empresa no da apertura a su propio canal de compromiso. Para que exista compromiso por parte de los colaboradores las empresas deben generar el escenario propicio para… es decir, los líderes entendidos como figuras directivas, mandos medios y supervisores deben demostrar su genuino interés por apoyar a sus colaboradores para que logren su desarrollo profesional y personal.

Las empresas consideradas como grandes lugares para trabajar logran el compromiso de sus colaboradores a través de la confianza y del auténtico interés por generar el bienestar de las personas. La gestión del compromiso conjuga lo transaccional y lo estratégico. Y aunque esto puede sonar contradictorio no lo es, ya que es igualmente importante asegurar que se compartan las ganancias del negocio como propiciar la  comunicación, la escucha y el entendimiento en un clima de libertad e innovación.

Las personas se comprometen y ponen de su parte cuando confían en que van a recibir, es decir, creen en la promesa mutua.  Por eso, si queremos que nuestros equipos se comprometan, primero tenemos que dar, para conseguir que confíen en nosotros.  ¿Y este comportamiento descrito como organizacional acaso no es similar a la forma en la que deben operar las familias?
Para pasar del cumplimiento al compromiso, las personas han de tomar la decisión de hacerlo, y los líderes han de manejar habilidades para influir en ello. Se trata de tomar conciencia, no de obediencia. La imposición no genera compromiso, la imposición genera resentimiento. La imposición lleva a las personas a rebelarse, someterse o evadirse, eso tan conocido de “te adaptas, emigras o mueres”.

Quizás mis roles de empleada, jefa, empleadora, consultora, coach y mamá de milennials me han llevado a tratar de correlacionar de forma constante el mundo empresarial y familiar, pero genuinamente creo que los conceptos clave para el logro del bienestar pueden ser perfectamente compartidos.

Las familias como las organizaciones están evolucionando. Los milennials hijos o empleados nos están enseñando y reclamando tiempo para vivir. Por tanto no podemos limitar nuestra línea de pensamiento a una afirmación tan simplista como que “son flojos, no quieren comprometerse o están desenfocados”. Lamento como siempre, contradecir a la mayoría,  pero cuando analizamos la calificación que los empleados le dan a las empresas como excelentes lugares de trabajar y cuando analizamos las conversaciones de los jóvenes sobre los entornos familiares que valoran encuentro similitudes:  ambos son espacios en los que se sienten apreciados,  existe confianza y comunicación, se da la valoración por los logros alcanzados, se promueve la búsqueda de mejoras para enmendar faltas en vez de culpables y  existe entendimiento de que más allá de la vida laboral o estudiantil hay otra vida en la cual el deporte, los amigos, la diversión y las querencias son importantes.  Entonces ¿qué haremos líderes y/o papás, cambiamos o nos anclamos en el pasado?  

lunes, 25 de abril de 2016

Inmigrante: la nueva nacionalidad

Foto: Pixabay
Emigrar significa mucho más que sacar los papeles indicados, seleccionar el destino de forma meticulosa y cuidar los detalles del plan para mantenerte. Va mucho más allá de las cosas que puedes guardar en dos maletas y de tu capacidad para organizar.

Emigrar significa comprender que no es posible reconstruir el pasado en otro sitio, que tus recuerdos son el ancla con tus raíces y que sólo tienes la certeza de que nada volverá a ser igual.

Bien porque busques una mejor forma de vida o porque desees emprender un proyecto, la valentía es el primer componente actitudinal del que debes hacer gala. Porque dejar las certezas sobre lo que dominas, conoces o sabes manejar, es lanzarte al mar con simples conocimientos de las brazadas básicas que impedirán que te ahogues.

Mi abuela una vez me dijo que “inmigrante” no era un adjetivo, era  una “nacionalidad compartida” por quienes un día, con un montón de sueños y anhelos, dejaron su tierra para reconstruir en otra una nueva vida.

Eso implica, sin dudas, practicar el desapego, concepto que en psicología tiene muchas connotaciones, pero que en Wikipedia se define simplemente como: “el estado en el que una persona supera su lazo de unión al deseo por las cosas, personas u objetos  consiguiendo una perspectiva más elevada”.

Cuando emigras y entiendes la importancia de tu actitud personal para dar ese paso, dejas de ser lo que eras y comienzas a construir una nueva forma de ser. No te voy a engañar. No es sencillo y la transición ocurre de a poco. Pero si me correspondiera hacer una lista de aspectos que pueden ayudarte, simplemente te propondría:

  • Coordina bien el tema de los documentos, el dinero para mantenerte inicialmente y los mecanismos para obtener una residencia temporal.
  • No te agobies con todo lo que debes llevarte, descubrirás que no existen suficientes maletas para meter una vida en ellas.
  • Trabaja en ti mismo. Conócete, aprende a determinar qué te detona e intenta practicar el autocontrol. Necesitarás mucho de estas cualidades cuando tengas que enfrentarte a las nuevas circunstancias.
  • Despréndete de la necesidad de emitir juicios, de ir por la vida calificando todo y a todos. Te darás cuenta que tus nuevos vecinos jamás serán como los que tenías y que tus nuevos amigos no reemplazan a los que dejaste en tu país. Las personas a las que amas y extrañas producen ese sentimiento en ti porque junto a ellas viviste cosas que son irremplazables.
  • Date la oportunidad de reaprender, necesitas hacerlo. Lo que traes en tu maleta de experiencias es simplemente el punto de partida para que puedas conectarte con tu yo interior.
  • Entiende que siempre habrán días buenos y días malos. Los días buenos te motivan  y los malos te conectan con la tristeza, que es una emoción de reflexión.

Y, finalmente, entiende que debes automotivarte, pero eso no significa  que eventualmente no puedas quedarte dormido ahogado en sollozos.

Dejar la vida que conoces y construiste de a poco es una pérdida que produce un duelo natural, pero en tu interior estará siempre la fuerza que necesitas para salir adelante. Recuerda que mucho más importante que la preparación procedimental que realices sobre tu nueva vida, es la preparación emocional que practiques.

La vida es una constante de cambio y si trabajas en adquirir la flexibilidad y adaptabilidad necesarias para este cambio, podrás ser más feliz, porque en tu pasado encontrarás la conexión con tus querencias y en tu presente las páginas en blanco de tu nueva realidad.

viernes, 15 de enero de 2016

Todo el mundo cree tener la respuesta. Pero ¿cuántos hacen la pregunta indicada?

Fuente: Pixabay
En casi todas las conversaciones, discusiones o negociaciones, la contra parte está segura o casi segura de tener la respuesta a una inquietud. Me atrevería a afirmar que en el 98% de los casos “los otros” creen poseer la salida cuasi-perfecta, la solución mágica o la palabra exacta que pondrá fin a tus dilemas.

Pareciera entonces, que el resto del mundo se siente “cualificado” para pensar por ti, pero realmente ¿eso te ayuda en algo?

Cuántas veces te ha tocado escuchar a otra persona contarte algo que le aqueja y rápidamente en tu mente generas la solución para luego preguntarte: ¿pero, por qué no lo ve, si está clarito?

Y entonces saltan a tu mente apreciaciones muy ligeras como: “es que se ahoga en un vaso de agua”, “yo en su lugar estaría haciendo”, “le diría”, “me dedicaría”… pero, y como siempre viene el gran pero, la realidad es que ni eres el otro, ni estás en su lugar, ni ganas nada o contribuyes en algo al preguntarte ¿por qué?

Cuando apelamos al ¿Por qué? automáticamente buscamos la explicación o mejor dicho la justificación  de un hecho. Y si bien esto puede ser efectivo como pregunta previa a una idea creativa, a un descubrimiento o avance, “post mortem” y más aún en materia de relaciones humanas los ¿por qué? solo sirven para complicar y no para solucionar.

Supongamos por ejemplo que llegaste al trabajo y te piden una información que no actualizaste en el sistema. Automáticamente el jefe te pregunta: ¿Por qué no lo hiciste? Y de forma inmediata tu mente comienza a enumerar posibilidades que pueden ir desde un simple “no sabía que tenía que actualizarlo porque nunca me lo pediste” hasta  “¿tengo tantas cosas sobre mis hombros y a este (a) sólo le importan los benditos datos actualizados en el sistema? Pero al jefe que preguntó ¿Por qué? no le va mejor. Tras realizar la pregunta su mente también elabora otra gran lista de “posibles explicaciones” por las cuales, la tarea no fue realizada, y  en ese afán de buscar respuestas piensa “Pero obvio, si fulano siempre está distraído”,  “si  no se sabe organizar”, “Si siempre…” Y entre tus excusas y las de tu jefe se pierde la gran oportunidad de sacar de esa experiencia algún aprendizaje para ambos.

Esa misma apreciación es válida cuando un amigo (a) te cuenta que su hermana la enloquece, que su esposa le hace la vida a cuadros o que se siente insatisfecho con su vida. Automáticamente preguntas ¿Por qué la soportas? ¿Por qué no te divorcias? O por ¿qué no haces algo?  Y quizás, solo quizás, si de verdad quieres situarte en la posición del otro, valdría la pena que cambiaras las forma de preguntar y por ejemplo le dijeras a ese amigo enloquecido por su hermana ¿qué has hecho al respecto? y sobre todo ¿qué te gustaría hacer? O que le preguntes a ese otro con una esposa insoportable ¿cómo quisieras actuar con ella? o ¿Siempre… siempre te hace la vida a cuadros? Y, finalmente, sería mucho más productivo si a esa persona insatisfecha con su vida le dijeras ¿qué te falta…qué quisieras cambiar y cómo crees que podrías hacerlo?

Hacer la pregunta indicada es quizás la mejor arma de reflexión con la que contamos los seres humanos. Cuando al escuchar a otra persona en vez de darle nuestra opinión nos atrevemos a preguntar, nos alejamos de nuestra estructura de pensamiento y nos acercamos a la suya desde el respeto.  Cuando comenzamos a ver al otro desde sus ojos y no desde los nuestros es más sencillo comprenderle y sobre todo ayudarle. Al final dice un refrán anónimo que “nuestro mayor problema de comunicación es que no escuchamos para entender sino para responder”.

lunes, 13 de abril de 2015

La gente nos vuelve locos o nosotros nos volvemos locos

Cuando hablamos de Inteligencia Emocional (IE) nos referimos a un concepto utilizado en los predios empresariales para hablar de autoconocimiento, autocontrol y/o regulación, autoconciencia, empatía y habilidades sociales, es decir, habilidades blandas a su máxima expresión y manejo de nuestras emociones.

Estudiosos sobre la materia existen por montones y cada uno ofrece miradas asertivas para ayudarnos a comprender por qué casi a diario nos topamos con cientos de miles de situaciones que requieren una y otra vez que repasemos en nuestro interior estos conceptos.

¿Cómo hacer frente a un familiar que sólo critica lo que dices o haces? ¿Cómo vincularte con un amigo que cuestiona de forma constante todo aquello que no se hace como a él le parece? ¿De qué forma lidiar con un jefe que sabe lo que quiere en su mente, pero que no te hace el requerimiento de forma clara desde el principio o que por el contrario, descubre cuando la tarea está hecha que podría verse mejor o hacerse mejor si se modificara? ¿Qué hacer si un ser querido te habla sobre algo desde tu punto de vista descabellado y espera aceptación de tu parte requiriéndote solidaridad, apoyo y reforzamiento?  Pues bien, el campo de acción de la IE es la vida real y nuestras relaciones son la base de su preparación.

Las personas que nos “vuelven locos” sólo lo hacen porque desde nuestra perspectiva ellas tienen un comportamiento irracional, entonces de acuerdo a nuestro juicio ellas  funcionan en una dirección que consideramos opuesta a la razón.

La gran pregunta es ¿Qué nos lleva a pensar que nuestra mirada es la que está del lado de la razón? Ó ¿Que nos obliga a darles a estas personas espacio para responder emocionalmente y quedar envueltos en sus problemas?

Si creemos que una mirada es irracional y fuera de foco, simplemente debemos abandonar  la trampa. Somos nosotros los que elegimos ir a la batalla con el deseo de derrotarlos en su propio juego.  Y  la verdad, estemos claros, esto sólo nos trae desgaste. Cuando escuchamos para entender y no para contestar tomamos distancia emocional y abordamos las interacciones complejas como un proyecto científico en el que no es necesario sumergirse al caos emocional porque tenemos mecanismos para simplemente manejar los hechos y de esta forma darle más importancia a la relación que a la razón.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Vivir un día a la vez

Mirarse al espejo no es tarea fácil,  quizás porque corremos el riesgo de descubrir que es imposible proyectar hacia afuera lo que no tenemos en el interior. De allí que sea más sencillo enfocarnos en las fallas de los otros, en sus carencias o debilidades, que asumir con valentía la tarea de una verdadera y sincera auto-evaluación.

Los seres humanos -yo incluida- somos complejos, tenemos historias, experiencias, valores diferenciados. Percibimos e interpretamos el mundo desde lo que distinguimos y por ello conciliar nuestros puntos de vista con los de otras personas es una práctica que requiere voluntad y dedicación.  

Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuál es el comienzo? Nadie puede ayudar a otro si no se ayuda a sí mismo. Nadie puede dirigir a otro si no tiene las riendas de su propia vida. Un líder es un ejemplo a seguir, y aunque queda claro que los líderes permanecemos en el terreno de lo humano, es decir, siempre tendremos defectos y virtudes, conocernos y afianzarnos en nuestras fortalezas para trabajar nuestras debilidades es sin duda el camino más expedito para predicar con el ejemplo y poder mirarnos al espejo sin temor a descubrir que, la imagen que vemos es distinta a la que perciben los demás.

Dejar atrás las convicciones y los juicios y comenzar a explorar las bondades de describir lo observado (sin parámetros pre-establecidos), es todo un reto. Otro mayor es transformar las certezas en preguntas y mientras nos las hacemos encontrar respuestas, pensando siempre que algunas nos generarán satisfacción y otras seguro nos confrontarán.

Ahora bien las preguntas no son para cuestionar a los otros, es muy fácil hacerlo desde el otro lado de la calle, hay que comenzar por nosotros mismos; porque pretender que otro cambie y adquiera nuestra visión es simplemente la mayor de las utopías. 

¿Qué estoy haciendo hoy para propiciar eso que deseo? ¿Cuánto tiempo más esperaré a que otro entienda? ¿Con qué cuento yo? ¿Qué me he ganado yo? ¿Qué está en mis manos y qué no? ¿Qué estoy dispuesto a hacer, sacrificar o arriesgar?. Estas son las preguntas que vale la pena realizarse.



Hay un momento en la vida en el que descubrimos que hay que adentrarse en la filosofía de experimentar un día a la vez, desaprendiendo, aprendiendo y celebrando el haber terminado la jornada, a veces con uno o dos aciertos, otras tantas con una considerable carga de errores. Sin embargo, en ambos casos los saldos son positivos, porque quienes tienen la capacidad de descubrir las oportunidades que surgen de cada falla no sólo pueden  liderar su vida, sino que están listos para generar cambios significativos que sean replicables.


lunes, 4 de agosto de 2014

Volverlo todo una carrera

¿Hasta qué punto es sano competir? Quizás esta sea una pregunta con múltiples respuestas sobre la que vale la pena detenerse a pensar opciones.
El diccionario usual de la Real Academia de la Lengua Española establece que competir es  “una disputa o contienda entre dos o más personas sobre algo” también refiere que es la “oposición o rivalidad entre dos o más que aspiran a obtener la misma cosa”. Ambos conceptos nos dirigen rápidamente a una complicada inferencia: en toda competencia se presenta rivalidad y por ende alguien gana y alguien pierde.
Para muchos competir es natural, otros piensan que nos vuelve más productivos e incluso hay quienes afirman que refuerza el carácter, pero ¿qué problema social se esconde detrás de quienes deben demostrar a… o demostrar qué…?
Este planteamiento vino a mi mente cuando debí explicarle a mi hijo durante su primer entrenamiento de béisbol en una liga pre-infantil que su primer reto era ganarse el uniforme; es decir, debía demostrarle algo a alguien.
En la liga jugaban pequeños con condiciones naturales innatas, obviamente la mirada de los entrenadores estaba bien puesta sobre ellos y allí comprendí que la necesidad de aprobación es una carrera para reafirmarnos ante los demás.
Fisionómicamente mi hijo tenía lo que se necesitaba para jugar al béisbol: fuerza, reflejos y tamaño, pero le faltaba entrenamiento y experiencia, cosas que a su corta edad no entendía. Quería jugar de una vez, ser el mejor de una vez, vestir su uniforme de una vez y saber de una vez más que sus entrenadores, por lo que finalmente abandonó el béisbol.
Con el paso de los años mi pequeño Bam-Bam incursionó en otras disciplinas deportivas, pero tampoco se sentía a gusto, por lo cual también abandonó. Siempre había alguien que le impedía que… o tenía lo que el no.
Pero un día se enamoró del fútbol, para ese momento ya no era tan pequeño, su peso no le ayudaba y sus condiciones físicas no eran óptimas y, sin embargo,  aún lo sigue practicando.
Todavía no se ha ganado “el uniforme” siempre hay algún adolescente que se le adelanta, pero de alguna forma Bam-Bam ha sabido romper los paradigmas de la competición.
Para él el fútbol es una forma de vida, algo que lo conecta con su cuerpo y con lo que ama. Dejó de competir desde hace rato, no se siente menos que los demás ni necesita reafirmarse comparándose con otros.
Es feliz con un balón en el pié, se cree y se siente como un profesional, lo disfruta a plenitud, entrega siempre lo mejor de sí, es disciplinado y persistente y celebra las victorias de sus compañeros como propias.
Eso lo hace una persona especial, alguien que entendió que su mayor competidor es él mismo, que no tiene que medirse con otros, que sus éxitos o fracasos no lo definen, porque como ser humano tiene el derecho de tropezar, caer, sacudirse y levantarse.
Quizás con su próximo ingreso a la universidad le tocará jugar menos al fútbol, pero estoy segura que cada vez que lo haga lo disfrutará como el primer día.
Por alguna razón Bam-Bam no tiene pretensiones, aunque sí está lleno de aspiraciones y sabe hasta dónde quiere y va a llegar. Le importa poco o nada la idea de “demostrarle a… que es mejor que… “, aprendió a disfrutar el camino y sabe que su punto de comparación no es otro sino él mismo.
Se volvió seguro, no necesita que lo aplaudan,  su motivación lo llena, hacer lo que le gusta le satisface y desde entonces ve las cosas buenas en los otros porque no teme que le quiten nada. Sabe perfectamente lo que tiene y lo que no, y  por eso disfruta sabiendo que no tiene por qué volverlo todo una carrera para recorrer la vida.


viernes, 25 de octubre de 2013

Quiero que tengan 18

A nivel mundial, al menos en cuanto a legalidad y definición se trata, la mayoría de edad  es una condición, según la cuál, se determina la plena capacidad de obrar de la persona que logra alcanzar una edad cronológica establecida en la que se considera que el individuo es plenamente capaz de obrar…  por tanto la persona está facultada para conducir, por cuenta propia, sus acciones y, por su puesto, debe asumir las responsabilidades que se deriven de las mismas.

Para quienes aún no han alcanzado esa “edad cronológica establecida” la mayoría de edad es algo así como una declaratoria de emancipación, casi casi una amenaza que se susurra en silencio en tono rencoroso contra los miembros del hogar ante cualquier pequeño regaño, corrección u oposición paterna: “ya verás, cuando tenga 18 años haré lo que se me pegue en gana”.

Y es que pareciera, que “hacer lo que me dé la gana”  es una suerte de mantra cargado de vibraciones positivas que atraerá la felicidad absoluta, como si por arte de magia, al cumplir 18 años, se acaban las vinculaciones de un adolescente con su entorno familiar, con su comunidad y con la sociedad.

No puedo negar que yo también soñé con aquel 23 de agosto en el que finalmente cumpliría la mayoría de edad y mi vida cambiaría, pero la verdad, tras hacer una retrospectiva minuciosa del asunto, más allá de sacarme la licencia de conducir, poder viajar sin permiso firmado o tener la facultad de abrir sola una cuenta bancaria, mi vida no sufrió cambios radicales. Y es que haber alcanzado la “edad cronológica para” no significaba contar con los recursos financieros, emocionales  e intelectuales para… porque igual vivía bajo el techo de mis padres, dependía económicamente de ellos y pare usted de contar.

Creo que los venezolanos, tenemos muy desdibujado el asunto.  El exceso de exposición a la programación de MTV en nuestra adolescencia (pasada y presente) nos lleva a creer que al tener 18 podremos al fin “living la vida loca”, pero nuestras tradiciones y herencia europea, construida sobre estructuras familiares matriarcales y condiciones socioeconómicas inestables, hace de este anhelo una quimera.

Primero me referiré a los padres, un grupo en el que me incluyo para hacer una 
simple pregunta ¿Quién demonios el día después de que su hijo o hija cumple 18 años le pone su maletica en la puerta de casa y le dice: “Amor, ya tienes 18, así que vamos pa´la calle, venga que te ayudo a alquilar tu apartamentico para que vivas solit@? Nadie verdad ! por tanto, nosotros no debemos ni podemos alentar declaratorias de independencia insensatas sobre la llegada de la mayoría de edad.

Claro está, cuando nuestros hijos cumplan 18 no tendremos legalmente potestad para exigir cosas como que tengan una hora de llegada a la casa, o impedir que se les venda licor,  pero eso no debe hacernos perder de vista que, mientras nuestros hijos estén bajo nuestra tutela, es decir, mientras se bañen, laven su ropa, coman, duerman y dependan de nuestra billetera, tenemos la potestad MORAL SUFICIENTE para solicitar el cumplimiento de las normas de respeto y convivencia necesarias para el establecimiento de relaciones armoniosas, basadas en la justicia y en el pleno entendimiento de que no basta con tener la edad cronológica para…. Ya que es preciso también contar con las condiciones emocionales, intelectuales y financieras para…

A riesgo de parecer tirana voy a adentrarme en profundidades y referirme, en segundo término, a nuestros hijos. Si bien ni soy adolescente ni puedo pensar en la actualidad como ellos, alguna vez formé parte de ese grupo que  iba tachando en el calendario, en cuenta regresiva, los días que faltaban para llegar a los 18.

Poder hacer algo, no significa que queramos o sepamos hacerlo. Ese círculo virtuoso de querer, poder y saber no nos llega con una fecha calendario.
Con la llegada de la facultad para obrar de forma determinada para…llegan también las responsabilidades y quizás ese es el contrasentido de crecer. Nuestras decisiones buenas o malas implican que debemos asumir los costos y no siempre esto es tan sencillo.

Mientras tenemos casa, comida, vestido y amor incondicional resuelto, la vida 
se circunscribe a prepararnos intelectualmente, relacionarnos de manera positiva y disfrutar. Pero cuando toda la carga está sobre nuestros hombros la jerarquización de las actividades cambia y eso es algo que no podemos perder de vista.


Otro aspecto fundamental a considerar es que nuestras relaciones con nuestros padres nunca serán igualitarias. Nosotros no somos ellos, ni ellos serán nosotros. Su autoridad trasciende la edad y no tiene por qué ser incondicional. 

Su obligación legal para con nosotros culmina justo el día en que finalmente llega nuestra añorada mayoría de edad, de allí en adelante, sólo la convicción moral, el respeto y el amor recíproco marcará el rumbo de una relación que con el paso del tiempo se transformará de nuestra parte en admiración e inmenso agradecimiento por habernos enseñado desde antes de los 18 cosas a las cuales les sacamos provecho más allá de los 30.

domingo, 25 de marzo de 2012

El engaño de las princesas

Cuando me hice de una inmensa colección de películas de Disney, para mantener entretenida a mi pequeña retoña, disfrutaba verla junto a sus amigas, en la sala de mi casa, en una suerte de juego de roles donde cada una asumía la postura de un personaje. Eso me permitía soñar con verlas adquirir en el futuro las personalidades de Mulán de China; Tiana de Maldonia, Jasmín de Arabia, Bella de Francia o Ariel de Atlántida. Pero unos 10 años más tarde me pregunto ¿qué demonios pasó con las princesas?

La magia de los cuentos de hadas se desvaneció y estos seres, aun en formación, comienzan a perfilarse ante mis ojos como protagonistas del más puro género novelesco donde se presentan como personas calculadoras, plásticas, frívolas, intrigantes, engañosas e incluso envidiosas, en una competencia constante que irremediablemente me obligó a revisar mis años, no tan lejanos, de adolescencia.

Y en esta visión retrospectiva caí en cuenta de la crudeza y realidad de crecer, siendo del sexo femenino, para competir en un mundo lleno de estereotipos en el que antes de descubrir si eres atractiva para un chico debes pasar por la lupa escrupulosa de una amiga.

Recientemente escuché que las mujeres no se arreglan para agradar a los hombres, sino para agradar a sus amigas. Y aunque en principio me sonó trillado, ahora logro apreciar la crudeza y realidad de la frase. Los hombres no son la competencia, con ellos no establecemos puntos de comparación. Son los miembros de nuestro entorno más íntimo, nuestras amigas, las jueces y verdugos de nuestra actuación. Entonces ¿cómo enfrentar la crítica constante de las personas que deberían darte apoyo y subirte la autoestima? ¿Cómo evitar la competencia y el gusto por los mismos chicos, cuando son precisamente la afinidad y la paridad de criterios lo que une a las amigas?

Buscando respuestas, sentadita en mi canapé, me topé de nuevo con un maravilloso libro que leí cuando era apenas una adolescente llamado “A favor de las niñas”, de la colección de bolsillo de Monte Ávila Editores, escrito por Elena Gianini Belotti, el cual busca analizar de la forma más objetiva posible para una mujer “la influencia de los condicionamientos sociales en la formación del rol femenino en los primeros años de vida”.

Entre las múltiples cosas interesantes que extraje de sus páginas, encontré por ejemplo que, los padres enseñamos a nuestros hijos varones a trabajar en equipo, pero no lo hacemos con nuestras hijas. Entonces ¿cómo pretender que entre ellas exista camaradería y solidaridad?

En el fútbol, la estrategia es retener, dominar y pasar, confiando en que el otro anotará un gol y celebrando cada acción a favor del equipo. Pero ¿cuál es el trabajo en equipo de actividades como tocar el piano, dibujar, pintar o bailar ballet?... umhhhh buena pregunta verdad!!!

Alentamos a nuestras hijas al desempeño individual, a ser mejor qué. Y obvio, a futuro cosechamos nuestra siembra… formamos seres individualistas y altamente competitivos que no tienen ni la más mínima idea de cómo se juega en equipo y sólo conocen los mecanismos para vivir y sobrevivir de forma individual.



Pero, quizás la más dramática de las frases de ese pequeño libro de bolsillo que es digna de compartir y reflexionar es: “para la joven existe un conflicto entre su condición propiamente humana y su vocación de mujer (y viceversa); para el joven es relativamente más fácil encaminarse en la vida, porque en él, la vocación de ser humano y el sexo al cual pertenece no están en conflicto, ya que en la infancia se prefigura este destino afortunado… A partir de la pubertad la joven pierde terreno, la adolescente no encuentra alrededor de ella los estímulos y se le requiere, por tanto, que sea constreñida lo cual implica unir su trabajo profesional al de su feminidad… ser femenina, significa mostrarse impotente, frívola, pasiva y dócil… Estúpidas… no hay lugar en que las niñas no perciban en cada momento la confirmación de que se les prefiere estúpidas, salvo para reprocharles el serlo”.

domingo, 4 de marzo de 2012

Una nueva forma de ver el mundo







Si las teorías de Daniel Goleman sobre la inteligencia emocional, acuñadas en 1995  no son erráticas y en este entorno cambiante y dinamizado es más importante “lo que hacemos con lo que sabemos, que lo que en verdad sabemos”, quizás estemos en el preludio de una nueva era que las profecías Mayas no lograron correlacionar, pero que inevitablemente nos llevan al nacimiento de una etapa menos vinculada a la rigurosidad del método científico y más conectada con la capacidad de relacionarnos sin barreras, prejuicios o paradigmas.

No sólo se trata de entender cómo Bill Gates logró construir su emporio cuando apenas cursaba los primeros semestres de estudios en la Universidad de Harvard y descubrió el lenguaje Basic que posteriormente, en 1975, se constituyó en Microsoft. O cómo Sergey Brin y Larry Page, estudiantes de Stanford  lograron en 1995 crear un enrutador que rastreara el número de enlaces hacia las páginas web hasta finalmente dar vida a Googles. O por qué casualidad del destino ese mismo año,  Randy Conrads creó en la web la primera Social Network al colgar el site  classmates.com, para que la gente pudiera estar en contacto con antiguos compañeros de colegio, lo que desencadenó una avalancha de opciones que se materializaron en 2003 con la aparición de sitios online con nombres como Friendster, MySpace, Soflow o finalmente Facebook y el éxito prematuro de Mark Zuckerberg.

Comprender este entorno, parte del ejercicio de asimilar, por muy abrumador que parezca, que lo que conocemos como mundo y como sociedad está cambiando  y que en apenas una década  se puede constituir una nueva línea de pensamiento y acción, por lo que nosotros como padres a pasos agigantados debemos adaptarnos.

El primer paso entonces es aceptar que tal y como lo plantea Goleman en su  libro “Inteligencia Emocional” (1995),  existe una aptitud, que no puede ser medida a través de un test para ponderar el Coeficiente Intelectual de una persona (CI ó IQ, según el país en que se traduzca) y que radica en “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, motivarnos y manejar bien las emociones en nosotros mismos y en nuestras relaciones”. Y que esto incluye una serie de facultades que son:

  • Capacidad de percibir, valorar, y expresar emociones con precisión a partir del conocimiento de uno mismo, es decir, saber qué se siente en cada momento.
  • Capacidad de experimentar (o de generar a voluntad) determinados sentimientos en la medida que faciliten el entendimiento de uno mismo o de otra persona. Mejor conocida como Autorregulación.
  • Motivación, que no es otra cosa que utilizar nuestras preferencias más profundas para orientarnos y avanzar hacia los objetivos.
  • Empatía o capacidad de percibir lo que sienten los demás.
  • Y finalmente, las habilidades sociales o la capacidad para manejar bien las emociones en una relación e interpretar adecuadamente las situaciones.

Dicho esto, inevitablemente debemos preguntarnos ¿qué estamos haciendo nosotros por desarrollar la inteligencia emocional en nuestros hijos? Y sobre la base de nuestra respuesta dar una mirada valorativa al sistema de enseñanza oficial de nuestros pequeños.
Aunque por principios y convicción e intentado en mi hogar vincular distintas experiencias gerenciales exitosas con la enseñanza de mis hijos, debo admitir que de forma tardía puse mi mirada en su colegio o escuela, para valorar firmemente qué tanto compartíamos estos principios.

Tras ser formada bajo el paradigma de la “Excelencia Académica” las decisiones escolares sobre mis hijos siempre estuvieron regidas por la selección de una institución llena de buenos profesores, renombre y mucha exigencia académica, pues en mi “paradigma”  una buena calificación era sinónimo de éxito. Pero sin duda alguna esto contrastaba con mi realidad profesional y con la experiencia gerencial que había desarrollado.

Fue así  como un buen día comencé a cuestionar  la formación escolar de mis hijos y vi como mi quinceañera, mi primer experimento materno, y por su puesto su hermano, apenas un año menor,  habían cursado su escuela primaria y los dos primeros años de la escuela media en un colegio con el cual no compartía nada o casi nada.

Para mal o para bien descubrí que los sistemas escolares, sobre todo los latinoamericanos, se basan en algo que tengo a bien llamar “educación psicorígida” y que consiste en prestar muchísima atención al uso del uniforme, la colocación de la camisa por dentro, el cinturón negro o marrón, la imposición de normas no discutidas y la estandarización del alumnado. Es decir, todos iguales,  con igual comportamiento, aprendiendo lo mismo, recibiendo información para pensar lo mismo, es decir siendo arreados cuales borregos.

Y en ese instante me pregunté: ¿qué pasa con los talentos?, con la diversidad y la pluralidad no solo de pensamiento sino de personalidad. ¿Dónde queda la comunicación, la negociación y el aprendizaje de las destrezas que a futuro se traducirán en Inteligencia Emocional?

Unos cuantos meses de tortura me llevaron a tomar una difícil decisión. Era hora de cambiar a mis hijos de escuela y tras mucho llanto, negativas, incertidumbre y manipulación de mis pequeños y su entorno (Tus hijos no te hacen sentir culpable, pero tus padres, hermanos y esposo sí) opté por un colegio con un nombre poco rimbombante y pasé de ser representante de dos alumnos de una tradicional  “Unidad Educativa” para convertirme en la madre de dos estudiantes de una “Unidad de Apoyo Integral”. Y aunque como en todo proceso de cambio hemos tenido que realizar grandes aprendizajes, comienzo a sentir que la decisión no solo fue ajustada sino que ya está rindiendo sus frutos y me siento liberada al ver que conductualmente se está dando un viraje positivo en mis hijos que, pese a mantener sus excelentes calificaciones, han empezado a descubrir la importancia de generar buenos equipos de estudio, respetar a las personas no solo de diferentes religiones sino con diferentes corrientes de pensamiento y sobre todo a entender que así como a futuro necesitarán desarrollar su máximo potencial académico también deben aprender a manejar sus emociones para convertirlas en factores de impulso para su éxito personal.

Abrir la mente a este tipo de experiencias puede ser una tarea complicada para los padres, ya que a medida que los “chamos” van aprendiendo más y mejores formas de relacionarse se produce una combinación perfecta entre las fuentes cognitivas e intuitivas y comienzan a ser más persuasivos, lo que implica para nosotros un reto.

Formar a hombres y mujeres para el futuro en una era en que la información está a un click de distancia no es tarea fácil y si a eso le añadimos el acceso a técnicas y herramientas de desarrollo personal nos sumergimos en aguas profundas en las que podemos descubrir, tal y como escribió una amiga recientemente en mi facebook,  que la “repetición de las fórmulas que en nosotros aplicaron nuestros padres quedaron en la obsolescencia”.

O acaso ¿ustedes han podido quitarle los zapatos a alguno de sus hijos y lograr que permanezca sentado en un sofá durante una visita? O pelarle los ojos a su pequeño “terremoto” y que éste comprenda que está cometiendo una imprudencia sin que diga a plena voz: “mami, por Dios ¿qué te pasa?, deja de abrir esos ojotes pareces el lobo de la caperucita”.

Esos tiempos ya pasaron y si queremos no morir en el intento de sobrevivir a la era de acuario, los niños índigo, la estimulación precoz y el hi tech, no nos queda más remedio que comenzar a cambiar nuestros paradigmas. Obviamente, no hay manuales o fórmulas matemáticas que resuelvan la situación, yo espero la llegada salvadora de un paradigma insurgente, pero mientras eso ocurre, busco la oportunidad de generar un momento en el que pueda sentarme cómodamente sobre mi canapé, con un espumante café, a escuchar y compartir experiencias.