A nivel mundial, al menos en cuanto a legalidad y definición
se trata, la mayoría de edad es una
condición, según la cuál, se determina la plena capacidad de obrar de la
persona que logra alcanzar una edad cronológica establecida en la que se
considera que el individuo es plenamente capaz de obrar… por tanto la persona está facultada para
conducir, por cuenta propia, sus acciones y, por su puesto, debe asumir las
responsabilidades que se deriven de las mismas.
Para quienes aún no han alcanzado esa “edad cronológica
establecida” la mayoría de edad es algo así como una declaratoria de
emancipación, casi casi una amenaza que se susurra en silencio en tono
rencoroso contra los miembros del hogar ante cualquier pequeño regaño,
corrección u oposición paterna: “ya verás, cuando tenga 18 años haré lo que se
me pegue en gana”.
Y es que pareciera, que “hacer lo que me dé la gana” es una suerte de mantra cargado de
vibraciones positivas que atraerá la felicidad absoluta, como si por arte de
magia, al cumplir 18 años, se acaban las vinculaciones de un adolescente con su
entorno familiar, con su comunidad y con la sociedad.
No puedo negar que yo también soñé con aquel 23 de agosto en
el que finalmente cumpliría la mayoría de edad y mi vida cambiaría, pero la
verdad, tras hacer una retrospectiva minuciosa del asunto, más allá de sacarme
la licencia de conducir, poder viajar sin permiso firmado o tener la facultad
de abrir sola una cuenta bancaria, mi vida no sufrió cambios radicales. Y es
que haber alcanzado la “edad cronológica para” no significaba contar con los
recursos financieros, emocionales e
intelectuales para… porque igual vivía bajo el techo de mis padres, dependía
económicamente de ellos y pare usted de contar.
Creo que los venezolanos, tenemos muy desdibujado el
asunto. El exceso de exposición a la
programación de MTV en nuestra adolescencia (pasada y presente) nos lleva a
creer que al tener 18 podremos al fin “living la vida loca”, pero nuestras
tradiciones y herencia europea, construida sobre estructuras familiares
matriarcales y condiciones socioeconómicas inestables, hace de este anhelo una
quimera.
Primero me referiré a los padres, un grupo en el que me
incluyo para hacer una
simple pregunta ¿Quién demonios el día después de que su
hijo o hija cumple 18 años le pone su maletica en la puerta de casa y le dice:
“Amor, ya tienes 18, así que vamos pa´la calle, venga que te ayudo a alquilar
tu apartamentico para que vivas solit@? Nadie verdad ! por tanto, nosotros no debemos
ni podemos alentar declaratorias de independencia insensatas sobre la llegada
de la mayoría de edad.
Claro está, cuando nuestros hijos cumplan 18 no tendremos
legalmente potestad para exigir cosas como que tengan una hora de llegada a la
casa, o impedir que se les venda licor,
pero eso no debe hacernos perder de vista que, mientras nuestros hijos
estén bajo nuestra tutela, es decir, mientras se bañen, laven su ropa, coman,
duerman y dependan de nuestra billetera, tenemos la potestad MORAL SUFICIENTE
para solicitar el cumplimiento de las normas de respeto y convivencia
necesarias para el establecimiento de relaciones armoniosas, basadas en la
justicia y en el pleno entendimiento de que no basta con tener la edad
cronológica para…. Ya que es preciso también contar con las condiciones
emocionales, intelectuales y financieras para…
A riesgo de parecer tirana voy a adentrarme en profundidades
y referirme, en segundo término, a nuestros hijos. Si bien ni soy adolescente
ni puedo pensar en la actualidad como ellos, alguna vez formé parte de ese
grupo que iba tachando en el calendario,
en cuenta regresiva, los días que faltaban para llegar a los 18.
Poder hacer algo, no significa que queramos o sepamos
hacerlo. Ese círculo virtuoso de querer, poder y saber no nos llega con una
fecha calendario.
Con la llegada de la facultad para obrar de forma
determinada para…llegan también las responsabilidades y quizás ese es el
contrasentido de crecer. Nuestras decisiones buenas o malas implican que
debemos asumir los costos y no siempre esto es tan sencillo.
Mientras tenemos casa, comida, vestido y amor incondicional
resuelto, la vida
se circunscribe a prepararnos intelectualmente, relacionarnos
de manera positiva y disfrutar. Pero cuando toda la carga está sobre nuestros
hombros la jerarquización de las actividades cambia y eso es algo que no
podemos perder de vista.
Otro aspecto fundamental a considerar es que nuestras
relaciones con nuestros padres nunca serán igualitarias. Nosotros no somos
ellos, ni ellos serán nosotros. Su autoridad trasciende la edad y no tiene por
qué ser incondicional.
Su obligación legal para con nosotros culmina justo el
día en que finalmente llega nuestra añorada mayoría de edad, de allí en
adelante, sólo la convicción moral, el respeto y el amor recíproco marcará el
rumbo de una relación que con el paso del tiempo se transformará de nuestra
parte en admiración e inmenso agradecimiento por habernos enseñado desde antes
de los 18 cosas a las cuales les sacamos provecho más allá de los 30.