lunes, 13 de abril de 2015

La gente nos vuelve locos o nosotros nos volvemos locos

Cuando hablamos de Inteligencia Emocional (IE) nos referimos a un concepto utilizado en los predios empresariales para hablar de autoconocimiento, autocontrol y/o regulación, autoconciencia, empatía y habilidades sociales, es decir, habilidades blandas a su máxima expresión y manejo de nuestras emociones.

Estudiosos sobre la materia existen por montones y cada uno ofrece miradas asertivas para ayudarnos a comprender por qué casi a diario nos topamos con cientos de miles de situaciones que requieren una y otra vez que repasemos en nuestro interior estos conceptos.

¿Cómo hacer frente a un familiar que sólo critica lo que dices o haces? ¿Cómo vincularte con un amigo que cuestiona de forma constante todo aquello que no se hace como a él le parece? ¿De qué forma lidiar con un jefe que sabe lo que quiere en su mente, pero que no te hace el requerimiento de forma clara desde el principio o que por el contrario, descubre cuando la tarea está hecha que podría verse mejor o hacerse mejor si se modificara? ¿Qué hacer si un ser querido te habla sobre algo desde tu punto de vista descabellado y espera aceptación de tu parte requiriéndote solidaridad, apoyo y reforzamiento?  Pues bien, el campo de acción de la IE es la vida real y nuestras relaciones son la base de su preparación.

Las personas que nos “vuelven locos” sólo lo hacen porque desde nuestra perspectiva ellas tienen un comportamiento irracional, entonces de acuerdo a nuestro juicio ellas  funcionan en una dirección que consideramos opuesta a la razón.

La gran pregunta es ¿Qué nos lleva a pensar que nuestra mirada es la que está del lado de la razón? Ó ¿Que nos obliga a darles a estas personas espacio para responder emocionalmente y quedar envueltos en sus problemas?

Si creemos que una mirada es irracional y fuera de foco, simplemente debemos abandonar  la trampa. Somos nosotros los que elegimos ir a la batalla con el deseo de derrotarlos en su propio juego.  Y  la verdad, estemos claros, esto sólo nos trae desgaste. Cuando escuchamos para entender y no para contestar tomamos distancia emocional y abordamos las interacciones complejas como un proyecto científico en el que no es necesario sumergirse al caos emocional porque tenemos mecanismos para simplemente manejar los hechos y de esta forma darle más importancia a la relación que a la razón.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Vivir un día a la vez

Mirarse al espejo no es tarea fácil,  quizás porque corremos el riesgo de descubrir que es imposible proyectar hacia afuera lo que no tenemos en el interior. De allí que sea más sencillo enfocarnos en las fallas de los otros, en sus carencias o debilidades, que asumir con valentía la tarea de una verdadera y sincera auto-evaluación.

Los seres humanos -yo incluida- somos complejos, tenemos historias, experiencias, valores diferenciados. Percibimos e interpretamos el mundo desde lo que distinguimos y por ello conciliar nuestros puntos de vista con los de otras personas es una práctica que requiere voluntad y dedicación.  

Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cuál es el comienzo? Nadie puede ayudar a otro si no se ayuda a sí mismo. Nadie puede dirigir a otro si no tiene las riendas de su propia vida. Un líder es un ejemplo a seguir, y aunque queda claro que los líderes permanecemos en el terreno de lo humano, es decir, siempre tendremos defectos y virtudes, conocernos y afianzarnos en nuestras fortalezas para trabajar nuestras debilidades es sin duda el camino más expedito para predicar con el ejemplo y poder mirarnos al espejo sin temor a descubrir que, la imagen que vemos es distinta a la que perciben los demás.

Dejar atrás las convicciones y los juicios y comenzar a explorar las bondades de describir lo observado (sin parámetros pre-establecidos), es todo un reto. Otro mayor es transformar las certezas en preguntas y mientras nos las hacemos encontrar respuestas, pensando siempre que algunas nos generarán satisfacción y otras seguro nos confrontarán.

Ahora bien las preguntas no son para cuestionar a los otros, es muy fácil hacerlo desde el otro lado de la calle, hay que comenzar por nosotros mismos; porque pretender que otro cambie y adquiera nuestra visión es simplemente la mayor de las utopías. 

¿Qué estoy haciendo hoy para propiciar eso que deseo? ¿Cuánto tiempo más esperaré a que otro entienda? ¿Con qué cuento yo? ¿Qué me he ganado yo? ¿Qué está en mis manos y qué no? ¿Qué estoy dispuesto a hacer, sacrificar o arriesgar?. Estas son las preguntas que vale la pena realizarse.



Hay un momento en la vida en el que descubrimos que hay que adentrarse en la filosofía de experimentar un día a la vez, desaprendiendo, aprendiendo y celebrando el haber terminado la jornada, a veces con uno o dos aciertos, otras tantas con una considerable carga de errores. Sin embargo, en ambos casos los saldos son positivos, porque quienes tienen la capacidad de descubrir las oportunidades que surgen de cada falla no sólo pueden  liderar su vida, sino que están listos para generar cambios significativos que sean replicables.


lunes, 4 de agosto de 2014

Volverlo todo una carrera

¿Hasta qué punto es sano competir? Quizás esta sea una pregunta con múltiples respuestas sobre la que vale la pena detenerse a pensar opciones.
El diccionario usual de la Real Academia de la Lengua Española establece que competir es  “una disputa o contienda entre dos o más personas sobre algo” también refiere que es la “oposición o rivalidad entre dos o más que aspiran a obtener la misma cosa”. Ambos conceptos nos dirigen rápidamente a una complicada inferencia: en toda competencia se presenta rivalidad y por ende alguien gana y alguien pierde.
Para muchos competir es natural, otros piensan que nos vuelve más productivos e incluso hay quienes afirman que refuerza el carácter, pero ¿qué problema social se esconde detrás de quienes deben demostrar a… o demostrar qué…?
Este planteamiento vino a mi mente cuando debí explicarle a mi hijo durante su primer entrenamiento de béisbol en una liga pre-infantil que su primer reto era ganarse el uniforme; es decir, debía demostrarle algo a alguien.
En la liga jugaban pequeños con condiciones naturales innatas, obviamente la mirada de los entrenadores estaba bien puesta sobre ellos y allí comprendí que la necesidad de aprobación es una carrera para reafirmarnos ante los demás.
Fisionómicamente mi hijo tenía lo que se necesitaba para jugar al béisbol: fuerza, reflejos y tamaño, pero le faltaba entrenamiento y experiencia, cosas que a su corta edad no entendía. Quería jugar de una vez, ser el mejor de una vez, vestir su uniforme de una vez y saber de una vez más que sus entrenadores, por lo que finalmente abandonó el béisbol.
Con el paso de los años mi pequeño Bam-Bam incursionó en otras disciplinas deportivas, pero tampoco se sentía a gusto, por lo cual también abandonó. Siempre había alguien que le impedía que… o tenía lo que el no.
Pero un día se enamoró del fútbol, para ese momento ya no era tan pequeño, su peso no le ayudaba y sus condiciones físicas no eran óptimas y, sin embargo,  aún lo sigue practicando.
Todavía no se ha ganado “el uniforme” siempre hay algún adolescente que se le adelanta, pero de alguna forma Bam-Bam ha sabido romper los paradigmas de la competición.
Para él el fútbol es una forma de vida, algo que lo conecta con su cuerpo y con lo que ama. Dejó de competir desde hace rato, no se siente menos que los demás ni necesita reafirmarse comparándose con otros.
Es feliz con un balón en el pié, se cree y se siente como un profesional, lo disfruta a plenitud, entrega siempre lo mejor de sí, es disciplinado y persistente y celebra las victorias de sus compañeros como propias.
Eso lo hace una persona especial, alguien que entendió que su mayor competidor es él mismo, que no tiene que medirse con otros, que sus éxitos o fracasos no lo definen, porque como ser humano tiene el derecho de tropezar, caer, sacudirse y levantarse.
Quizás con su próximo ingreso a la universidad le tocará jugar menos al fútbol, pero estoy segura que cada vez que lo haga lo disfrutará como el primer día.
Por alguna razón Bam-Bam no tiene pretensiones, aunque sí está lleno de aspiraciones y sabe hasta dónde quiere y va a llegar. Le importa poco o nada la idea de “demostrarle a… que es mejor que… “, aprendió a disfrutar el camino y sabe que su punto de comparación no es otro sino él mismo.
Se volvió seguro, no necesita que lo aplaudan,  su motivación lo llena, hacer lo que le gusta le satisface y desde entonces ve las cosas buenas en los otros porque no teme que le quiten nada. Sabe perfectamente lo que tiene y lo que no, y  por eso disfruta sabiendo que no tiene por qué volverlo todo una carrera para recorrer la vida.


viernes, 25 de octubre de 2013

Quiero que tengan 18

A nivel mundial, al menos en cuanto a legalidad y definición se trata, la mayoría de edad  es una condición, según la cuál, se determina la plena capacidad de obrar de la persona que logra alcanzar una edad cronológica establecida en la que se considera que el individuo es plenamente capaz de obrar…  por tanto la persona está facultada para conducir, por cuenta propia, sus acciones y, por su puesto, debe asumir las responsabilidades que se deriven de las mismas.

Para quienes aún no han alcanzado esa “edad cronológica establecida” la mayoría de edad es algo así como una declaratoria de emancipación, casi casi una amenaza que se susurra en silencio en tono rencoroso contra los miembros del hogar ante cualquier pequeño regaño, corrección u oposición paterna: “ya verás, cuando tenga 18 años haré lo que se me pegue en gana”.

Y es que pareciera, que “hacer lo que me dé la gana”  es una suerte de mantra cargado de vibraciones positivas que atraerá la felicidad absoluta, como si por arte de magia, al cumplir 18 años, se acaban las vinculaciones de un adolescente con su entorno familiar, con su comunidad y con la sociedad.

No puedo negar que yo también soñé con aquel 23 de agosto en el que finalmente cumpliría la mayoría de edad y mi vida cambiaría, pero la verdad, tras hacer una retrospectiva minuciosa del asunto, más allá de sacarme la licencia de conducir, poder viajar sin permiso firmado o tener la facultad de abrir sola una cuenta bancaria, mi vida no sufrió cambios radicales. Y es que haber alcanzado la “edad cronológica para” no significaba contar con los recursos financieros, emocionales  e intelectuales para… porque igual vivía bajo el techo de mis padres, dependía económicamente de ellos y pare usted de contar.

Creo que los venezolanos, tenemos muy desdibujado el asunto.  El exceso de exposición a la programación de MTV en nuestra adolescencia (pasada y presente) nos lleva a creer que al tener 18 podremos al fin “living la vida loca”, pero nuestras tradiciones y herencia europea, construida sobre estructuras familiares matriarcales y condiciones socioeconómicas inestables, hace de este anhelo una quimera.

Primero me referiré a los padres, un grupo en el que me incluyo para hacer una 
simple pregunta ¿Quién demonios el día después de que su hijo o hija cumple 18 años le pone su maletica en la puerta de casa y le dice: “Amor, ya tienes 18, así que vamos pa´la calle, venga que te ayudo a alquilar tu apartamentico para que vivas solit@? Nadie verdad ! por tanto, nosotros no debemos ni podemos alentar declaratorias de independencia insensatas sobre la llegada de la mayoría de edad.

Claro está, cuando nuestros hijos cumplan 18 no tendremos legalmente potestad para exigir cosas como que tengan una hora de llegada a la casa, o impedir que se les venda licor,  pero eso no debe hacernos perder de vista que, mientras nuestros hijos estén bajo nuestra tutela, es decir, mientras se bañen, laven su ropa, coman, duerman y dependan de nuestra billetera, tenemos la potestad MORAL SUFICIENTE para solicitar el cumplimiento de las normas de respeto y convivencia necesarias para el establecimiento de relaciones armoniosas, basadas en la justicia y en el pleno entendimiento de que no basta con tener la edad cronológica para…. Ya que es preciso también contar con las condiciones emocionales, intelectuales y financieras para…

A riesgo de parecer tirana voy a adentrarme en profundidades y referirme, en segundo término, a nuestros hijos. Si bien ni soy adolescente ni puedo pensar en la actualidad como ellos, alguna vez formé parte de ese grupo que  iba tachando en el calendario, en cuenta regresiva, los días que faltaban para llegar a los 18.

Poder hacer algo, no significa que queramos o sepamos hacerlo. Ese círculo virtuoso de querer, poder y saber no nos llega con una fecha calendario.
Con la llegada de la facultad para obrar de forma determinada para…llegan también las responsabilidades y quizás ese es el contrasentido de crecer. Nuestras decisiones buenas o malas implican que debemos asumir los costos y no siempre esto es tan sencillo.

Mientras tenemos casa, comida, vestido y amor incondicional resuelto, la vida 
se circunscribe a prepararnos intelectualmente, relacionarnos de manera positiva y disfrutar. Pero cuando toda la carga está sobre nuestros hombros la jerarquización de las actividades cambia y eso es algo que no podemos perder de vista.


Otro aspecto fundamental a considerar es que nuestras relaciones con nuestros padres nunca serán igualitarias. Nosotros no somos ellos, ni ellos serán nosotros. Su autoridad trasciende la edad y no tiene por qué ser incondicional. 

Su obligación legal para con nosotros culmina justo el día en que finalmente llega nuestra añorada mayoría de edad, de allí en adelante, sólo la convicción moral, el respeto y el amor recíproco marcará el rumbo de una relación que con el paso del tiempo se transformará de nuestra parte en admiración e inmenso agradecimiento por habernos enseñado desde antes de los 18 cosas a las cuales les sacamos provecho más allá de los 30.

domingo, 27 de mayo de 2012

Los payasos del circo

Cada día con más fuerza  los padres nos vemos enfrentados al inmenso cúmulo de necesidades de nuestros hijos.  Debemos por obligación legal y moral vestirlos, alimentarlos, educarlos, recrearlos, complacerlos, ayudarlos y divertirlos, darles su espacio, dejarlos ser libres… en fin,  pareciera que el precio a pagar por traerlos al mundo es un listado interminable de tareas, todas muy bien delimitadas,  muy al estilo de un castigo, que en nada se parece a ese acto de amor inmenso que nos llevó a decidir dejar de lado el YO para convertirnos en NOSOTROS.

Si bien es cierto que soy fiel creyente de la psicología positiva y perfectamente capaz de entender que nuestros retoños aprenden por imitación o por antítesis, reniego con todas mis fuerzas de las manipulaciones del entorno adolescente que,  bajo el amparo de “mis derechos”,  “clama” o mejor dicho “reclama”  una  libertad desdibujada en la que la reciprocidad de las acciones es inexistente y solo hay una cara de la moneda.
Es injusto, cruel y por demás desvergonzado, que un ser en formación, cuestione implacablemente hasta el más mínimo detalle de la educación que sus padres intentan ofrecerle.

Bien dice Pilar Sordo que “ésta es la única generación que  tuvo miedo a sus padres y ahora tiene miedo de sus  hijos”.  Y sí es cierto, tenemos los adolescentes que criamos y por haber perdido las certezas estamos más interesados en ser “los payasos del circo” que en ser los padres que debemos.  Y  lo peor es que nuestros hijos son perfectamente capaces de reconocerlo y  bajo el amparo de la individualidad adolescente sacan el mayor de los provechos a esa situación.

Debo admitir que cada vez que debo decir que NO a uno de mis hijos  me entra un susto en la boca del estómago,  me cuestiono una y mil veces, calibro y razono mi respuesta, porque es inmensamente difícil negarle algo a los seres que tanto amamos, y ese es nuestro mayor problema.

Es tan grande el amor que sentimos por nuestros hijos,  que  la simple posibilidad de perderlos nos genera miedo y por tanto - sin entrar en los pormenores de la inteligencia emocional-  nuestro sistema límbico nos presenta un conflicto. Sin embargo, decir un NO a tiempo no causará traumas irreversibles en nuestros hijos, quienes aunque obviamente no lo entenderán de inmediato, podrán ver  a futuro los beneficios de nuestra decisión.

Los padres no formamos hijos para que sorteen el presente. Les ofrecemos herramientas para que puedan usarlas en el futuro, cuando ellos tengan las condiciones físicas y psicológicas necesarias para asumir las riendas de sus destinos y tomar sus propias decisiones.

Enseñarles a diferenciar entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto de acuerdo a un sistema de valores compartido es sin duda un predictivo de éxito, no de nuestra labor de padres,  sino de las posibilidades que ellos tendrán a futuro de contar con la autoconciencia, autovaloración y autorregulación necesaria para lograr sus objetivos.

Lamento profundamente que por negarme en ocasiones a ser  “la payasa del circo”,  no sea  todo lo “cool” que mis hijos desean;  Pero ese no es mi rol.  Mi deber NO es proporcionarles felicidad, es enseñarles a reconocerla;  NO seré mejor madre por permitirles que hagan lo que deseen o lo que deseen otros adolescentes.  Esto NO es una competencia y NO espero ni premios ni reconocimientos, solo aspiro que ellos puedan comprender que todo lo que necesitan está en su interior y que desde allí podrán decidir ser felices, amar a plenitud  y alcanzar sus sueños, cuando llegue su momento.  

martes, 15 de mayo de 2012

De Venus o de Marte, extraterrestres al fin

Comprender las diferencias de género, va más allá de la fisionomía. Y para quienes como yo tienen la fortuna de levantar en sus hogares a una hembra y un varón, rápidamente salta a la vista que los hijos son marcianos y las hijas venusinas… que sólo comparten su condición de “extraterrestres”.

Buscando comprender por qué lo que “es bueno para el pavo no siempre es bueno para la pava”, aunque se contradiga el refrán popular, me topé con la “teoría de los dos cerebros” y súbitamente mis recuerdos se activaron y me trasladé hasta una clase de sociología, en mi época universitaria, donde haciendo alusión al pensamiento de Platón se perfiló ante mis ojos la primera teoría sobre la existencia de distinciones en la mente humana.

Para Platón la cosa era sencilla: el ser humano tiene en su cerebro aspectos racionales o “logistikon” e intuitivos o “nous”. Pero no fue hasta el siglo XIX cuando se aceptó la existencia de dos hemisferios cerebrales (izquierdo y derecho) cada uno con tareas perfectamente diferenciadas.

Es así como el campo psicológico, con todos sus avances nos enseña que por proceso evolutivo tenemos un sistema límbico, en el que almacenamos nuestras experiencias emocionales y de allí en más hacemos más compleja nuestra existencia. Pero adicional a esa diferenciación, sustento de la Inteligencia Emocional, del PNL y de tantas otras teorías, seguía latente mí la inquietud sobre la inexistencia de fórmulas compartidas, aplicables a ambos sexos, para liderizar el equipo compuesto por dos amados extraterrestres.

Entre objetivos y procesos

Según la antropóloga norteamericana Helen Fisher, directora del departamento de investigación en la Universidad de Nueva Jersey y autora de “El primer sexo” (1999), hombres y mujeres tienen sistemas cerebrales diametralmente distintos. “El cerebro está dividido en dos partes, pero el cerebro femenino está mejor conectado: hay más nervios uniendo ambas zonas y tiene cables más largos que llegan a distintas zonas del cerebro en cada hemisferio. El cerebro masculino, en cambio, es más compartimentado, más lateralizado. Sus dos lados operan más independientemente. La antropóloga llama al sistema cerebral femenino web-thinking (pensamiento en red) y al masculino step-thinking (pensamiento paso a paso).

Según Fisher, el hecho de que las mujeres tengan un cerebro mejor “conectado” se traduce en una serie de habilidades particulares: “Cuando piensan, reúnen más información y la configuran también de manera más compleja, por lo que son más capaces de relacionar cosas. Eso las hace intuitivas e imaginativas. Tienden a sintetizar, a generalizar, a contextualizar y eso las capacita para planificar a largo plazo y les da, probablemente, una mayor flexibilidad mental”

Pilar Sordo, Psicólogo chilena ampliamente conocida en la actualidad por sus charlas para padres y por sus libros (4 hasta ahora), entre el que destaca “Viva la diferencia! Y el complemento también”, aclara los estudios de Fisher y de forma dinámica explica que la configuración de la mente femenina tiende a ser retentiva y la mente masculina expulsora, es decir, los hombres tienen la capacidad de soltar como si el minuto anterior no hubiese transcurrido; mientras las mujeres lo almacenamos y relacionamos todo.

De allí que la mente masculina se aboque a los objetivos y la femenina a los procesos. Dicho en las palabras de Pilar Sordo, “el cerebro masculino está dividido en cajas, y dependiendo de la actividad que realicen tienen un cajón particular abierto. Mientras que el cerebro femenino es como una cartera o bolso, donde todo está colocado en el mismo espacio”.

Pero Pilar no es la única que habla sobre esta teoría, el pastor estadounidense Mark Gungor, conocido por sus seminarios de familia apoya las diferencias de pensamientos entre lo femenino y lo masculino y desde su perspectiva es fácil entender que un hombre, luego de una pelea vuelve a la normalidad al decidir abrir una nueva caja, mientras la mujer asocia la pelea con el resto de las cosas que lleva en su bolso cerebral, por tanto se queda revoloteando en ella.

Si las referencias son ciertas y los psicólogos tienen la razón, entonces mi búsqueda de formas equitativas para hablarles a mis hijos, guiarlos y darles feedback está errada en su hipótesis y una vez más debo aprender. Esta vez me corresponde No afanarme en encontrar una fórmula única e inequívoca para guiarlos, porque quizás nunca la encuentre y en el camino la pareja de hijos nacidos en planetas distintos con la que la naturaleza me dotó habrá evolucionado y alcanzado otro nivel. Pero confieso que de todo esto estoy sacando provecho y adoro la maravilla de intentar deducir los secretos ocultos de la paternidad y espero que ustedes también.

domingo, 25 de marzo de 2012

El engaño de las princesas

Cuando me hice de una inmensa colección de películas de Disney, para mantener entretenida a mi pequeña retoña, disfrutaba verla junto a sus amigas, en la sala de mi casa, en una suerte de juego de roles donde cada una asumía la postura de un personaje. Eso me permitía soñar con verlas adquirir en el futuro las personalidades de Mulán de China; Tiana de Maldonia, Jasmín de Arabia, Bella de Francia o Ariel de Atlántida. Pero unos 10 años más tarde me pregunto ¿qué demonios pasó con las princesas?

La magia de los cuentos de hadas se desvaneció y estos seres, aun en formación, comienzan a perfilarse ante mis ojos como protagonistas del más puro género novelesco donde se presentan como personas calculadoras, plásticas, frívolas, intrigantes, engañosas e incluso envidiosas, en una competencia constante que irremediablemente me obligó a revisar mis años, no tan lejanos, de adolescencia.

Y en esta visión retrospectiva caí en cuenta de la crudeza y realidad de crecer, siendo del sexo femenino, para competir en un mundo lleno de estereotipos en el que antes de descubrir si eres atractiva para un chico debes pasar por la lupa escrupulosa de una amiga.

Recientemente escuché que las mujeres no se arreglan para agradar a los hombres, sino para agradar a sus amigas. Y aunque en principio me sonó trillado, ahora logro apreciar la crudeza y realidad de la frase. Los hombres no son la competencia, con ellos no establecemos puntos de comparación. Son los miembros de nuestro entorno más íntimo, nuestras amigas, las jueces y verdugos de nuestra actuación. Entonces ¿cómo enfrentar la crítica constante de las personas que deberían darte apoyo y subirte la autoestima? ¿Cómo evitar la competencia y el gusto por los mismos chicos, cuando son precisamente la afinidad y la paridad de criterios lo que une a las amigas?

Buscando respuestas, sentadita en mi canapé, me topé de nuevo con un maravilloso libro que leí cuando era apenas una adolescente llamado “A favor de las niñas”, de la colección de bolsillo de Monte Ávila Editores, escrito por Elena Gianini Belotti, el cual busca analizar de la forma más objetiva posible para una mujer “la influencia de los condicionamientos sociales en la formación del rol femenino en los primeros años de vida”.

Entre las múltiples cosas interesantes que extraje de sus páginas, encontré por ejemplo que, los padres enseñamos a nuestros hijos varones a trabajar en equipo, pero no lo hacemos con nuestras hijas. Entonces ¿cómo pretender que entre ellas exista camaradería y solidaridad?

En el fútbol, la estrategia es retener, dominar y pasar, confiando en que el otro anotará un gol y celebrando cada acción a favor del equipo. Pero ¿cuál es el trabajo en equipo de actividades como tocar el piano, dibujar, pintar o bailar ballet?... umhhhh buena pregunta verdad!!!

Alentamos a nuestras hijas al desempeño individual, a ser mejor qué. Y obvio, a futuro cosechamos nuestra siembra… formamos seres individualistas y altamente competitivos que no tienen ni la más mínima idea de cómo se juega en equipo y sólo conocen los mecanismos para vivir y sobrevivir de forma individual.



Pero, quizás la más dramática de las frases de ese pequeño libro de bolsillo que es digna de compartir y reflexionar es: “para la joven existe un conflicto entre su condición propiamente humana y su vocación de mujer (y viceversa); para el joven es relativamente más fácil encaminarse en la vida, porque en él, la vocación de ser humano y el sexo al cual pertenece no están en conflicto, ya que en la infancia se prefigura este destino afortunado… A partir de la pubertad la joven pierde terreno, la adolescente no encuentra alrededor de ella los estímulos y se le requiere, por tanto, que sea constreñida lo cual implica unir su trabajo profesional al de su feminidad… ser femenina, significa mostrarse impotente, frívola, pasiva y dócil… Estúpidas… no hay lugar en que las niñas no perciban en cada momento la confirmación de que se les prefiere estúpidas, salvo para reprocharles el serlo”.